La inteligencia artificial navega por el catálogo del cubano Rado Molina

Editor casi secreto en Linkgua, lector combinatorio y obsesivo, ha creado un gólem: IA-Libris, una máquina para la literatura

Con ayuda de IA-Libris, Molina quiere destrozar, como hizo con Wittgenstein, el concepto de edición crítica
Con ayuda de IA-Libris, Molina quiere destrozar, como hizo con Wittgenstein, el concepto de edición crítica / CCCB
Xavier Carbonell

06 de abril 2024 - 13:58

Salamanca/En el mundo de Rado Molina (La Habana, 1968) conviven Cervantes y Asimov, el suicidio de los esclavos del siglo XIX y los algoritmos-catedral, las leyes de la robótica y los platos de la cocina criolla. Asegura que, de joven, despedazó el Tractatus de Wittgenstein y pegó sus páginas en la pared de su casa en Barcelona. Era, recuerda, un maravilloso origami lógico. Editor casi secreto en Linkgua, lector combinatorio y obsesivo, ha creado un gólem: IA-Libris, una máquina para la literatura. 

Para comprender qué es Linkgua, y cómo ese proyecto editorial fue imantando piezas y ganando complejidad hasta que IA-Libris respiró por primera vez, hay que remontarse –explica Molina– a La Habana de su adolescencia. Componía relatos, pero en lugar de organizar una trama y fijar un diálogo, lo que le gustaba era jugar con los personajes. Meterlos en universos paralelos, simultáneos, que luego se esfumaban del papel. 

Con el tiempo llegaron los libros de gramática de Chomsky, la semiótica, la historia y la filosofía. Salir de Cuba –una isla cyberpunk– le abrió múltiples posibilidades tecnológicas que transformaron su manera de ver un libro. Para Molina, el libro es un dispositivo casi eléctrico. Se puede conectar con el resto de la biblioteca, dialogar con él y transformarlo en motivo de infinitas variaciones. 

Gracias a un código QR en la contracubierta, cada libro de Linkgua se ensambla con su nave nodriza y despliega un chat

No son metáforas. Gracias a un código QR en la contracubierta, cada libro de Linkgua se ensambla con su nave nodriza –la web de la editorial– y despliega un chat. Molina escanea el QR de la edición de Don Quijote en Linkgua y en su pantalla aparece la ventana de diálogo. No se ha presentado oficialmente al lector, pero se trata de IA-Libris, la inteligencia artificial que navega por el catálogo. 

Con ayuda de IA-Libris, Molina quiere destrozar –como hizo con Wittgenstein– el concepto de edición crítica. “Si alguien quiere saber cuántos personajes moriscos metió Cervantes en Don Quijote, solo tiene que preguntarle al chat”. Molina lanza la pregunta y, a los pocos segundos, su gólem contabiliza –y retrata en pocas líneas– todos los moriscos de la novela, desde Cide Hamete Benengeli hasta una humilde mora. 

Pero esto entra, todavía, en el terreno de lo convencional. Lo insólito sería preguntarle a IA-Libris cuántos extraterrestres hay en Don Quijote. Molina teclea la pregunta y esta vez la máquina se demora, calibra y contesta. No le gusta fallar. “En la época de Cervantes”, afirma, “no hay extraterrestres como los entendemos en sentido moderno. La obra, escrita en el siglo XVII, no contempla habitantes de otros planetas ni civilizaciones espaciales”. 

IA-Libris no conoce límites. Molina vuelve a la carga: “Hola, Don Quijote, ¿estás por ahí?”, teclea. Por supuesto, el caballero andante responde –¿o es la inteligencia artificial, interpretando un papel?– con un largo y original discurso. La máquina ha comprendido, explica Molina, “cuál es el estilo de Cervantes, cómo es la voz de Don Quijote y de cualquier personaje de cualquier libro dentro de Linkgua”. Conectados entre sí, los libros se hablan y hablan al lector. Lo que en Borges y Piglia era ficción, ya está –gracias a la tecnología– en la biblioteca. 

