Prólogo a La Grieta

La directora de '14ymedio' explica cómo Reinaldo Escobar partió de su experiencia personal para crear 'La Grieta'

'La Grieta' es una novela llena de momentos dramáticos, pero no está exenta de instantes tragicómicos derivados del contexto totalitario. (14ymedio)
'La Grieta' es una novela llena de momentos dramáticos, pero no está exenta de instantes tragicómicos derivados del contexto totalitario. (14ymedio)

Hace un cuarto de siglo, cuando conocí a Reinaldo Escobar, había al menos dos obsesiones alrededor de las cuales giraba su vida. La primera de ellas consistía en tratar de seguir haciendo periodismo a pesar de haber sido expulsado de los medios oficiales y, la otra, era esta novela, un exorcismo de corte biográfico que escribía con una disciplina casi monástica.

Aquel proceso de teclear, en su sonora máquina Adler, las experiencias acumuladas en más de dos décadas de trabajar en la prensa controlada por el Partido Comunista de Cuba (PCC), ocurría en un momento en que el país se despeñaba por el abismo de la crisis económica tras el descalabro del campo socialista. De manera que las cuartillas se iban rellenando entre apagones, carencias y largas horas de estómago vacío.

Después de su expulsión del periódico Juventud Rebelde, Escobar había transitado por todo tipo de ocupaciones -que dan material para una segunda novela- en una cuesta abajo que era también un paralelismo de la caída que experimentaba la Isla. Trabajó como corrector de pruebas en la Biblioteca Nacional, a donde lo enviaron como castigo por la insolencia crítica de sus artículos, unos textos que leídos a la luz de hoy le producen más vergüenza que orgullo, según confiesa.

En aquellas galerías repletas de volúmenes, el periodista encontró una larga lista de libros censurados, conoció a otros castigados y hasta llegó a firmar una carta de protesta por los acuerdos del IV Congreso del PCC. Esa nueva osadía le costó otra amonestación administrativa que lo convenció de alejarse de cualquier centro laboral estatal donde se trabajara con el volátil material que conformaban las palabras y las ideas.

Así llegó a convertirse en mecánico de ascensor, el empleo que tenía cuando escribió la primera página de esta novela protagonizada por su alter ego Antonio Martínez. Por esa razón, aquel texto primigenio tenía todas las trazas de la apelación de un condenado, de alguien que siente que se le ha aplicado una injusta pena y espera poder reivindicarse a través de su propia versión de los hechos. Esperaba que después de leerla llegaran a rescatarlo de su forzado plan pijama.

Aquel texto primigenio tenía todas las trazas de la apelación de un condenado, de alguien que siente que se le ha aplicado una injusta pena y espera poder reivindicarse a través de su propia versión de los hechos

Ese carácter de alegato se fue perdiendo en la medida que agregaba párrafos y en que comprobaba, con cada pasaje, que él también había sido responsable de la construcción del espejismo de la Revolución cubana. Otra convicción empezó a aflorar con cada sílaba escrita: los censores que lo habían expulsado de la prensa oficial le habían regalado una carta de libertad para hacer el periodismo con el que siempre había soñado. Más que demandarlos, casi tenía que darles las gracias.

Sorteado aquel primer deseo de mostrar su inocencia, Escobar se concentró en narrar los eventos que lo llevaron desde un pupitre de la Facultad de Periodismo hasta una cabina llena de grasa donde ajustaba el mecanismo de un viejo ascensor, mientras los vecinos gritaban para que estuviera listo cuanto antes y un jefe de brigada miraba con sorna a aquel reportero caído en desgracia.

Era el periplo de la cumbre a los abismos, de ser un compañero confiable a un disidente. El descenso desde la nube de los privilegios al hediondo hueco de los contrarrevolucionarios. En fin, letra a letra, tejió la historia del viaje a los infiernos del socialismo real y al más bajo de sus círculos, donde vagan, perseguidos por los insultos y las represalias, los renegados.

Escobar prescinde de los rejuegos del lenguaje, la suya es una prosa deudora del periodismo, desprovista de ornamentos y sin alardes metafóricos. Su intención nunca fue transmutar en literatura el accidentado periplo de un comunicador, sino en hacer que la ficción rebosara de objetividad y cargara con parte de aquellas palabras que no había podido colar en la prensa nacional.

