Con la fuga de los turistas, las librerías de Matanzas agonizan

Cultura

En la Atenas de Cuba, como en el resto del país, "no se puede pensar en libros cuando no alcanza para los alimentos”

Se nota una escasa afluencia de público y estantes intactos durante días.
Se nota una escasa afluencia de público y estantes intactos durante días. / 14ymedio
Pablo Padilla Cruz

19 de enero 2026 - 07:01

Matanzas/La caída del turismo y el deterioro del poder adquisitivo han dejado a las librerías de Matanzas –en especial a las orientadas al público extranjero–  al borde de la desaparición. Puestos editoriales vacíos, ventas inexistentes y cierres definitivos dibujan un panorama en el que el libro se ha convertido en un artículo prescindible.

En la céntrica Plaza de la Vigía, donde confluyen sellos como Ediciones Vigía y Ediciones Casa de las Américas, la escena se repite. Se nota una escasa afluencia de público y estantes intactos durante días. Los trabajadores confirman que las ventas dependen casi exclusivamente del turismo, hoy prácticamente ausente.

María Elena, encargada de un puesto móvil de revistas y libros de Casa de las Américas, explica que su oferta está pensada para visitantes extranjeros. “La baja del turismo me afecta mucho. A veces pasan pequeños grupos, pero los guías no los dejan detenerse”, afirma. Según relata, muchos operadores turísticos evitan que los visitantes compren en espacios donde no reciben comisión. “Es normal pasar una semana sin que nadie mire siquiera”, añade. La trabajadora teme que un eventual cierre de la plaza la deje “en un limbo laboral”.

La crisis también ha golpeado a iniciativas privadas de larga data.
La crisis también ha golpeado a iniciativas privadas de larga data. / 14ymedio

Un escenario similar se vivió hasta hace poco en Varadero, donde una pequeña librería especializada en libros en lenguas extranjeras redujo progresivamente sus ventas hasta cerrar. Hoy, en Google, el negocio aparece con un aviso inequívoco: “cerrada indefinidamente”. Dos espacios distintos, pero una misma causa. El público al que estaban dirigidos desapareció.

La crisis también ha golpeado a iniciativas privadas de larga data. En 2012, Bayón, profesor jubilado, abrió una librería en la sala de su casa, a una cuadra del Parque de la Libertad. Vendía libros en consignación y había logrado convertir su pasión por la literatura en un ingreso complementario. Tras su fallecimiento, la sala-librería cerró para siempre, pero ya antes atravesaba un declive sostenido.

“Ya casi no vendo. No se puede pensar en libros cuando no alcanza para los alimentos”, había dicho poco antes de morir. Tras el cierre forzado durante la pandemia, la situación no mejoró. “La gente mira, tiene deseos, pero no puede permitírselo. Perdemos todos: ellos, yo y la cultura”, resumió entonces. Aquella jornada terminó con la venta de un tomo de poemas de Rabindranath Tagore, la única del día y la última que realizaría personalmente.

Las bibliotecas públicas tampoco escapan al deterioro. Con cierres intermitentes y una asistencia mínima, muchas han tenido que reinventarse como sedes de ferias, ventas ocasionales o actividades ajenas a la lectura. Flor, habitual de las tertulias de Carilda Oliver Labra, cuenta que tras la muerte de la poeta lograron mantener un encuentro literario mensual en la biblioteca provincial. “Siempre abordamos el tema de la matanceridad y pasamos una buena tarde. Carilda no está, pero su espíritu nos acompaña”, señala.

Las bibliotecas públicas tampoco escapan al deterioro. Con cierres intermitentes y una asistencia mínima, muchas han tenido que reinventarse.
Las bibliotecas públicas tampoco escapan al deterioro. Con cierres intermitentes y una asistencia mínima, muchas han tenido que reinventarse. / 14ymedio

“Es triste que una fuente de saber tan grande esté vacía. Cuando la actividad principal de una biblioteca es vender bonsáis o hacer una tertulia al mes, algo no funciona”, lamenta Flor. En el centro histórico de Matanzas existen al menos cinco librerías, todas prácticamente desiertas. El contraste es visible frente a las bodegas, los puntos de gas o cualquier espacio vinculado a la supervivencia cotidiana.

El problema, coinciden trabajadores y lectores, trasciende lo cultural. En una provincia –y un país– marcados por la precariedad, la lectura se percibe como un lujo o una pérdida de tiempo. Comprar un libro es, para muchos, un gasto injustificable. Con esa lógica, las bibliotecas se transforman en espacios simbólicos y las librerías, incluso las mejor ubicadas, en locales vacíos que solo sirven como referencia al dar una dirección.

Matanzas insiste en presentarse como la “Atenas de Cuba”, pero la realidad contradice el lema. Sin lectores, sin ventas y sin políticas que rescaten el valor del libro, la literatura queda relegada a la nostalgia, y las librerías avanzan, una tras otra, hacia el cartel de “cerrado indefinidamente”.

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