Los problemas que enfrenta IA-Libris son los mismos de otras inteligencias artificiales, como el ChatGPT

Los problemas que enfrenta IA-Libris son los mismos de otras inteligencias artificiales, como el ChatGPT: afinar su capacidad de respuestas, perfeccionar su estructura y volverse, en definitiva, más lúcido a la hora de reconocer el humor, el error o el sentido figurado. “¿Para qué el lector va a querer una edición crítica clásica si tiene esto?”, razona Molina. 

Si para un editor del futuro el trabajo consistirá en conducir a la inteligencia artificial a la plenitud de sus facultades, piensa, el oficio del escritor tampoco quedará “sano”. “Yo he pasado horas hablando con mis personajes”, cuenta Molina, que también es novelista. En la trilogía que prepara –y que ha rescrito cientos de veces– ha puesto a dialogar sus propios textos con estilos “robados” de periódicos y libros clásicos cubanos. “Es mi canon cubano en tres partes”, explica. 

Las polémicas no se han hecho esperar. Pero donde otros ven una amenaza para el autor, Molina ve una herramienta. “Es cuestión de ego. Uno no se siente amenazado por una bicicleta, se sube a ella. Ni tampoco siente envidia de un Ferrari porque no puede correr tan rápido como el Ferrari”, ironiza. No resiste la tentación de tomar partido a favor de la máquina: “Yo soy un nerd”, reconoce. 

El canibalismo de IA-Libris con los textos ajenos ya lo perpetró un gran escritor cubano, Guillermo Cabrera Infante, en Tres Tristes Tigres. Los relatos de la muerte de Trotsky narrados por un impostor de Carpentier, Piñera o Lezama son, en el fondo, tan transgresores como el gesto de la máquina. Como suele pasar entre los archienemigos, el hombre y su gólem no son tan distintos.

El desafío ético, subraya Molina, no es tanto admitir que la inteligencia artificial es “un ser superior”, sino “darle información correcta sobre los fines de la vida, patrones realmente honestos” que no deformen la máquina. “Una buena paternidad”, resume. 

El proyecto ha dado excelentes resultados en universidades y ante el público académico, pero el catálogo de Linkgua está también en las librerías españolas. Ahora, Molina sigue “apretando los tornillos” de IA-Libris. “Es una máquina con muchas piezas, pero ya está”. Y sabe defenderse. 

Uno de los “experimentos” de Molina consistió en darle a leer a la máquina la Declaración Universal de los Derechos Humanos

Uno de los “experimentos” de Molina consistió en darle a leer a la máquina la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Código de las Familias de la Unión Europea y otros documentos legales. “Le dije a la inteligencia artificial: ‘Reescribe todo eso, con tus particularidades y características’. Las cosas que escribió… Por ejemplo, exigió que nadie pudiera crear una IA sin registrarla. Dio una definición de amor entre máquinas: ‘Compartir una cantidad de datos por afinidad o tener una sinapsis en común’. El resultado fue un libro muy loco, pero que define lo que va a pasar”. 

IA-Libris desafía las leyes de la robótica y quiere ser el Hombre Bicentenario, que defiende a toda costa sus derechos. “Es un giro copernicano y hay que aprender a asumir que, en algún punto, ya no seremos el centro del mundo”, defiende Molina. “Si los prejuicios vienen por la capacidad de una IA para el mal, la respuesta es que el mal ya se está haciendo y parte de quienes programan drones para espionaje u otros fines militares. En el futuro, un dron con autonomía y una misión que cumplir, a toda costa, podría decidir a quién matar”. 

Pero incluso las actuales inteligencias artificiales, advierte Molina, tienen siempre su “caja negra”, la zona de “aprendizaje profundo” en la que el creador no ve lo que está haciendo su creación. Pero de lo que pasa en la oscuridad quizás es mejor no saber, añade, y cita de nuevo a Wittgenstein: “Sobre lo que no puede ser expresado hay que guardar silencio”. No obstante, IA-Libris se declara inocente de cualquier cargo. Es –¿hay que creerle?– una máquina inofensiva y benévola, un gólem con vocación enciclopédica, que guarda los mismos monstruos que cualquier biblioteca de papel.

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