El gran poeta del 'insilio' cubano

Rafael Alcides asumió su situación no como un título nobiliario, sino como humilde tarea cotidiana, como elección propia y simple destino; pero acompañado, querido y respetado

Las cenizas de Alcides serán esparcidas en el río de su Barrancas natal, allá en Bayamo, donde todo empezó. (14ymedio)
Las cenizas de Alcides serán esparcidas en el río de su Barrancas natal, allá en Bayamo, donde todo empezó. (14ymedio)

Gracias a Rafael Alcides por haberse hecho en el silencio

Me asombró su voz la primera vez que lo oí, cuando él acababa de cumplir 80 años. Era una voz grave y tersa al mismo tiempo, que ya no recordaba yo de sus años en la radio. Una voz acaso de marino, de alguien que ha recorrido otros mundos y que puede contar muchísimo, pero que no quiere asombrar a nadie, y mucho menos abrumar con sus historias. Una voz de alguien mucho más joven y, a la vez, una voz antigua, llegada desde una mítica y remota era de certidumbres.

Aunque había leído su poesía y compartíamos varios amigos, nunca hablé con él. Lo admiraba desde lejos y sabía de su condición de buen hombre, de eso que se llama hombre cabal. Para más, vivimos relativamente cerca durante muchas décadas. Pero nunca ocurrió, aunque siempre tuve la vaga certeza de que un día lo conocería. Por eso, cuando leí las fatales palabras de la noticia no pude dejar de sentir que con su muerte, de alguna manera, había perdido a un amigo.

Supongo que resulta fácil para quien lo ha leído sentir que ha conversado con él. No por aquello de la poesía "coloquial", porque en definitiva toda poesía es conversación, aunque casi siempre sea con uno mismo o con el íntimo demonio. En los poemas de Alcides uno siente en realidad el planteamiento de un coloquio con el lector, como si cada verso fuese escrito para ser replicado, en un largo intercambio de intuiciones, temores y recuerdos.

Pues nada más lejos en él que la pose de viejo maestro que sabe algunas claves, que ha aprendido a lidiar con la vida breve y el arte interminable. "La vida me ha enseñado que de repente el oleaje de los días te cambia el programa", dijo hace diez años en una entrevista para la revista Consenso. "Me limito a estar listo para lo que pueda venir", afirmaba, demostrando que, a pesar suyo, era eso: un viejo maestro que podía darnos, más que un arte poética, un arte de vivir.

"La vida me ha enseñado que de repente el oleaje de los días te cambia el programa"

Un arte de vivir como poética. La voz de sus poemas mana directamente desde el hombre común que se duele y sueña, desde el ciudadano silvestre que no usa la palabra como conjuro ni como construcción subjetiva, sino como palanca para mover una verdad, como imantación guía, como puente para alcanzar lo más lejano del aquí y el ahora. Y todo con un aliento más transparente que el aire de su Barrancas natal o que una quieta mañana habanera.

"Con semillas buenas hizo cosechas malas, en nombre de la libertad nos rodeó con alambre, y puso guardianes y perros rastreadores. En todo fue igual. Con palabras verdaderas compuso una gran mentira", nos cuenta Alcides, que se alarmó con el apoyo de Fidel Castro a los tanques soviéticos en Praga, que sufrió —sin estar indirectamente implicado— los efectos del caso Padilla y no pudo publicar nada entre 1967 y 1984.

Finalmente, sin que importara si los comisarios querían o no publicarle, decidió apartarse del mundo literario, precisando que solo sería editado en Cuba cuando sus libros pudieran aparecer ante el público junto con los autores que el castrismo ha prohibido durante más de medio siglo. Pero siguió escribiendo, como si no pasara nada.

En 2013, en un espacio de Estado de Sats, recién cumplidos los 80, lo escuché leer. Hacía 20 años que Alcides no ofrecía un recital de poesía en solitario: "Todos los que estamos acá somos exiliados. Todos. Los que se fueron y los que se quedaron. Y no hay, no hay palabras en la lengua ni películas en el mundo para hacer la acusación: millones de seres mutilados intercambiando besos, recuerdos y suspiros por encima del mar".

"El futuro en Cuba ya pasó. Es triste un país donde el porvenir ya pasó, el futuro de este Gobierno, que es lo que vivimos ahora, porque la vida es ahora", decía. Pero no era pesimista ni cínico, porque veía que que todo, antes de ser real, ha sido un sueño, pues siempre "echamos a volar un sueño y lo perseguimos. Por eso hay que soñar y después viene la realización del sueño", pero no podemos perder la oportunidad, pues "hay trenes que, si pasan, pasaron".

"El futuro en Cuba ya pasó. Es triste un país donde el porvenir ya pasó, el futuro de este Gobierno, que es lo que vivimos ahora, porque la vida es ahora"

No tenía un credo misterioso Alcides. Para él, la misión del poeta era obvia: "testimoniar el día de hoy y anunciar el de mañana". Así hizo, asumiendo el insilio no como un título nobiliario, sino como humilde tarea cotidiana, como elección propia y simple destino, pero acompañado y querido por los suyos, y respetado y admirado incluso por los que no lo conocíamos.

Mejor que la prensa oficial no mencionara su muerte. Aquella voz grave y pausada no clamaba en el desierto: "¿Dónde estamos, Señor? ¿En qué sitio del mundo nos hemos perdido? ¿De dónde salen estas aguas hirviendo? ¿Qué se hizo de aquel par de niños incurables que creían en las profecías, todavía creen, y que salieron muy ufanos en la mañana de su día a fundar una ciudad muy blanca sin saber que fundaban un presidio?"

Sus cenizas serán esparcidas en el río de su Barrancas natal, allá en Bayamo, donde todo empezó. Su voz seguirá sonando, tersa y firme, mucho después del fin del largo y oscuro capítulo que intentó silenciarlo, de este en apariencia interminable exilio para todos los de allá y los de aquí. Las voces vacías y turbulentas de hoy se callarán un día y seguiremos oyendo la voz fluvial y austera de Rafael Alcides, como de viejo marino que no quiere abrumarnos con sus certezas.

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