"¡El pueblo estará dispuesto a morir!"

El excorresponsal de la agencia de noticias polaca recuerda uno de los momentos más dramáticos de su estancia en Cuba

Portada del libro 'Cuba, síndrome isla', de Krzysztof Jacek Hinz.
Portada del libro 'Cuba, síndrome isla', de Krzysztof Jacek Hinz.

La Unión Soviética se había prácticamente desmoronado, solo faltaba su liquidación legal. Ya no existía el mundo bipolar, y Fidel Castro no sabía qué traerían los siguientes meses. Temía una derrota. Furioso hasta el último extremo, estaba dispuesto a sacrificar a toda la nación en nombre de la defensa de la revolución.

El IV Congreso del PC de Cuba (octubre de 1991) descartó la posibilidad de cualquier tipo de perestroika, decidió que no habría ningún mercado agrícola limitado, y concedió al Comité Central competencias extraordinarias. El ambiente en el que tuvo lugar la celebración de clausura del Congreso, que se desarrollaba a puerta cerrada, habría alarmado hasta a los acólitos de Castro.

Los congregados en la plaza del General Antonio Maceo en Santiago de Cuba oyeron que el socialismo se mantendría a cualquier precio, y que la revolución ajustaría cuentas sin contemplaciones con quienes "capitulen o traicionen".

Los congregados en la plaza del General Antonio Maceo en Santiago de Cuba oyeron que el socialismo se mantendría a cualquier precio, y que la revolución ajustaría cuentas sin contemplaciones con quienes "capitulen o traicionen"

Según calaba la lluvia, bajo el majestuoso monumento al héroe de las luchas decimonónicas por la independencia y los potentes machetes de bronce, retumbaban reforzadas por el eco de los altavoces las siguientes palabras: lucha, sangre y muerte. En este escalofriante paisaje, parecía que se oía ya el silbido de los disparos. Castro tronaba:

–Como les decía hoy al finalizar el Congreso, somos invencibles, porque si tenemos que morir todos los del Buró Político, ¡moriremos todos los del Buró Político, y no seremos por ello más débiles! Aplausos.

–Si tenemos que morir todos los del Comité Central, ¡moriremos todos los del Comité Central, y no seremos por ello más débiles! Aplausos.

–Si tenemos que morir todos los delegados del congreso, ¡moriremos todos los delegados del congreso, y no seremos por ello más débiles! Aplausos.

–El ejemplo de cada uno se multiplicará, el heroísmo de cada uno se multiplicará, y si tenemos que morir todos los militantes del Partido, ¡moriremos todos los militantes del Partido, y no nos debilitaremos! Aplausos y exclamaciones.

–Si tenemos que morir todos los militantes de la juventud, moriremos todos los militantes de la juventud! Aplausos.

–Y si para aplastar a la revolución tuviesen que matar a todo el pueblo, ¡el pueblo, detrás de sus dirigentes y de su Partido, estará dispuesto a morir! Aplausos y exclamaciones:

–¡Sí!

–Y aun así no seríamos más débiles, porque detrás de nosotros tendrían que matar a miles de millones de personas en el mundo que no están dispuestas a ser esclavas, que no están dispuestas a seguir siendo explotadas, que no están dispuestas a seguir pasando hambre. Aplausos.

Cuando Caridad escuchó en televisión que todo el pueblo tenía que morir, se arrancó de su silla con la cara arrebolada:

–¡Pero yo no!

–Está loco, no se va a solucionar nada. Tenemos que resolver nuestros problemas solos, comentó José Luis. [Caridad y José Luis eran vecinos y amigos del autor cuando vivía en La Habana.]

–¿Un problema? Pero si se cuentan por decenas, observé.

–No, chico, tengo solamente tres problemas: desayuno, almuerzo y cena, dijo con una sonrisa burlona en la cara.

–Que Fidel explique mejor cómo puedo conseguir algo para comer. Porque con la comida es como con los estadounidenses. La amenaza de que nos invadan es, lamentablemente, tan irreal como que dejen algún producto en las tiendas, ironizó Caridad. Mira lo que nos han dado, dijo y abrió la cortina de plástico que tapaba la oscura "cocina". Y allí, en el suelo, había unos pequeños polluelos.

–¿Oh, y eso qué es?

–¿Cómo que eso? Los asignados. Tenemos que alimentarlos, y luego ellos nos han de alimentar. Mira qué fácil es. Él es un genio de las matemáticas. Primero dividió a las familias, luego restó la comida, todo lo multiplicó y al final dijo: ¡súmate!

Cari sabía por supuesto, que estos pollos no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir, porque cómo iba a alimentarlos y mantenerlos con vida en el garaje

Cari sabía por supuesto, que estos pollos no tenían ninguna posibilidad de sobrevivir, porque cómo iba a alimentarlos y mantenerlos con vida en el garaje; pero su carácter mercantilista no le permitía desperdiciar ninguna ocasión que crease expectativas de hacer negocio y conseguir comida.

–A Robertico es a quien más le gusta conjugar "súmate". Ha sido gracias a él que esta palabra se ha vuelto tan popular, dije, para mantener la conversación. Roberto Robaina, el primer secretario de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), eligió esta palabra como lema de la campaña para atraer a jóvenes cubanos a su organización.

Conocido por el diminutivo Robertico, matemático de formación, hizo una carrera política fulgurante. Era el miembro más joven del Politburó. Intentó crear una nueva imagen del funcionario del partido, relajado, con ropa deportiva, y cercano a la gente. A menudo se dejaba ver en bici, animando a un uso activo del tiempo libre y a cuidar del medio ambiente. Tenía ideas nuevas sobre la propaganda visual, menos rígida que hasta entonces.

–Robertico, dices, me pinchó irónicamente José Luis. Oh sí, los muchachos pendientes de un autobús repleto lo vieron últimamente, mientras se desplazaba en su Lada, y venga, comenzaron a golpear con los puños en el techo del coche. "¡Robertico, súmate, súmate!", gritaban y aporreaban con cada vez más fuerza. Tuvo que acelerar, porque su "entusiasmo" hacía peligrar la carrocería.

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Nota de la Redacción: Este texto corresponde a las páginas 157-160 del libro Cuba, síndrome isla, publicado a finales de 2018 por la editorial española Fronterad. Reproducimos este extracto con la autorización del autor, el periodista y diplomático polaco Krzysztof Jacek Hinz, que estuvo en Cuba en tres momentos de su vida: como estudiante en los años 70, como corresponsal de la agencia PAP a partir de 1991 y como diplomático de 1998 a 2001.

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