“El Gobierno de Trump ha sido mucho más beneficioso para Cuba que el de Obama”

Néstor Díaz de Villegas recoge las crónicas de su regreso a su país natal en 'De donde son los gusanos'

El poeta y ensayista Néstor Díaz de Villegas. (Ildyko Laszlo)
El poeta y ensayista Néstor Díaz de Villegas. (Ildyko Laszlo)

A los 18 años, Néstor Díaz de Villegas (Cienfuegos, 1956) fue condenado a un campo de trabajos forzados acusado de "diversionismo ideológico" y "atentado contra los poderes del Estado". De ahí salió en 1979 rumbo a Miami, como parte de la liberación de presos negociada entre Jimmy Carter y Fidel Castro, un año antes del éxodo del Mariel. Regresó a Cuba casi cuatro décadas después, para reformar una casa en La Habana heredada por su mujer, Esther María. Las crónicas de ese reencuentro, que fue publicando en su blog, se convirtieron el año pasado en un libro singular, De donde son los gusanos (Vintage), que, asegura su autor, ha circulado en la Isla en ebook y gracias a las mulas.

Pregunta. Cuando volvió usted a Cuba parecía que había aires de cambios, con la apertura de Obama y después con la muerte de Fidel. ¿Qué ha pasado desde entonces?

Respuesta. La economía y la política están peor. Este es un régimen –no le digamos gobierno porque en estos momentos hay un desgobierno total– que depende completamente de la caridad europea o de los vientos políticos que soplan en Estados Unidos. Aquel momento de Obama, más bien creado mediáticamente y por circunstancias que no podían sostenerse, ya pasó.

P. ¿Por qué no podía sostenerse?

R. Porque era artificial totalmente. De pronto Cuba tenía buena prensa: Fidel declaró a The Atlantic que el Estado de Israel tenía derecho a existir, se hablaba de los médicos cubanos como una iniciativa encomiable de filantropía, el Gobierno cubano mediaba en la pacificación de Colombia… Por otro lado, teníamos los cientos de millones de dólares que había invertido Brasil en la Zona de Desarrollo de Mariel.

Todo fue una gran burbuja y explotó: Lula fue a la cárcel, las conversaciones de paz con la guerrilla eran una falsedad y los médicos cubanos… bueno, ahora llegaron a México.

P. Al volver, ¿qué fue lo que más le sorprendió de Cuba, para bien y para mal?

R. En estos 37 años, yo pensé que habría habido algún tipo de movimiento en alguna dirección, pero no. Se podía ver la civilización detenida, un cadáver, un proceso de muerte y descomposición. Por eso titulo De donde son los gusanos: la idea es que voy a un cuerpo social descompuesto. Eso me asombró.

"Por eso titulo 'De donde son los gusanos': la idea es que voy a un cuerpo social descompuesto"

Date cuenta, yo regresé a mi pueblo natal y a la casa donde yo nací, intacta. ¡Mi casa es de madera! Caminé por el barrio y me encontré el lugar donde hacían los ataúdes, con la misma persona, el hijo del dueño, ahora ya viejo, parado en el portal como yo lo dejé. ¡Idéntico! Iba llegando a la esquina –todo esto, dentro de una emoción que casi no me permitía hablar–, y alguien detrás me dijo "¡Néstor!!: una persona que fue conmigo al jardín infantil, a la que reconozco. Y llegamos juntos hasta la esquina, al portal donde jugábamos, al mismo lugar. Y ahí parada, una vieja, que inmediatamente también reconozco: la madre de ella que tiene cien años. Y ella me dijo, parada en el portal con una batita de casa: "El hijo de la Curra". Me reconoció.

Quiero decir, ¡yo llegué al mismo lugar! No creo que eso le pase a nadie en ninguna otra parte. Lo otro que me impresionó fue la juventud. Los jóvenes no eran como en mi época: entre ellos todo era una discusión política continua.

