Despiden en La Habana Aitana Alberti, la hija del exilio republicano español

Obituario

Residía en Cuba desde 1984 y dedicó buena parte de su obra a preservar la memoria de sus padres, Rafael Alberti y María Teresa León 

Nacida del destierro republicano, Aitana Alberti terminó sus días en un país que, durante décadas, ha producido su propio exilio intelectual.
Nacida del destierro republicano, Aitana Alberti terminó sus días en un país que, durante décadas, ha producido su propio exilio intelectual. / Facebook / Centro Cultural DML
14ymedio

05 de julio 2026 - 09:20

La Habana/Aitana Alberti León, hija del poeta Rafael Alberti y de la escritora María Teresa León, murió en La Habana el pasado 30 de junio, a los 84 años. Nacida en Buenos Aires en 1941, durante el exilio de sus padres tras la Guerra Civil española, la poeta, narradora, traductora y promotora cultural había convertido a Cuba en su residencia definitiva desde 1984, cuando se instaló en la Isla por invitación de Nicolás Guillén.

Su muerte fue anunciada por el Centro Cultural Dulce María Loynaz, institución en la que trabajó durante más de quince años y desde la cual desarrolló una intensa labor de promoción literaria. La prensa oficial cubana la despidió como una figura esencial de la cultura y como defensora de la memoria de los exiliados españoles. Sin embargo, su biografía ofrece también una paradoja mayor: nacida del destierro republicano, Aitana Alberti terminó sus días en un país que, durante décadas, ha producido su propio exilio intelectual.

Hija única de dos nombres centrales de la literatura española del siglo XX, Aitana creció marcada por la errancia. Sus padres abandonaron España tras la derrota republicana y vivieron primero en Argentina y luego en Italia, antes de regresar a Madrid en 1977, tras casi cuatro décadas de ausencia. De esa experiencia heredó no solo una genealogía literaria, sino también una manera de entender la cultura como trinchera, memoria y militancia.

En Cuba encontró un espacio que le permitió prolongar esa herencia. Presidió la Cátedra Rafael Alberti en la Universidad de La Habana, impulsó actividades dedicadas a la Generación del 27, participó en el Festival Internacional de Poesía de La Habana y dirigió el espacio Fe de vida: Imagen y palabra, desde el Centro Cultural Dulce María Loynaz. También estuvo vinculada al Proyecto Cultural Sur, dedicado al fomento de la poesía y las artes.

Para el régimen cubano, acoger a la hija de Rafael Alberti y María Teresa León era también incorporar a su panteón cultural una pieza prestigiosa del exilio republicano español y de la izquierda internacional

Aitana Alberti llegó a Cuba en mayo de 1984, después de una invitación de Nicolás Guillén, entonces presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Según relató años después, Fidel Castro autorizó personalmente su establecimiento en la Isla. Para el régimen cubano, acoger a la hija de Rafael Alberti y María Teresa León era también incorporar a su panteón cultural una pieza prestigiosa del exilio republicano español y de la izquierda internacional.

Aitana aceptó ese lugar con convicción. En entrevistas se definió como argentina, española y cubana, y nunca ocultó su admiración por el país donde vivió más de cuatro décadas. Su adhesión sentimental a Cuba la colocó en una zona cómoda para la institucionalidad cultural, que la presentó siempre como heredera de una tradición progresista y como puente entre España, América Latina y la Isla.

Pero esa misma fidelidad abre una lectura más compleja. La Cuba que acogió a Aitana Alberti como símbolo del exilio republicano fue también la que expulsó, silenció o marginó a escritores, artistas y periodistas cubanos que no encajaron en el relato oficial. Fue una mujer nacida de una diáspora política europea que encontró refugio en otra revolución convertida en Estado, con sus propias exclusiones y dogmas.

Su vínculo con el Centro Dulce María Loynaz añade otro matiz. Aitana trabajó durante años en la antigua casa de una escritora cubana de temperamento muy distinto al de Alberti y María Teresa León. Dulce María Loynaz, católica, aristocrática, completamente ajena al fervor revolucionario, sobrevivió durante décadas en una suerte de exilio interior antes de ser “rescatada” por las instituciones tras recibir el Premio Cervantes en 1992. Que la hija del poeta comunista español desarrollara parte de su labor en ese espacio resume, de algún modo, la capacidad del poder cultural cubano para absorber memorias incómodas y ponerlas al servicio de su propio relato. 

También fue testigo de una contradicción que marcó el siglo XX hispánico: la de quienes defendieron la libertad frente al franquismo y, al mismo tiempo, depositaron su fe en revoluciones y caudillos que terminaron exigiendo obediencia

Aitana Alberti publicó poesía, narrativa y textos de memoria. Entre sus libros figuran Inquilinos de la soledad, Cuentos persas y La arboleda compartida, este último título en evidente diálogo con La arboleda perdida, las memorias de su padre. Sus poemas fueron traducidos a varios idiomas y su trabajo estuvo atravesado por la evocación del exilio, la familia, la pérdida y la transmisión de una tradición literaria.

Uno de sus empeños más constantes fue reivindicar la figura de su madre, María Teresa León, durante mucho tiempo opacada por la celebridad de Rafael Alberti. Aitana sostuvo en varias ocasiones que, de haber sido hombre, León habría ocupado un lugar mucho más alto en la historia literaria española. En esa defensa hay quizá una de sus contribuciones más valiosas: haber insistido en que el relato del exilio republicano no podía reducirse a sus grandes poetas varones.

También le tocó vivir las disputas por el legado de Rafael Alberti tras la muerte del poeta en 1999. La herencia, los derechos de explotación de su obra y el papel de su viuda, María Asunción Mateo, provocaron polémicas públicas y litigios que empañaron durante años la conmemoración del autor de Marinero en tierra

Con su muerte desaparece una de las últimas figuras directamente vinculadas al núcleo familiar de Rafael Alberti y María Teresa León. Queda, sin embargo, una biografía difícil de encerrar en una sola fórmula. Fue hija del exilio, poeta, editora, albacea moral de una tradición y habitante voluntaria de una Cuba que la recibió como símbolo. También fue testigo de una contradicción que marcó el siglo XX hispánico: la de quienes defendieron la libertad frente al franquismo y, al mismo tiempo, depositaron su fe en revoluciones y caudillos que terminaron exigiendo obediencia. Murió en la ciudad que eligió como refugio y que la convirtió, también, en parte de su propio decorado cultural. 

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