Múnich 1938 y Kiev 2022, en vísperas de una guerra en Europa

La disyuntiva entre la fuerza y la palabra, las personas llamadas a tomar decisiones más grandes que sus vidas

Hugh Legat (George MacKay) y Paul von Hartmann (interpretado por Jannis Niewöhner), personajes protagonistas de 'Múnich, en vísperas de una guerra'. (Fotograma)
Hugh Legat (George MacKay) y Paul von Hartmann (interpretado por Jannis Niewöhner), personajes protagonistas de 'Múnich, en vísperas de una guerra'. (Fotograma)

"No escogemos la época en la que vivimos. Lo único que podemos escoger es cómo respondemos"

Paul von Hartman.

El mundo no es el mismo que en 1938, pero cuesta ver Múnich, en vísperas de una guerra sin percibir la sombra de Ucrania. La película británica, estrenada por Netflix este enero, cabalga entre el thriller, el retrato de la diplomacia y el cine de espías para recordar un episodio fundamental del siglo XX: los acuerdos de Múnich, firmados en 1938, mediante los que Reino Unido y Francia aceptaban la anexión del territorio checo de los Sudetes por la Alemania nazi con el fin de contener a Hitler. Como no es ningún secreto, el asunto no funcionó.

El filme está protagonizado por dos estupendos George MacKay (Hugh Legat) y Jannis Niewöhner (Paul von Hartmann), que sostienen la trama de espionaje, y Jeremy Irons, que brilla en el papel del ex primer ministro británico Neville Chamberlain, un hombre condenado por la historia y absuelto en esta película. Sobre este último pivota el drama histórico-político.

Oxford, 1932. La película arranca con una breve y feliz escena que expone el triángulo amistoso que conforman George y Paul junto a la novia de este último, Lenya. Los tres celebran sobre el césped universitario el fin de sus estudios y hablan de futuro. Paul, un joven apasionado que reprocha a George la flema británica, ansía volver a Alemania a luchar por una patria en horas bajas. El país llevaba más de una década preso de la sensación de humillación tras la derrota sufrida en la Primera Guerra Mundial y las condiciones de un Tratado de Versalles que consideraba insultante, y eran muchos los alemanes con ganas de recuperar un poco (o un mucho) de la gloria perdida.

En esa encrucijada de la Historia, Reino Unido y Francia deciden aceptar la anexión de la región como precio a pagar por una paz que duraría demasiado poco

1938. Ni Paul ni George son hombres de armas. Seis años después, ambos han alcanzado posiciones notables en la diplomacia de sus respectivos países. George, ahora padre y esposo sin tiempo para su familia, es secretario del primer ministro Chamberlain y vive con preocupación las horas previas a la invasión de Checoslovaquia por parte de Alemania en el marco de la crisis de los Sudetes.

En esa encrucijada de la Historia, Reino Unido y Francia deciden aceptar la anexión de la región como precio a pagar por una paz que duraría demasiado poco.

A Paul, diplomático en Berlín, le han bastado esos seis años para darse cuenta de que el Hitler que consideraba una esperanza en su juventud es en realidad un monstruo que no va a detenerse en los Sudetes. En sus manos caen pruebas de que el plan expansionista del führer tiene unas dimensiones insospechadas y observa con pavor cómo las democracias vecinas se avienen a permitir la amputación a Checoslovaquia creyendo que así frenarán la guerra.

Paul decide arriesgarse a viajar a Múnich como traductor a sabiendas de que George estará allí, momento en que se despliega la trama de espionaje. El plan del alemán es entregar a su amigo de juventud los documentos que prueban que Hitler planea ocupar buena parte de Europa para que este se los haga llegar a Chamberlain y logre disuadirlo de firmar los acuerdos. Aunque los amigos ya no son lo que eran –una discusión por motivos políticos había roto su amistad años atrás– los dos se encuentran en el mismo bando: el de evitar la guerra. ¿Pero cuál guerra?

Pese a las dudas que siente George respecto al pacto y la exclusión de los checoslovacos, principales interesados en la cuestión, su espíritu diplomático, su temple británico y su decidida apuesta por el diálogo, le hacen pensar –con escaso convencimiento– que la firma del acuerdo puede, como le dice Chamberlain, impedir una guerra que matará a miles de personas. Paul le insiste. Si no se frena a Hitler a tiempo, morirán millones.

"Si lo incumple, el mundo verá cómo es él. Y unirá a los aliados, quizá hasta a Estados Unidos. Y parecer un idiota es un coste nimio"

El filme se desequilibra en este punto, donde la parte diplomática fluye elegantemente frente a una atropellada sucesión de acontecimientos en los esfuerzos de los jóvenes funcionarios por llegar hasta el primer ministro británico en los minutos previos a la firma de los acuerdos. Chamberlain, finalmente, formaliza el pacto tras despedir, con cajas destempladas, a un Paul desconsolado pero no resignado, que en plena noche desvela a George una duda que planea a lo largo de toda la película: ¿dónde está Lenya? Para no descubrirlo todo, lo dejaremos en que es judía.

Llegados a este punto, a Paul solo le queda una opción. Esa mañana estará a solas con Hitler para entregarle un dossier de prensa y existe una solución final. "No escogemos la época en la que vivimos. Lo único que podemos escoger es cómo respondemos", dice el alemán a su amigo cuando intenta contenerlo. George le pide que razone, que espere a que él llegue a Londres con el documento del plan de Hitler y lo haga público, que hay espacio para el diálogo y que siempre hay esperanza. Pero Paul le replica: "La esperanza es que lo haga otro. Nos iría mejor sin ella".

La historia es la que es. Chamberlain volvió a casa triunfante con los Acuerdos y apenas medio año después, en marzo de 1939, Hitler proclamó en Praga el protectorado de Bohemia y Moravia, demostrando el fracaso de la llamada política de apaciguamiento. El premier británico, eclipsado por la figura descomunal de Winston Churchill, ha pasado a la historia como un ingenuo, cuando no un cobarde o el hombre que pactó con el demonio. La película de Christian Schwochow se alinea en su tramo final con las tesis que empezaron a surgir en los años 60 según las cuales el primer ministro logró un pequeño pero precioso tiempo que le permitió fortalecer su alianza con Francia y rearmarse.

"Lo de anoche solo resuelve una pequeña disputa. Habrá más y quiero que se comprometa públicamente con la paz", dice Chamberlain a su equipo antes de traerse desde Múnich un compromiso firmado por Hitler de no volver a entrar en guerra. El gabinete le pide que lo reconsidere: si el führer lo incumple quedará como un idiota, pero el premier les hace callar: "Si lo incumple, el mundo verá cómo es él. Y unirá a los aliados, quizá hasta a Estados Unidos. Y parecer un idiota es un coste nimio".

2022. La disyuntiva entre la fuerza y la palabra. Los hombres y los tiempos terribles. Las personas llamadas a tomar decisiones más grandes que sus vidas. El mundo ya no es el mismo. Pero se parece.

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