El cuarto juicio de Pablo Ibar

La serie documental narra el caso del español, hijo de una cubana, acusado de un triple asesinato en Florida

Pablo Manuel Ibar, hijo de un pelotari vasco y una trabajadora del sector eléctrico de La Habana, es detenido en 1994 por su aparente similitud física con uno de los perpetradores del asesinato de un empresario de Florida. (EFE)
Pablo Manuel Ibar, hijo de un pelotari vasco y una trabajadora del sector eléctrico de La Habana, es detenido en 1994 por su aparente similitud física con uno de los perpetradores del asesinato de un empresario de Florida. (EFE)

La vida de Pablo Ibar cabe en un puñado de cajas apiladas en un despacho de abogados de Florida. Su muerte también. La odisea judicial que ha marcado desde hace 26 años su existencia, la de sus allegados y las familias de las víctimas del triple crimen de Miramar, sin embargo, parece inabarcable.

El Estado contra Pablo Ibar es una obra monumental del sevillano Olmo Figueredo, un documental que ha consumido siete años de trabajo, 2.000 horas de filmación, más de 50 entrevistas y un acceso inédito a material de archivo que convierten al espectador en más que un miembro del jurado que hace un año decidió por tercera vez sobre la culpabilidad del español.

La historia es, en lo esencial, bien conocida en ambos lados del Atlántico. Pablo Manuel Ibar (Fort Lauderdale, 1972), hijo de un pelotari vasco y una trabajadora del sector eléctrico de La Habana, es detenido en 1994 por su aparente similitud física con uno de los perpetradores del asesinato a tiros de un empresario de la noche de Florida (Casimir Sucharski) junto a dos veinteañeras (Marie Rogers y Sharon Anderson), que tomaban una copa en su casa. La obsesión de Sucharski por grabar sus encuentros sexuales había dado un fruto inesperado: grabó su propio asesinato en una cinta doméstica y con mala calidad pero que permitió a todo el país contemplar el crimen. Ibar fue condenado en un juicio anulado en 1998 por falta de unanimidad, pero la repetición le fue aún peor: hallado nuevamente culpable, la sentencia fue de tres penas de muerte.

La obsesión de Sucharski por grabar sus encuentros sexuales había dado un fruto inesperado: grabó su propio asesinato en una cinta doméstica y con mala calidad pero que permitió a todo el país contemplar el crimen

Ese es el hecho determinante para que España se involucre. El compromiso de todos los partidos sin distinción ideológica, autoridades regionales y estatales, y miles de ciudadanos contra la pena capital logra como fruto una recaudación económica que permite al español contratar un equipo de defensa solvente. Así, se logra que el Tribunal Supremo de Florida anule el juicio por falta de pruebas e indefensión -su propio abogado de oficio reconoció mala praxis-. El tercer proceso se celebra en 2019 y termina con una nueva condena, esta vez a cadena perpetua. Los abogados trabajan desde entonces en una nueva apelación mientras su padre intenta que sea trasladado a una prisión española.

Hasta que eso llega, el espectador puede sentarse a seguir el enorme y prolongado proceso con un acceso nunca visto en televisión. Porque Figueredo ha metido las cámaras en las mismísimas entrañas del sistema penal floridano. Los seis episodios de 55 minutos descubren una historia más desconocida y más compleja, llena de giros y grises, que apenas deja clara una cosa: la verdad nunca se sabrá.

El director se topó con la historia desconcertado por el hecho de que el otro inculpado y amigo de Ibar, Seth Peñalver, acabase en libertad mientras Pablo entraba en el corredor de la muerte. Lo que nació con la pretensión de ahondar en un caso cerrado se encontró con la materia viva de un juicio en directo. Figueredo convenció, con terquedad y paciencia, a todas las partes hasta el punto de que se le permitió no solo filmar la preparación y el proceso completo, sino poner micrófonos al juez y los abogados y escuchar las conversaciones privadas. Lo mejor y lo peor del sistema judicial estadounidense queda expuesto ante el espectador: el peso de los recursos económicos en el resultado, las debilidades de ser un juez electo, la renuncia a diferentes líneas de investigación, la conveniencia del uso de distintas estrategias o las irregularidades de la fiscalía. Pero también las garantías de recurso y, sobre todo, la transparencia.

Se le permitió no solo filmar la preparación y el proceso completo, sino poner micrófonos al juez y los abogados y escuchar las conversaciones privadas

Cuenta el autor que cuando el juez Balley tuvo en sus manos el veredicto incluso lo llamó al estrado: "Olmo, ¿tienes las cámaras preparadas?".

