'Patas Frías' de Milton Chanes

Literatura

"Era un frío que parecía tener intención de congelarlo todo"

"La historia de Patas Frías se contó durante años. Nadie volvió a verlo".
"La historia de Patas Frías se contó durante años. Nadie volvió a verlo". / Captura de pantalla
Milton Chanes

11 de enero 2026 - 14:22

Berlín/La nieve empezó a caer a la altura de Dijon, en Francia.

No fue una nevada amable. No cubría el paisaje: lo borraba. La familia venía del sur de Francia, cansada, con el coche cargado y la cabeza ya puesta en casa. Habían cruzado la frontera alemana casi sin notarlo, pero el frío cambió de golpe. No era el mismo frío.

Era un frío que parecía tener intención de congelarlo todo.

La A4 los esperaba con su tramo de montaña. Tras el primer túnel largo, el asfalto desapareció bajo una capa de hielo opaco. A los costados, varios coches abandonados dormían torcidos, cubiertos hasta las ruedas. Los camiones, en cambio, pasaban a toda velocidad, como si la gravedad no se aplicara a ellos.

—¿Podrán frenar? —pensó el padre.

Mejor no comprobarlo.

El camino se volvió lento y peligroso. Pero había que llegar a casa. Siempre se llega a casa… hasta que no.

A unos ciento cincuenta kilómetros de Berlín, el GPS habló con su voz neutra:

Autopista cortada por accidente. Recalculando ruta.

La nueva línea los sacaba de la A4 por carreteras secundarias. Eso implicaba atravesar pueblos y bosque.

¿Qué podía salir mal?

Pensándolo mejor ahora, cuando todo ya ha ocurrido, lo más lógico habría sido permanecer en la Autobahn. Por peligrosa que estuviera, seguía siendo la vía principal, la que alguien despejaría primero, la que tenía sentido. Pero en ese instante —cuando el GPS anuncia el corte, cuando el cartel de salida aparece de repente entre la nieve— el instinto de supervivencia no razona: reacciona.

Se toman decisiones rápidas, casi reflejas, sin lógica ni tiempo para evaluar consecuencias. Y es solo después, mientras el coche se inclina suavemente en la curva de salida y la Autobahn queda atrás, cuando el pensamiento llega, tarde y punzante:

maldito GPS.

Lo que se avecina claramente es peor.

—Tenemos gasoil para trescientos kilómetros —dijo la madre—. No habrá problema.

Pero ya pasaban las diez de la noche. Era sábado. Las estaciones que aparecían en el mapa estaban cerradas. Oscuras. Como si nunca hubieran existido.

"Las estaciones que aparecían en el mapa estaban cerradas. Oscuras. Como si nunca hubieran existido"

El GPS proponía ahorrar tiempo de espera atravesando pueblos y bosque. Mucho bosque.

Las casas estaban a oscuras. Ninguna luz en las ventanas. Ningún ruido. La carretera apenas se distinguía: una franja entre árboles cargados de nieve. A veces, un quitamiedos emergía como un hueso largo. O un cartel doblado, cubierto hasta la mitad.

El coche avanzaba despacio. Demasiado despacio para sentirse seguro. Demasiado rápido para detenerse.

Tras el último pueblo, el bosque se cerró por completo. Entre los troncos, sombras. Tal vez animales. Tal vez otra cosa. El padre bajó aún más la velocidad.

Entonces empezó a nevar de verdad.

No copos. No caída. Una pared blanca. El mundo se redujo al alcance de los faros. Parar no era opción. Salirse del camino, tampoco. Nadie sabía qué había a los costados.

Y entonces ocurrió.

Un movimiento. Varios. Un grupo de venados cruzó de golpe, surgido de la nada. El reflejo de los ojos. El instinto. El freno.

El coche patinó como si alguien lo hubiera empujado.

No fue un golpe seco. Fue un deslizamiento largo, sin control, hasta que el mundo se inclinó y desapareció. El coche cayó en una zanja profunda, invisible bajo la nieve, y se hundió casi hasta el techo.