P. En el libro es usted implacable con el proceso de destrucción que observa, pero también se detecta una vocación de reconciliación, algo que no se ve en otros exiliados.

R. Reconciliarme con el país no me toma ningún esfuerzo; ese es mi país. Y no lo negaría ni lo condenaría. El país ha sufrido una dictadura y un proceso totalitario y las personas son el resultado de ese proceso. Pero eso no es la esencia de ese pueblo; muy por el contrario: de mil maneras, muy diferentes y muy difíciles de entender para el extranjero, el pueblo ha resistido sin doblegarse al totalitarismo. Ha fingido, ha participado como una oveja en todo lo que se le ha pedido, pero no le ha entregado su alma.

Este es el único país latinoamericano donde Estados Unidos es el centro de atención; nosotros todavía nos sentimos como un pequeño Estado al sur de Florida. Esto es una cosa que no pasa en Latinoamérica, ni siquiera en México.

P. ¿Cómo es la cárcel para un niño de 18 años?

R. Una aventura de la que salí bien librado, teniendo en cuenta las circunstancias. Yo siempre he sido aventurero desde que fui muy chiquito, y me tocaron experiencias difíciles y extraordinarias. La Revolución llegó cuando yo tenía tres años, de manera que todo el cachumbambé y la montaña rusa de las experiencias revolucionarias, más viviendo en una familia con un padre revolucionario, todas me tocaron.

Esto me había hecho un espíritu libre, como todos nosotros. Nosotros vivimos sin padres. Como habían avisado a mis padres sus hermanos: "Te van a quitar la patria potestad de tus hijos", que es uno de los miedos que metían con los revolucionarios. Mi padre, que era comunista, decía: "¿Eso lo leyeron dónde, en la revista Selecciones?" Poco sabía él que realmente le iban a quitar al hijo a los once años y no lo iba a ver nunca más.

P. ¿Cómo era la relación con su padre?

R. Era funcionario de la Seguridad del Estado, y en todas las guerras civiles cubanas participó. La relación siempre fue muy ambigua, porque obviamente en mi mente adolescente él era el culpable de todo lo que me estaba pasando. La última gran bronca la tuvimos el día que me fui de Cuba antes de montarme en el ómnibus que me traía a La Habana para ir al aeropuerto. Una bronca a piñazos.

"La persona que ellos habían captado para que me robara todos los poemas y reuniera toda la información era mi mejor amigo"

El pobre era un buen hombre, lo que en Cuba le dicen un infeliz. Una persona que no tenía voluntad propia y nunca pudo levantar cabeza. En el momento en que yo me iba, fui a despedirme a la fábrica donde trabajaba –él era zapatero–, y salió y me dijo: "No importa, todo va a cambiar, nosotros vamos a vernos, esto ha sido un momento nada más en que unos compañeros malos, equivocados, han estado en contra tuya..." Yo ya no pude aguantarlo y ahí tuve una explosión; lo empujé, y al momento salieron todos los zapateros para ponerse de su parte y empujarme a mí. Nosotros nos separamos así. Cuando el ómnibus echó a andar, miré hacia la ventana y él iba al lado corriendo, mientras me alejaba, haciéndome así con las manos, para no quedarnos de esa manera.

Fue mi última imagen de él, hasta que muchos años después, ya anciano, mi hermana tampoco pudo aguantar el Periodo Especial y vino a Miami. A mi hermana, por cierto, le fue muy bien. Había sido funcionaria comunista y sin embargo se descubrió como una gran empresaria. Yo le decía: "Mira esto, yo, que soy el gusano, no sé ni ganarme un duro".

P. ¿Conserva aquel poema que lo llevó a la cárcel, la "Oda a Carlos III"?

R. Todo eso se perdió. Fue uno de los tantos papeles que se llevaron en el registro de mi casa, que duró seis o siete horas. Un año antes yo había regresado de La Habana a Cienfuegos, y aunque en la capital ya me habían expulsado de una escuela, allá eran más civilizados que en el interior. En Cienfuegos me matriculé en un preuniversitario donde me convertí en persona non grata. Para mí era fundamental deshacernos de ese régimen mañana, pero yo era un niño, no sabía que era imposible.