Por delante del objetivo han desfilado los policías que investigaron el caso en el lejano 1994, los fiscales, los abogados de la defensa, los jueces, testigos y sospechosos alternativos, la familia Ibar y las familias de las víctimas. Todos, incluso los más reticentes al director andaluz por el papel jugado por España, han contado su verdad a lo largo de estos años para que el espectador recomponga un puzle que se rompe constantemente.

Vemos testigos que se retractan de sus declaraciones, abogados construyendo diferentes estrategias de defensa, policías admitiendo haber mentido ante el juez, conversaciones privadas en el estrado, momentos de desconfianza de los Ibar en sus abogados, víctimas con el dolor y el enfado permanentemente en la garganta y hasta un jurado arrepentido que pudo cambiar el rumbo de la sentencia pero fue apartado del caso.

Durante los cinco primeros episodios ( El crimen, La apelación, El juicio, Los testigos y El veredicto ) la mano de Figueredo es casi forense. Aséptica sin ser fría, colocándonos en la duda permanente, en el cambio de opinión constante. Si creemos al reo, la aparición en una camiseta de un rastro de ADN 20 años después nos cae como un jarro de agua fría. Si escuchamos que el laboratorio encontró en la prenda cuatro áreas con material genético de otra persona sin identificar (desconocido 1, el culpable para muchos) y solo una con el de Ibar, volvemos a tener fe en él. Cuando recuperamos la confianza escuchamos el testimonio de las víctimas de un allanamiento en el que participó y volvemos atrás. ¿Es Pablo culpable o inocente? Decídanlo ustedes.

Pero si se creían a salvo de las emociones, el capítulo 6 lo cambia todo. Como si los 275 minutos anteriores hubiera dado un paso atrás para coger impulso, el último episodio, La sentencia, es un salto mortal en el que Figueredo deja la distancia, cierra el objetivo sobre sus protagonistas y no duda en involucrarse en el inmenso dolor que deja la muerte.

Vemos testigos que se retractan de sus declaraciones, abogados construyendo diferentes estrategias de defensa, policías admitiendo haber mentido ante el juez, víctimas con el dolor

En la pieza final está el llanto de los hijos de Pablo Ibar, que no saben lo que es tener a su padre en casa; el de su esposa, que se siente responsable hasta de haber sido madre; el de su cuñada, frustrada eternamente porque apuntalaba una coartada que le desaconsejaron utilizar; el de su padre y su hermano, que han invertido una vida en buscar un juicio con garantías… Pero también el de los hijos de Sucharsky, ahogados por una existencia dedicada a revivir en los tribunales la muerte de su padre; el de la hermana de Sharon Anderson, que sigue inmersa en la ira que le provocó su pérdida a dos días de dar a luz; el de la madre y el hermano de Marie Rogers, que dejó una hija de dos años clamando por la falta de su madre. Hasta el de Benjamin Waxman, un abogado que ha rebajado sustancialmente sus honorarios para seguir defendiendo al preso ("Os quiero, tíos", dice Pablo mientras espera su sentencia en unos minutos angustiosamente interminables de metraje).

Los emotivos alegatos finales de los seres queridos de todos los involucrados forman una espiral de sufrimiento infinito que coge por sorpresa a un espectador acomodado hasta ese momento en una reflexión analítica de pruebas y apaños judiciales. Y se convierten en un memorable alegato contra la pena de muerte cuando el abogado de Ibar toma los testimonios de las familias de las víctimas, los esgrime y los hace suyos hasta concluir: "Un voto por la pena de muerte es un voto por continuar el trauma".

Figueredo ha asumido ser consciente de que la mentalidad es distinta en Estados Unidos y en España y aunque cree que la serie está hecha para que la vea todo el mundo sabe que en la visión del espectador va a pesar su cultura. Para esta orilla, tantas veces proclive a confiar en la inocencia del preso, El Estado contra Pablo Ibar abre los ojos precisamente a la duda, pero no deja de ratificar la convicción que defiende el Parlamento Europeo en una secuencia que pronuncia, de forma demoledora, el activista de derechos humanos Andrés Krakenberger: "Estamos en contra de la pena de muerte por castigo cruel y degradante que es. Y punto".

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Nota de la Redacción: El Estado contra Pablo Ibar se estrenó en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Sus seis episodios están disponibles en HBO.

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