Los padres se golpearon. Un crujido de metal. Un grito ahogado.

Uno de los animales pasó por encima del coche. El cristal del techo estalló. Las patas atravesaron el vidrio como lanzas breves, dejando marcas, grietas, miedo.

En el asiento trasero, Aaron, de cuatro años, no gritó. Tenía los ojos abiertos, demasiado abiertos.

A lo lejos, entre la nevada, vio algo.

Un muñeco de nieve.

No sabía por qué estaba ahí. No sabía cómo lo había visto. Tenía una forma simple, casi infantil. Pero estaba de pie. Mirando.

Por un instante, Aaron dejó de temblar. No estaba solo.

El teléfono no tenía señal. Afuera, la nieve ya no dejaba ver nada. Solo blanco. Solo silencio amortiguado. Entonces escuchó algo.

Un sonido arrastrado.

Lento.

Desde el techo de cristal roto, una rama apartó la nieve acumulada. No cayó como viento. Cayó como si alguien la hubiera movido.

Ahí estaba.

Más cerca.

Patas Frías.

Aaron juraría después que el muñeco le guiñó un ojo. Nadie le creyó. Tal vez fue el reflejo. Tal vez fue el miedo.

"Nadie le creyó. Tal vez fue el reflejo. Tal vez fue el miedo"

Patas Frías no hablaba. No se movía como se mueven las cosas vivas. Pero estaba. Y eso, en medio del bosque, era suficiente.

No sabe en qué momento salió del coche.

Tal vez no fue una decisión. Tal vez simplemente ocurrió.

El frío lo golpeó al salir por la ventana del techo, pero algo lo cubrió de inmediato. No era una manta. Era frío… pero un frío distinto. Ordenado. Los brazos de ramas lo rodearon. La nieve del muñeco no quemaba. Protegía.

Caminaron.

Aaron no recuerda el tiempo ni la distancia. Solo el sonido de sus pasos hundiéndose y otro sonido más suave acompañándolo. Cada vez que tropezaba, algo lo sostenía antes de caer. El bosque parecía abrirse apenas lo justo para dejarlos pasar.

Al final apareció una luz. Una sola. Amarilla.

Un pueblo. No estaba claro cuánto tiempo tardó en llegar ahí, y ni siquiera podía asegurar en la dirección que había caminado.

Patas Frías se detuvo frente a una puerta. Aaron entendió. Golpeó.

La puerta se abrió. Un hombre mayor. Una mujer con un chal grueso. La molestia por la hora se transformó en preocupación al instante.

—¿Un niño?

Lo hicieron pasar. Manta. Calor. Té. Preguntas atropelladas.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —preguntó el hombre.

—Con mi amigo —dijo Aaron, señalando a la puerta.

Afuera solo había un muñeco de nieve inmóvil, al borde del camino. Nadie le dio importancia.

Llamaron a la policía.

Aaron dibujó a Patas Frías. No fue un dibujo infantil común. No había sol ni casas. Solo él: redondo, alto, con brazos largos y una expresión que no sabían si era sonrisa… o espera.

Siguiendo las indicaciones del niño, los agentes se internaron en el bosque.

No fue difícil.

Primero encontraron un muñeco. Luego otro. Y otro más. Siempre al borde del camino. Siempre mirando hacia el bosque. Bufandas distintas. Botones desparejados. Gorros de lana.

Demasiados.

Donde debía estar el coche, había un círculo de muñecos, colocados como si señalaran un punto exacto. Debajo, estaba el coche.

Los padres estaban heridos. Congelados. Pero vivos.

Nadie pudo explicar cómo habían sobrevivido. Ni de dónde había salido todo aquello. La explicación oficial fue sencilla: la imaginación de un niño.

Pero al amanecer, no quedaba ni un solo muñeco.

Solo nieve intacta.

Y huellas que no llevaban a ningún lado.

La historia de Patas Frías se contó durante años. Nadie volvió a verlo.

Y Aaron, incluso ya adulto, nunca supo responder si Patas Frías era bueno o malo.

Solo sabía una cosa:

Cuando hace mucho frío…

él aparece. 

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