Muere ‘Choco’, un artista mayor de la plástica cubana que nunca se apartó del poder

Obituario

Eduardo Roca Salazar falleció este jueves en La Habana a los 76 años

Fue un artista de primer nivel dentro de la plástica cubana contemporánea y, a la vez, parte de la élite cultural que acompañó al régimen en su relato sobre sí mismo.
Fue un artista de primer nivel dentro de la plástica cubana contemporánea y, a la vez, parte de la élite cultural que acompañó al régimen en su relato sobre sí mismo. / Facebook / Magda Resik
Alejandro de Cañas

16 de abril 2026 - 12:52

Madrid/La muerte este jueves en La Habana de Eduardo Roca Salazar, Choco, cierra la trayectoria de uno de los artistas cubanos más reconocibles de las últimas décadas. Fallece a los 76 años y deja una obra ampliamente celebrada dentro y fuera de la Isla, marcada por una poética visual de fuerte raíz afrocubana, por el relieve, la textura y un lenguaje plástico que supo hacerse inconfundible. También queda una biografía pública atravesada por una fidelidad política que, en el caso cubano, no puede pasarse por alto.

Choco fue, sin duda, un artista notable. Grabador, pintor y dibujante, construyó una obra de gran consistencia formal, atenta a la materia y al símbolo, en la que el cuerpo, la máscara, la memoria y los signos de la cultura popular cubana encontraron una traducción visual poderosa. Su nombre terminó ocupando un lugar estable en el canon de la plástica nacional y en la narrativa oficial de la cultura cubana. No era un artista inflado por el aparato. Tenía oficio, personalidad, una voz propia y un reconocimiento ganado en años de trabajo.

Su carrera estuvo respaldada por premios, exposiciones y la legitimidad que le otorgaron tanto las instituciones cubanas como circuitos internacionales. Formó parte de esa generación de creadores que el Estado presentó durante años como prueba de la vitalidad cultural de la Revolución. En él, además, había algo que el poder aprecia especialmente: un artista de prestigio, con lenguaje contemporáneo, pero lo bastante integrado al sistema como para no resultar incómodo.

Lo más cerca que Roca Salazar estuvo de una mirada crítica no fue en el terreno político, sino en el debate sobre el racismo en Cuba

Ese es el punto que obliga a mirar su legado sin solemnidades vacías. Porque Choco no fue solo un artista importante. Fue también un intelectual público alineado con el régimen cubano. Apareció en campañas oficiales, firmó pronunciamientos favorables al Gobierno y se sumó a mensajes públicos que respaldaban la narrativa del poder en momentos políticamente sensibles.

No se le conoció como un censor, un comisario cultural o un funcionario de primera línea. Tampoco ocupó, al menos de forma visible, el papel de verdugo ideológico que otros sí asumieron con entusiasmo. Su lugar fue el del artista consagrado que prestó su nombre y su prestigio a un sistema que ha reprimido libertades básicas, castigado la disidencia y utilizado la cultura como instrumento de legitimación. El respaldo de figuras como Choco ayudó a vestir de respetabilidad un orden político incapaz de tolerar el pluralismo.

Lo más cerca que Roca Salazar estuvo de una mirada crítica no fue en el terreno político, sino en el debate sobre el racismo en Cuba. En ese ámbito dejó observaciones que podían rozar, de manera indirecta, algunos presupuestos del discurso oficial. Habló de una “manipulación del igualitarismo” que terminó deformando la mentalidad social y se mostró contrario a lecturas simplistas de la identidad racial. Eran comentarios con alcance social y cultural, no un cuestionamiento frontal del sistema ni una toma de posición pública contra el poder. 

Su imaginación visual, su dominio del grabado y su capacidad para construir un universo reconocible siguen ahí, más allá de cualquier afiliación ideológica

Durante años, buena parte de la intelectualidad cubana vinculada a las instituciones eligió esa zona de comodidad. En algunos casos fue oportunismo, en otros convicción, en otros simple supervivencia. En Choco, por lo que dejó ver públicamente, hubo adhesión.

Eso no borra sus méritos. Sería torpe reducirlo a una firma en un manifiesto o a una presencia en una campaña oficialista. Su obra merece ser juzgada también por lo que consiguió en términos estrictamente estéticos. Su imaginación visual, su dominio del grabado y su capacidad para construir un universo reconocible siguen ahí, más allá de cualquier afiliación ideológica. Negarlo sería convertir la crítica política en caricatura. Pero elogiarlo sin mencionar su cercanía al poder sería otra forma de falsificación.

El régimen entendió muy bien el valor de sus artistas más talentosos. No siempre les pidió propaganda burda; a veces le bastó con la proximidad, la lealtad básica, la firma oportuna, la foto adecuada o la ausencia de conflicto. 

Choco encarnó esa convivencia. Fue un artista de primer nivel dentro de la plástica cubana contemporánea y, a la vez, parte de la élite cultural que acompañó al régimen en su relato sobre sí mismo. Su muerte invita a reconocer ambas dimensiones. La primera pertenece al campo de la creación y el oficio; la segunda, al de la responsabilidad pública.

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