El Muro de Berlín, escenario del crimen comunista

El autor español Sergio Campos Cacho delimita la "geografía funeraria" de esta frontera "de la vergüenza"

Cadáver de Peter Fechter, asesinado el 17 de agosto de 1962 cuando intentaba pasar el Muro de Berlín hacia la parte occidental. (Captura)
Cadáver de Peter Fechter, asesinado el 17 de agosto de 1962 cuando intentaba pasar el Muro de Berlín hacia la parte occidental. (Captura)

Nada como la muerte para poner en perspectiva la vida. Ese espíritu guía En el Muro de Berlín. La ciudad secuestrada (1961-1989) (Espasa), publicado por el español Sergio Campos Cacho (Soria, 1976) justo el año en que la construcción levantada por la entonces República Democrática Alemana (RDA) ha cumplido 60 años.

La escritura del libro, cuenta el autor a 14ymedio, le llevó año y medio, pero la investigación se remonta a 2009. Campos, que reside en Berlín desde hace más de 20 años, se dio cuenta, enseñando la ciudad a los amigos que iban de visita, de que faltaba un documento que llevara "a entenderlo todo, a saberlo todo", pues lo que encontraba era "muy fragmentario". La idea del autor era "saber cómo se construye el Muro, cuándo se piensa exactamente la construcción del Muro, cómo funciona el mecanismo, cómo se levanta, pero también quién muere". Empujado por su amigo el pintor Carlos García Alix, se puso manos a la obra. No existía hasta ahora un libro así, "y menos en español", recalca Campos.

En este volumen, el Muro, cuyo final está asociado con la alegría de una multitud enfebrecida rompiendo a martillazos ese hormigón de la vergüenza la noche de su caída, el 9 de noviembre de 1989, se convierte en la escena de un crimen.

"Si enfocamos mejor, si nos acercamos con el objetivo de la vida cotidiana, veremos que la única manera honesta de contar qué fue el Muro de Berlín es hacerlo a través de sus víctimas mortales"

"La historia del Muro es aparentemente muy sencilla si se observa con el gran angular de la Historia: se construyó en una madrugada, estuvo más de veintiocho años en pie y cayó en apenas unas horas", escribe Campos. "Pero si enfocamos mejor, si nos acercamos con el objetivo de la vida cotidiana, veremos que la única manera honesta de contar qué fue el Muro de Berlín es hacerlo a través de sus víctimas mortales".

¿Y por qué? Merece la pena la respuesta del propio autor: "Con el tiempo, el Muro dejó de ser la imagen de la tiranía de la RDA para convertirse en el símbolo de las nuevas fronteras que se han seguido levantando por todo el planeta. Este libro pretende disipar esas brumas alegóricas y devolver al Muro de Berlín su esencia real, la del escenario del crimen comunista, algo que conviene recuperar en estos tiempos de resurrecciones ideológicas en los que se pretende caramelizar el comunismo para ofrecerlo como una golosina redentora".

Campos ofrece el mapa detallado de esa cicatriz redonda que parecía encerrar a Berlín occidental, libre y democrático, cuando en realidad eran las puertas de una cárcel para los alemanes del Este, y elabora lo que llama una "geografía funeraria".

En las inmediaciones de sus casi 112 kilómetros de construcción murieron 140 personas. Campos señala que la gente suele hacer un mohín cuando saben la cifra: "solo" 140 en 28 años.

El autor hace el recuento de cada uno de ellos, desde el primero, una mujer, Ida Siekmann, muerta el 22 de agosto de 1961 al caer de su edificio, en la Bernauer Strasse, cuyas ventanas daban a Berlín Occidental –y fueron después convenientemente tapiadas–, hasta el último, el 8 de marzo de 1989, Winfried Freudenberg, en un accidente al intentar fugarse en globo.

"No se ha llevado a cabo la eliminación de la explotación del hombre por el hombre. Por tanto, no tengo interés en pasar mi vida trabajando para este Estado"

Las víctimas están "presentadas" según la zona del Muro donde perdieron la vida, si fue en un intento de cruce por tierra (o bajo tierra, a través de túneles) o por el río Spree o algunos de los lagos que rodean Berlín.

Campos hace especial hincapié en esas muertes en las aguas, por ahogamiento o por disparos, evitándose lo que el autor llama "la tortura de la asfixia", que describe en palabras de un especialista forense.

Una de las víctimas más dignas fue quizá Henri Weise, cuyo cadáver fue encontrado en el río en 1977 y que había solicitado formalmente su salida de la RDA un año antes, con la siguiente "fundamentación": "No se ha llevado a cabo la eliminación de la explotación del hombre por el hombre. Por tanto, no tengo interés en pasar mi vida trabajando para este Estado". La petición le fue denegada y él comenzó a ser espiado por la Stasi. Un día de mayo, dos meses antes de ser hallado muerto, había desaparecido sin dejar rastro.

Casos especialmente trágicos fueron los de los cinco niños que murieron al caer accidentalmente al agua en las inmediaciones del Muro, entre 1966 y 1975 –Andreas Senk (6 años), Cengav Katranci (8 años), Siegfried Kroboth (5 años), Giuseppe Savoca (6 años) y Cetin Mert (5 años)– y que no fueron salvados por el temor de policías o simples ciudadanos del Oeste a ser considerados "infractores y violadores fronterizos" y, por ende, tiroteados por los guardias del Este.