En ese momento, el año 73, cayó Allende e inmediatamente le cambiaron el nombre a la avenida Carlos III en La Habana. Recuerdo que en su época, cuando yo era un niño, era una gran avenida, imperial, tan linda –ahora parece una carretera de campo–, y cuando yo oí que le habían cambiado el nombre escribí una oda. Yo le hablaba a la estatua, que había perdido sus ojos, había perdido sus oídos, las lluvias habían carcomido su boca, y le decía: "gracias a Dios que no puede ver lo que está pasando a tus pies", que no puedes oír a la chusma… Y la última línea era: "Has perdido la boca y no puedes hacer esto que yo puedo hacer ahora, hablar".

Era un poemita sin importancia, pero se acumuló a otros cuantos poemas y otras cosas. Por ejemplo, los viernes todo el mundo se quedaba después de las clases a discutir un discurso nuevo de Fidel Castro, y yo desde el principio había dejado claro –algo suicida, mi papá me lo dijo– que yo no iba a discutir ningún discurso. A partir de ahí sellé mi suerte. La persona que ellos habían captado para que me robara todos los poemas y reuniera toda la información era mi mejor amigo. Un dramaturgo, una persona que tenía la mente libre, como yo, y nos reíamos de todo. Ahora estuve en el pueblo de él y supe que es pastor de una iglesia.

P. Ha dicho sobre el exilio con que se le asocia, aunque salió un año antes, que "la generación del Mariel no existe".

R. Obviamente no hay ninguna generación. Yo pertenecía a ese grupo como satélite, no estaba en el centro. Mi amigo Pedro Jesús Campos fue el que me inició en la vida nocturna de La Habana y así conocí a Reinaldo Arenas, pero yo no sabía quién era. Un día, ya en Miami, entramos Pedro y yo en la librería Universal y ahí estaba Reinaldo. Empezamos a conversar y en ese día, inolvidable para mí, Pedro me recomendó leer Celestino antes del alba. Le dije: "¿Este es él?" ¡Yo conocía a esa persona!

P. Pero no lo asociaba a la figura que era…

R. ¿De dónde? Si no había libros en Cuba de él. ¿En qué parte yo iba a asociar nada literario con él, si nosotros salíamos a joder y a mataperrear? Leí esa misma tarde Celestino antes del alba y me di cuenta de quién era ese tipo, y a partir de ahí empezó a ser otra persona para mí. Volviendo a tu pregunta, ¿cómo podía haber generación? Estaba Lydia Cabrera, que tenía 80 años, Carlos Montenegro, el de Hombres sin mujer, que tenía otros tantos, y todos eran activos en la publicación de la revista Mariel... Éramos personas de todo tipo de edades que nos unimos en un momento muy breve en Miami. Cuando se rompió la revista, que duró muy poco, ninguno de nosotros volvió a tener nada que ver con el otro.

"Trump es una amenaza a los principios de la ideología dominante, pero el país no ha cambiado radicalmente"

P. ¿Cómo se ven las cosas desde Estados Unidos hoy, con el presidente actual?

R. Es fácil siempre denostar al que viene desde una posición que no es la ideología dominante, que es la de la izquierda. Por ejemplo, ahora, querían sacar del catálogo de HBO Lo que el viento se llevó. ¿Trump? ¿Cómo yo me voy a preocupar por Trump? Yo estoy preocupado por esa gente que son capaces de sacar Lo que el viento se llevó del catálogo de las obras de arte americanas.

