Un escenario en fuga en el Día del Teatro Cubano

Teatro

Fuera de los reflectores se impone una realidad marcada por el éxodo, la censura y una resistencia cada vez más precaria

El gremio ya no enfrenta bayonetas coloniales, pero sí un sistema que expulsa a sus creadores, vigila cada palabra incómoda y apaga las luces de sus escenarios.
El gremio ya no enfrenta bayonetas coloniales, pero sí un sistema que expulsa a sus creadores, vigila cada palabra incómoda y apaga las luces de sus escenarios. / Facebook
14ymedio

22 de enero 2026 - 15:24

La Habana/Cada 22 de enero, el calendario oficial de la Isla señala el Día del Teatro Cubano, una fecha destinada a celebrar las tablas nacionales pero que, en este 2026, encuentra a las salas sumidas en una penumbra que va mucho más allá de lo escénico. Mientras la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) exhibe la entrega de los Premios Villanueva como prueba de vitalidad cultural, fuera del haz de los reflectores se impone una realidad marcada por el éxodo, la censura y una resistencia cada vez más precaria.

El origen de la efeméride está escrito con sangre. En 1869, en el capitalino Teatro Villanueva, los vítores de “¡Viva la tierra que produce la caña!” y “¡Viva Cuba Libre!”, lanzados por el público durante una función de bufos, desataron una masacre perpetrada por el Cuerpo de Voluntarios españoles. Aquel episodio selló de forma irreversible el vínculo entre el teatro cubano y la libertad política. 

Hoy, 157 años después, el gremio ya no enfrenta bayonetas coloniales, pero sí un sistema que expulsa a sus creadores, vigila cada palabra incómoda y apaga –literal y simbólicamente– las luces de sus escenarios. Cuba atraviesa una de las crisis más profundas de su historia reciente, y el impacto sobre las artes escénicas resulta devastador. 

En ese contexto se formalizó, este miércoles, la entrega de los Premios Villanueva de la Crítica 2025, en la Sala Villena de la Uneac. El jurado, tras evaluar poco más de un centenar de puestas en escena –una cifra que palidece frente a la efervescencia de décadas anteriores–, decidió reconocer aquellas obras que lograron imponerse a la desidia logística y al desánimo generalizado.

Detrás de los diplomas y los discursos sobre compromiso ético, la crisis del teatro cubano es estructural y lacerante

Entre los galardonados figuran Faro, de Teatro Andante; Un rastro en las estrellas, de Teatro de Las Estaciones; y Actea, del Lyceum Mozartiano de La Habana. También fueron distinguidas Eclipse (Danza Espiral) y El nombre de Juana, fruto de la colaboración entre la Comunidad Creativa Nave Oficio de Isla y el proyecto Mujeres, Fuente de Creación. En el apartado extranjero, los premios recayeron en Core Meu (Les Ballets de Monte-Carlo) y Gaia 2.0 (compañía francesa Bakhus).

Mención aparte merece el Reconocimiento Especial otorgado a Un domingo llamado deseo, del proyecto Trotamundo y Teatro El Público. La obra, con texto y puesta en escena de Norge Espinosa, fue protagonizada por dos leyendas que se resisten a abandonar el escenario: los Premios Nacionales de Teatro Verónica Lynn y Carlos Pérez Peña.

Sin embargo, detrás de los diplomas y los discursos sobre compromiso ético, la crisis del teatro cubano es estructural y lacerante. En un país donde los apagones programados dictan el ritmo de la vida diaria, sostener una temporada teatral roza el absurdo. Muchas funciones se cancelan por falta de electricidad y las que logran realizarse ocurren en salas sin climatización, donde público y artistas comparten el mismo sudor y la misma angustia bajo techos que amenazan con venirse abajo por años de abandono.

La emigración también ha vaciado compañías, fragmentado colectivos y obligado a recomponer repartos y equipos técnicos una y otra vez. Directores, dramaturgos, actores, diseñadores y críticos han partido en oleadas sucesivas, empujados por salarios irrisorios, ausencia de horizontes profesionales y un clima político asfixiante. El resultado es una escena intermitente, sostenida más por el sacrificio personal y el voluntarismo que por una política cultural coherente y sostenida.

¿Qué ética y qué civismo pueden sostenerse si no es el del grito de libertad que marcó al teatro nacional en 1869?

En las provincias, donde el teatro siempre ha sido más vulnerable, la situación es aún más grave. Giras canceladas, estrenos aplazados indefinidamente y salas que apenas logran abrir unos pocos días al mes forman parte del paisaje habitual.

La censura, lejos de ser un vestigio del pasado, continúa operando como un mecanismo cotidiano. Y a veces bastan el silencio administrativo, la asfixia presupuestaria o la exclusión selectiva para disciplinar la creación.

Quienes deciden quedarse caminan sobre una cuerda floja. Algunos se refugian en el lenguaje metafórico y el subtexto para esquivar represalias; otros se resignan a la marginalidad de las salas alternativas, siempre bajo la mirada vigilante de la Seguridad del Estado. Son pocos, sin embargo, los que traicionan el espíritu del Villanueva –y el viejo refrán del “perro huevero”– para entonar loas a un régimen que ha amordazado al teatro durante décadas.

Según han reiterado los propios artistas premiados, la misión del teatro consiste en “cultivar valores”: ética, civismo, sensibilidad estética. Pero en una Isla donde el discurso oficial reduce la cultura a consignas y propaganda, esa misión se vuelve incómoda. ¿Qué ética y qué civismo pueden sostenerse si no es el del grito de libertad que marcó al teatro nacional en 1869? Si ya la tierra no produce ni caña, ¿cuál es, entonces, la Cuba a la que aspira hoy el teatro cubano?

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