La escritura de ese itinerario de la fe a la apostasía revolucionaria se inició cuando ya el Muro de Berlín se había caído y la Unión Soviética se había desmembrado sin que ni uno solo de aquellos proletarios de bandera roja hiciera algo por impedirlo. Los acontecimientos que rodeaban a Reinaldo Escobar encajaban en los pronósticos que Antonio Martínez había aventurado mientras auscultaba desde la prensa las grietas del sistema cubano.

Escobar prescinde de los rejuegos del lenguaje, la suya es una prosa deudora del periodismo, desprovista de ornamentos y sin alardes metafóricos

Completar cada capítulo se volvió una lucha contrarreloj, impulsada por la equivocada sensación de que el castrismo estaba viviendo sus años finales y esta novela debía estar terminada antes de que el sistema que condenó a su autor al ostracismo expirara. Era la pequeña victoria del periodista defenestrado: esbozar algunas letras de lo que sería el epitafio colectivo de una quimera.

El ejercicio le demandó más que valentía. Sufrió tantas interrupciones, especialmente las derivadas de los numerosos amigos que llenaban su apartamento en busca de un espacio de libertad en aquella asfixiante Cuba de los años noventa, que para poder concentrarse en su trabajo se encerró por semanas en una habitación y dejó un cartel advirtiendo que necesitaba "absoluta tranquilidad". El mensaje resultó en vano, porque en La Habana de 1993 la paz escaseaba tanto como la comida.

En ese contexto, La Grieta –que por entonces llevaba el significativo título de Páginas desde el foso– tuvo que lidiar no solo con los obstáculos que imponía una cotidianidad que se desvencijaba, sino también con la vigilancia. Reinaldo recibía frecuentes visitas de control por parte de un oficial de la Seguridad del Estado que se hacía llamar igual que él y que preguntaba con insistencia si estaba escribiendo "algún libro".

Finalmente aquel indeseado "ángel de la guarda" se enteró por otras fuentes que había una novela en elaboración, algo que selló la suerte de aquel primer ejemplar mecanografiado sin copias. En mayo de 1994 cuando el autor viajó por primera vez fuera de Cuba, con destino a Berlín, su nombre retumbó en los altavoces del Aeropuerto Internacional José Martí. Un uniformado le confiscó la novela que intentaba sacar de la Isla.

De aquel decomiso le quedó a Escobar un documento oficial en el que la Aduana General de la República da cuentas de haber incautado unas "hojas con escrituras mecanografiadas a máquina" (sic). Después, frente a la primera computadora que había tocado en su vida y que le prestó un amigo en Frankfurt, comenzó la dura tarea de intentar recordar la novela que le habían quitado. De ese esfuerzo de la memoria nació el actual texto.

Reinaldo recibía frecuentes visitas de control por parte de un oficial de la Seguridad del Estado que se hacía llamar igual que él y que preguntaba con insistencia si estaba escribiendo "algún libro"

Con la obligación de tener que poner otra vez en blanco y negro el libro que había dado por concluido, el autor decidió recomponer toda la trama. Aplicó las tijeras con mayor osadía, decidió colocar los nombres reales de la mayoría de los personajes que en la primera versión había cambiado por discreción y presentó al protagonista con menos heroísmo y más culpa.

La reescritura de La Grieta tardó más de dos décadas. En ese tiempo Escobar no pudo colgar un cartel de "no molesten" para zambullirse de lleno en su empeño, sino que se vio abatido por los vientos huracanados de la vida. Su trabajo como periodista independiente, que comenzó con una colaboración con The Guardian en enero de 1989, lo llevó a varias inquietantes situaciones.

Llegó la primavera Negra de 2003 y el autor vio como varios colegas eran condenados a largas penas de prisión y Fidel Castro apretaba las clavijas represivas del sistema. Para ese entonces, no quedaba ni el recuerdo de lo que había vivido en los años en que los vientos de la Glasnost soplaban sobre Cuba y muchos habían apostado por hacer una prensa más apegada a la realidad.

La mayoría de aquellos reporteros, editores y fotógrafos que influenciados por la Perestroika soviética habían tratado de colar en las planas nacionales reportajes más críticos, columnas más audaces o imágenes más atrevidas habían terminado por emigrar, se habían encerrado en la autocensura o dieron el salto al periodismo independiente en el que se jugaban cada día la libertad.