Yo nunca he tenido un problema con un supremacista blanco –es más, no he visto ninguno en mi vida–, pero sí he visto muchos otros que me han hecho la vida imposible, que no nos dan trabajo, que no nos miran la cara, que nos quieren aplastar… A mí me han dicho, delante de mi cara, en una universidad: "¿Cuántos años, cinco? Te debieron haber echado cinco más". Sin embargo, es algo que permanece en la sombra y se acepta como normal.

A Trump lo eligieron. Él terminará sus cuatro años y vendrá otro Gobierno o no, pero una amenaza a la democracia no lo es. Claro, es una amenaza a los principios de la ideología dominante, pero el país no ha cambiado radicalmente, el país no es una dictadura.

P. ¿Cómo explica que el comunismo siga teniendo aura romántica?

R. Es muy fácil. Si vas al siglo III, ahí está Contra Galileos, de Juliano el Apóstata. Juliano duró muy poco pero llegó a ser emperador. En cuanto llegó a ser emperador, dijo: "No quiero ni de maestro ni un comunista", que eran los cristianos. Cuando pudieron, le metieron un lanzazo a Juliano y se acabó el pequeño interregno de aquel Trump. En ese libro, los argumentos de Juliano son exactamente los mismos que puedas tener en contra de un radical de izquierda, absolutamente los mismos. Sin embargo, Juliano reconoce que no se puede argumentar contra algo que se ha convertido en una religión, en un fanatismo.

P. El momento más sobrecogedor del libro es el suicidio de Pablo, hijo de Alexis, su sobrino el actor.

R. Una tragedia, un hijo bueno e inteligente. Se ahorcó muy joven, catorce años. En los dos años de mis viajes allí, nos compenetramos mucho. Había mucho del espíritu mío en él, totalmente rebelde. Me preguntaba muchas cosas y tuvimos grandes conversaciones. Pero nadie se esperaba eso, fue totalmente inconcebible. No dejó absolutamente ninguna explicación. El padre lo único que pudo observar después es que en los ambientes de los jóvenes con los que se juntaba en internet –era el youtuber Pableh– había retos como de dark side, de a ver quién se mata primero, y últimamente estaba oyendo todas las bandas de gente que se había matado –él se mató con una playera de Nirvana–. Hay datos suficientes como para pensar que fue lo que en Estados Unidos llaman rock and roll suicide.

"Acuérdate: estos son delincuentes mafiosos que llegaron al poder con unas técnicas fascistas de tomar el país"

P. ¿Qué esperanza tiene Cuba?

R. Créelo o no, el Gobierno de Trump ha sido mucho más beneficioso para Cuba que el de Obama. Porque los ha llevado a la realidad: ustedes no son especiales. Por ejemplo, activó la Ley Helms-Burton, que es muy importante, porque los cubanos tienen derecho a reclamar sus propiedades. Si los judíos tienen derecho a reclamarlas ochenta años después, ¿por qué nosotros no? ¿Qué hay de diabólico en la Helms-Burton, que es "te devuelvo lo que te robé"? Ahora eres igual que cualquier otro latinoamericano, te vas a tener que meter en una jungla y pasarla siete veces para llegar a la primera embajada y a ver si te dejamos entrar, ¡igual que todo el mundo! Esto ha provocado que los cubanos empiecen a mirar de otra manera hacia el futuro.

Acuérdate: estos son delincuentes mafiosos que llegaron al poder con unas técnicas fascistas de tomar el país. A Mussolini nada lo hubiera tumbado de ahí si no llegan las fuerzas aliadas, y a Hitler tampoco, y a Stalin nadie lo tumbó, y a la Unión Soviética tampoco. El pueblo no se rebeló, y el pueblo cubano no es una excepción. Mientras no muera la generación de Raúl... Y aun así, si viene otra generación que todavía tenga instintos totalitarios, quizá sea una transición hacia un tipo de Estado tipo Vietnam o China. Pero eso sería un paso de avance: vendría empresa privada, comida abundante, comercio, cosa que en la actualidad no existe. En fin, cualquier cosa que venga es positiva.

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