La Caridad nos une

Un breve recorrido por la historia de la devoción a la Virgen de la Caridad

Cachita peregrina para alcanzar la calle Zanja y después derivar en la avenida Galiano, rodeada de gente que le canta y la saluda
Procesión de la Virgen de la Caridad del Cobre por las calles de La Habana el pasado 8 de septiembre de 2014. (14ymedio)

Hace algo más de cuatrocientos años, en una remota bahía al oriente de Cuba, en Nipe, sin bombos ni platillos, sin alfombras rojas ni trompetas, ocurrió uno de los hechos más trascendentales en nuestra historia: el hallazgo de la venerada imagen de la Virgen de la Caridad. Tres humildes cubanos tuvieron el privilegio de encontrar, flotando sobre las aguas, en una tabla de madera, la preciosa imagen. Fueron los hermanos indígenas Juan y Rodrigo Hoyos, junto a un negrito esclavo de nombre Juan Moreno, de 10 años, quien en sus memorias muchos años después relató el episodio. A los pies de María la inscripción: Yo soy la Virgen de la Caridad. Sus vestiduras no estaban mojadas, a pesar de la tormenta acaecida el día anterior.

¿Lanzada desde un barco pidiendo clemencia al mal tiempo? ¿Perdida por los marineros? ¿Aparición milagrosa? No sabemos. Lo cierto es que a partir de aquel día de 1612 Cuba no sería igual. El hallazgo de una imagen mestiza preludiaba el llamado "ajiaco" en el que se fraguarían los elementos esenciales de nuestra identidad como nación. La deidad aborigen Atabey, madre del dios indio, terminará conjugándose con la María de la Caridad cristiana y finalmente sincretizándose con la orisha africana Oshún, consuelo de los negros esclavos en sus largas jornadas bajo el caribeño sol.

Los más pobres y oprimidos, a quien ella había escogido como hijos, pronto sentirán su benéfico influjo. 80 años antes de que se decretara la abolición de la esclavitud en la Capitanía General de Cuba y 86 años antes de que se aboliera el patronato.

Es precisamente en este siglo donde comienza el sincretismo con la figura del panteón yoruba conocida como Oshún

En sus primeros doscientos años de historia apenas se encuentran esparcidas por el oriente de Cuba ocho esculturas, un óleo y un dibujo, un texto histórico y una novena referidos a la Caridad. Sin embargo, en el siglo XIX, junto a las guerras independentistas, la devoción a Cachita, como cariñosamente le comienzan a llamar los cubanos, crece exponencialmente. Tanto mambises como españoles comienzan a nombrarla como protectora de sus respectivas fuerzas armadas. En 1868, Carlos Manuel de Céspedes se postra en su santuario y le ofrece de rodillas la causa libertaria. Nunca se separó de una medalla con su imagen, regalo de su esposa.

La Virgen comienza a tener el sobrenombre de mambisa. Se rumoreaba que la imagen desaparecía del santuario y cuando reaparecía, entre sus vestiduras aún se encontraban restos de la manigua en la que había estado acompañando a sus hijos en su lucha por la libertad. Este tipo de leyendas definitivamente tienen un trasfondo teológico muy significativo, pues refleja la impresión en el imaginario colectivo del apoyo brindado por Nuestra Señora de la Caridad a los cubanos, acompañado por un sinnúmero de milagros atribuidos a su venerada imagen. Por solo citar un ejemplo de tal devoción, hacia 1870 el sacerdote camagüeyano Ricardo Arteaga le llama en un sermón "la Estrella Solitaria" en clara alusión al símbolo patrio. Las autoridades coloniales le condenan inmediatamente al destierro.

Es precisamente en este siglo donde comienza el sincretismo con la figura del panteón yoruba conocida como Oshún. Este es un fenómeno propio del Occidente cubano y que posteriormente se extenderá por toda la Isla. Entre las decenas de miles de negros esclavos que forzosamente llegan a Cuba como mano de obra para los cañaverales y cafetales estaba muy enraizada la devoción a la orisha del amor y de las aguas dulces. La figura atractiva y mestiza de la Caridad, unido a su mismo nombre, que en latín significa amor (charitas), junto a la prohibición expresa de adorar a sus deidades ancestrales, probablemente permitió el complejo y enriquecedor proceso sincrético en el cual se identificaban indistintamente Oshún y la Caridad.