La historia de Antonio Martínez cobraba en esas nuevas circunstancias otras connotaciones. Ya no eran las cuitas de un graduado universitario que quería aplicar en la práctica los manuales que le habían enseñado en la escuela, sino de un sobreviviente. Un cubano que había transitado por las etapas de fascinación, pasando por la duda hasta llegar al rechazo. Su vida era el testimonio del desencanto.

La historia de Antonio cobraba en esas nuevas circunstancias otras connotaciones. Ya no eran las cuitas de un graduado universitario que quería aplicar en la práctica los manuales que le habían enseñado en la escuela, sino de un sobreviviente

Esas presiones de la realidad sobre la ficción que escribía moldearon a La Grieta como un mapa de la decepción en el que está marcado el camino que siguió un joven ilusionado con hacer un periodismo auténticamente revolucionario y que terminó siendo etiquetado como un "enemigo". Mientras repasen sus páginas, los lectores transitarán por diferentes estadios con respecto al protagonista, a veces les simpatizará y otras, sentirán deseos de insultarlo por tanta ingenuidad.

El autor no ha querido tergiversar aquellas ilusiones, ni presentarse como alguien que siempre supo que la utopía comunista era impracticable y que bajo las falsas consignas de un sistema para los humildes, en realidad se escondía la construcción de un calculado totalitarismo. En lugar de la mirada cínica que podrían haberle dado sus experiencias posteriores, Escobar prefiere armar el personaje de Martínez con sus reales elementos de candidez.

Esa ingenuidad, compartida por millones de cubanos durante los primeros años de la Revolución, es la que lleva al protagonista a proponerse desde el periodismo mostrar lo que funciona mal para que sea arreglado y rectificado. En sus inicios, cae en la engañifa de pensar que los mayores problemas eran derivados de una incorrecta aplicación de la doctrina y no del sistema en sí mismo.

En sus sueños imaginaba que se topaba con alguien de la nomenclatura a quien pudiera explicar el daño que los burócratas y los extremistas causaban a la Revolución al tergiversar sus preceptos en el momento de llevarlos a la práctica. Especulaba con que si lograba explicar a los líderes esas incongruencias entre la meta propuesta y el camino que se estaba haciendo para llegar a ella, de seguro podía corregirse el rumbo.

Un actitud que repite en su vida sentimental, en la que busca incansablemente un amor que encaje en el molde ideal que se había construido tomando prestado de los versos de Vicente Huidobro, los criterios de su madre y el esquema de compañera inseparable de la propaganda oficial. Esa fantasía pasional también termina –al menos en la novela- destrozada frente a las afiladas rocas de la realidad.

Al estilo de un Milan Kundera tropical, Escobar va desgranando las sucesivas máscaras que se colocan muchos de los personajes para sobrevivir profesional y socialmente

Al estilo de un Milan Kundera tropical, Escobar va desgranando las sucesivas máscaras que se colocan muchos de los personajes para sobrevivir profesional y socialmente. El oportunismo, la indolencia y hasta el radicalismo son algunas de las cubiertas obligatorias para el carnaval político del que forma parte. Algunas veces logra atisbar el rostro debajo de aquellas caretas y siente el imperioso deseo de huir espantado.

Aunque La Grieta es una novela llena de momentos dramáticos, no está exenta de esos instantes tragicómicos derivados del contexto totalitario. En los que el dilema de si poner mantequilla o mayonesa en el pan de la merienda de los trabajadores encierra una disyuntiva entre la libertad de criterio y la disciplina militante que el régimen espera de sus empleados.

Las preguntas inoportunas, la sinceridad desacertada, la autocrítica excesiva y el afán de mejorar la sociedad desde las páginas de los periódicos van dejando apartado a Antonio Martínez. Con agudeza, los censores notan el peligro que hay en un individuo que se ha tragado los discursos dichos desde las tribunas. Su final queda definido en cuanto reconocen a un perfecto crédulo.

Esta novela es, por todo eso, la descripción de un suicidio profesional y social. La puntual narración de cómo la llama de una utopía quemó las alas de una generación de cubanos, con la anuencia y el beneplácito de muchos de ellos. Reinaldo Escobar, que ardió en ese fuego, ha tenido el valor de contarlo.

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