Otros tres menores víctimas mortales fueron Wolfgang Glöde (13 años), por el disparo accidental de un soldado, y Jörg Hartmann y Lothar Schleusener (10 y 13 años), cuyos homicidios –los guardias dispararon cuarenta tiros en las sombras y les dieron a ellos– no se reconocieron hasta 1997.

La lista incluye también algunos de los intentos de fuga exitosos, como el primero de todos, el del soldado Conrad Schumann, quien quedó inmortalizado en una fotografía icónica (y se suicidaría en 1998, a los 56 años), así como los 11 casos de occidentales muertos por disparos de soldados del Este, en muchos casos en circunstancias poco claras.

"Para los comunistas –como para los nazis– no hay posibilidad de paraíso sin exterminio previo y la Alemania de la inmediata posguerra supuso un excelente coto de caza"

Ordenado como solo puede serlo un bibliotecario y bibliófilo como Campos, el libro tiene la virtud de incluir las notas al final, nutridas referencias y una útil cronología.

En él hay espacio para incidir en el régimen de terror instaurado muy pronto en la Alemania oriental, calcado de la Unión Soviética de Stalin, con una de las mayores redes de informantes y delatores del mundo al servicio de la Stasi. "Para los comunistas –como para los nazis– no hay posibilidad de paraíso sin exterminio previo y la Alemania de la inmediata posguerra supuso un excelente coto de caza", refiere Campos.

Pero también hay lugar para algunos datos insólitos que se olvidan ante las grandes letras de la Historia. Por ejemplo, la propia apertura del Muro, con la única presencia para registrarlo de las cámaras de Televisión Española y el micrófono de la entonces corresponsal en Berlín, Rosa María Artal, poco después de que el portavoz del politburó, Günter Schabowski, anunciara con desgana –no había asistido a las reuniones previas donde se acordó lo que se anunciaría– las resoluciones que permitían a los ciudadanos de la RDA salir del país, con el único requisito del pasaporte. "El Muro no cayó a golpes de pico", recuerda Campos.

Y otra curiosidad: que la construcción del Muro se cruzó en el rodaje del clásico de Billy Wilder One, two, three y obligó a que la Puerta de Brandemburgo que cruzan los actores, que en principio iba a ser la real, fuera finalmente de papel maché.

También considera Campos cómo a su director –judío alemán que huyó a Hollywood desde Berlín en cuanto ascendió Hitler al poder y que perdió a gran parte de su familia en campos de exterminio, incluida su madre– le bastaron los minutos que dura una de las escenas más memorables de la película, cuando la secretaria del protagonista encandila con su baile a tres rusotes al ritmo de la Danza del sable para desmontar el "mito de la desestalinización".

"Aunque el Muro deleznable se construyó bajo la égida de Kruschev, el 'comunista bueno' que se supone cerró el ciclo estalinista, lo cierto es que fue levantado por estalinistas y mantenido por estalinistas"

"Aunque el Muro deleznable se construyó bajo la égida de Kruschev, el 'comunista bueno' que se supone cerró el ciclo estalinista, lo cierto es que fue levantado por estalinistas y mantenido por estalinistas, aunque, paradójicamente, fue Stalin quien se negó en su día levantar una Muralla China alrededor de Berlín-Oeste cuando los alemanes le presentaron el plan".

En efecto, los planes de construcción del Muro datan de 1952 y partieron del máximo dirigente de la RDA, Walter Ulbricht, pero no se concretaron hasta nueve años después. La principal razón: las constantes evasiones al Oeste, donde no existía paraíso socialista pero sí libertad. Los aliados, por cierto, lo sabían y no hicieron gran cosa para impedirlo.

Campos no sólo conoce muy bien Berlín sino a los comunistas, entre otras cosas porque ha pasado años estudiándolos (dentro de poco verá la luz al fin su trabajada biografía sobre el renegado Enrique Castro Delgado), y en este volumen se demuestra.

Su mirada no concede benevolencia a la RDA ni en las estampas plácidas de un presente en paz. Así, ve los barrios a orillas de los lagos que rodean la capital alemana, que "pueden parecer pintorescos a los visitantes ocasionales" con "unos ojos que vuelven al pasado", y afirma: "Si hoy se me antojan lánguidos reductos humanos sin vitalidad es porque todavía proyectan la sombra que fueron: comunidades siniestras en las que la curiosidad trascendía el mero cotilleo para convertirse en la actividad criminal de la delación".

Pero el autor es aún más contundente en la tercera parte del libro, dedicada a la discutible manera en que el Estado alemán recuerda el Muro de la vergüenza, al presentarlo, asevera el autor, como "un lugar abstracto" en el Memorial de la Bernauer Strasse.

Ahí, cuela una sentencia que resonará en los oídos de los cubanos, rodeados de su particular muro de océano: "Habrá que repetirlo una y mil veces, y durante otros cuarenta años si hace falta. El Muro se levantó para impedir que millones de personas abandonaran una Alemania comunista incapaz de ofrecer un atisbo de esperanza a sus habitantes. Esperanza, se entiende, de conseguir algo tan fundamental como un pedazo de pan y una mínima libertad que funcionara como puerta al desarrollo humano y espiritual que todo hombre atesora y sin el cual se convierte en un esclavo".

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