A tal punto llega la devoción de dichas fuerzas a la figura de la Virgen, que el Consejo Territorial de Oriente emite una declaración en apoyo a la solicitud de que fuera proclamada Patrona de Cuba

Durante ambas guerras, la figura de María inspira y acompaña a las fuerzas mambisas. En 1898, el general Calixto García Íñiguez manda celebrar una misa solemne en el Cobre, lo cual se conoce como la Declaración Mambisa de la independencia del pueblo cubano. Comienza así el caminar independiente de la isla de Cuba –saltando, claro está, el período ocupacional norteamericano 1898-1902–. El 8 de septiembre de aquel año se celebró la primera festividad religiosa en la naciente Cuba libre.

A tal punto llega la devoción de dichas fuerzas a la figura de la Virgen, que el Consejo Territorial de Oriente emite una declaración en apoyo a la solicitud de que fuera proclamada Patrona de Cuba: "... En el fragor de los combates y en las mayores vicisitudes de la vida, cuando más cercana estaba la muerte y más próxima la desesperación, surgió siempre como luz disipadora de todo peligro, o como rocío consolador para nuestras almas, la visión de esa virgen cubana por excelencia, cubana por el origen de su secular devoción y cubana porque así la amaron nuestras madres inolvidables."

La veneración de la Caridad en la Cuba republicana va de la mano con el aumento de colegios religiosos y el resurgir de la Iglesia Católica. En 1915, Jesús Rabí y otros destacados mambises piden al Papa que la nombre Patrona de Cuba, lo que ocurre al año siguiente. En 1927, se inaugura el actual Santuario Nacional. En 1936, es coronada como Reina y Madre de todos los cubanos, por voluntad expresa del papa Pío XI. Entre 1951 y 1952, la Virgen recorre toda Cuba en la celebración del cincuentenario de la República. En 1959, vuelve a La Habana para la celebración del Primer Congreso Católico Nacional. En la misa, celebrada en la Plaza Cívica –actual Plaza de la Revolución–, se encontraba el entonces primer ministro Fidel Castro, formado en el jesuita Colegio de Belén.

Duros años vendrían a partir de 1961 para la Iglesia Católica y para la Virgen de la Caridad. El marcado acento marxista que fue adquiriendo el Gobierno, con la correspondiente visión materialista terminó en una persecución abierta a los creyentes, la expulsión de sacerdotes y religiosos, la confiscación de las escuelas católicas e incluso de algunos templos. En 1975, el Primer Congreso del Partido Comunista calificó el hecho religioso como "anticientífico y, por lo tanto, falso". En 1976, se aprueba la Constitución que declara atea la educación.

Tras la visita de Juan Pablo II, en 1998 un nuevo horizonte se abría para la devoción a la Caridad. Su coronación constituyó un hecho sin precedentes en la historia de la Cuba socialista

En 1986, el Encuentro Nacional Eclesial Cubano, después de una profunda reflexión invita a perdonar y adoptar una actitud constructiva de cara al futuro. El fin del socialismo real en Europa del Este obligó a replantearse la actitud ante la fe del Partido y la admisión en sus filas de creyentes. Se modifica la Constitución en 1992, garantizando la plena libertad de culto y creencia. Tras la visita de Juan Pablo II, en 1998 un nuevo horizonte se abría para la devoción a la Caridad. Su coronación, transmitida en vivo en toda la Isla, constituyó un hecho sin precedentes en la historia de la Cuba socialista. Los hechos más recientes son conocidos por todos: la Peregrinación Nacional por los 400 años del hallazgo y presencia de la Virgen en Cuba conmocionó al país y la visita de Benedicto XVI selló con broche de oro dichas celebraciones.

Desde hace más de 400 años la Virgen de la Caridad, Oshún o simplemente Cachita, desde su maternal santuario en el oriente de la Isla ha unificado las ansias libertarias de nuestro pueblo. Una pléyade insigne de cubanos le ha cantado sus loas. En ella se resumen y encuentran acogida nuestras ilusiones logradas y frustradas, nuestros proyectos de nación truncados. Cada día a su santuario llegan flores de aquel balsero que parte a su peligrosa travesía o de la abuela que le pide bendiga al nieto que está en la escuela. En María de la Caridad, morena, blanca, india y mestiza como nosotros, vemos reflejado el rostro siempre plural de Cuba. En su casa cabemos todos, porque es la casa de la Madre, donde siempre hay un lugar vacío en la mesa y un plato servido a la espera del hijo que un día se fue del hogar.

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