Alcohol, silencio y apuestas clandestinas

Seguimos el combate de Lomachenko contra Rigondeaux desde una casa de juego ilegal

Vasyl Lomachenko y Guillermo Rigondeaux en el pesaje previo al combate. (World Boxing Org)
Vasyl Lomachenko y Guillermo Rigondeaux en el pesaje previo al combate. (World Boxing Org)

En la sala quedan colillas de cigarros para "llenar un camión", asegura Roger. En la casa de apuestas clandestinas que administra este hombre, de 68 años, en la barriada del Cerro se vivió este sábado la jornada más intensa del año con la pelea entre el ucraniano Vasyl Lomachenko y el cubano Guillermo Rigondeaux.

Callado, curtido en los negocios ilegales y amigo de más policías de lo que quiere confesar, Roger lleva dos décadas en el negocio de las apuestas ilícitas. Tiene una clientela selecta que está dispuesta a arriesgar su dinero para disfrutar de ese tirón de la adrenalina que produce mezclar la competencia, los pesos convertibles y el azar.

Partidos de béisbol de las Grandes Ligas, peleas de boxeo, carreras de automóviles y campeonatos de fútbol han estremecido el local, camuflado en el interior de la casa. Hasta allí solo llega gente conocida, parroquianos asiduos que saben las reglas: "Nada de broncas, ni de malas palabras y el que pierde paga de inmediato".

Para llegar hasta el local hay que atravesar la sala de la vivienda donde la abuela ve un aburrido programa de la televisión nacional y los nietos de Roger escuchan música de una bocina inalámbrica. Por el pasillo hacia atrás, en dirección a la cocina, se entra a una amplia habitación que parece pertenecer a una dimensión distinta.

Un promotor de apuestas se enfrenta a multas o penas de entre uno a tres años de prisión que pueden aumentar incluso a ocho si hay menores involucrados

Roger tenía diez años cuando "llegaron los barbudos al poder y prohibieron los casinos y el juego". Desde entonces, los juegos de azar y las apuestas se sumergieron en la ilegalidad de la que ni siquiera los operativos policiales, las delaciones y el miedo han podido erradicarlos. "Los cubanos llevamos esto en los genes, no nos lo pueden quitar", reflexiona. Un promotor de apuestas se enfrenta a multas o penas de entre uno a tres años de prisión que pueden aumentar incluso a ocho si hay menores involucrados.

Varias pantallas muestran hasta los más pequeños detalles de cada desafío. Hay ocho mesas pequeñas con cuatro sillas cada una, una barra de bar y todo tipo de carteles con glorias deportivas en las paredes. Una pequeña puerta conduce a un baño habitualmente colapsado por la mucha cerveza consumida.

Antes de acceder, todos los invitados deben dejar el teléfono móvil sobre el aparador de la cocina, entre envases con azúcar, sal y una botella de aceite a la que solo le queda la mitad. "Esto es candela y no puedo permitirme salir por el techo porque a alguien se le ocurra hacer una foto", aclara el curtido gerente.

Roger conoció a Rigondeaux cuando "era un muchacho que ni siquiera sabía lo que valía", asegura. Lo vio crecer en largas horas de entrenamiento, despuntar en el ring, alcanzar varias medallas doradas y caer al abismo. "A ese boxeador le pasó lo mejor y lo peor que le puede pasar a una deportista cubano".

En julio de 2007, durante los Juegos Panamericanos de Río de Janeiro, Rigondeaux y su colega Erislandy Lara abandonaron la delegación de la Isla. "Los noquearon con un golpe directo al mentón, facturado con billetes norteamericanos", aseveró entonces el expresidente Fidel Castro en una de sus reflexiones de convaleciente.

Su aliada política en la presidencia de Brasil, Dilma Rousseff, desplegó un operativo de captura contra ambos atletas hasta empujarlos a regresar a Cuba. El destino de los púgiles estaba sellado y Castro advirtió que no volverían a subirse al cuadrilátero. Rigondeaux vivió largos meses de exclusión en los que no se atrevían a acercarse ni sus amigos.

En 2009 logró escapar de la Isla rumbo a Miami y allí empezó una carrera profesional en ascenso que este sábado lo llevó ante Vasyl "Hi-Tech" Lomachenko para disputar el Campeonato del Mundo del peso Superpluma en el Theater del Madison Square Garden de Nueva York, frente a más de 5.000 espectadores. A muchos kilómetros de allí, en La Habana, el local de Roger era pura tensión a esa hora.

Mientras las publicaciones deportivas del planeta lo anunciaron como uno de los combates más importantes en lo que va de siglo, la televisión nacional ignoraba su importancia

Aunque por toda la ciudad la gente se reunió para ver la pelea a través de las antenas parabólicas ilegales, la prensa oficial para la que el santiaguero nacido en el mismo año del éxodo de Mariel, 1980, sigue siendo un "traidor", guardó un terco silencio.

Mientras las publicaciones deportivas del planeta lo anunciaron como uno de los combates más importantes en lo que va de siglo, la televisión nacional ignoraba su importancia y prefería dedicar los comentarios deportivos a la Serie Nacional de Béisbol. "Si una vez Fidel Castro te maldijo, así te quedas", aclara un asiduo al local de apuestas clandestinas.

Puertas adentro, el encontronazo entre el cubano y el ucraniano se vivió con toda intensidad. A la hora en que se transmitió el combate en las calles de los municipios más poblados de la capital, como Centro Habana, Habana Vieja o 10 de Octubre, los transeúntes que pasaban podían hilvanar el desarrollo de la pelea a partir del sonido de los televisores que salía de puertas y ventanas.

"Aquí la ganancia no solo va por las apuestas, también por el consumo", aclara la esposa de Roger, que se mueve sigilosamente entre las mesas y la barra sirviendo tragos y platos con saladitos para picar. Casi todos los que han llegado son hombres, aunque un par de ellos vienen acompañados con sus esposas que se aburren frente a las pantallas.

Antes de comenzar se toman las apuestas. Todo se apunta en un largo papel que lleva nombres, cantidades y otros detalles. Cada posibilidad se contempla: número de asaltos que soportará uno u otro, posibles conteos de protección, el KO favoreciendo al ucraniano o al cubano y hasta la cantidad de golpes contra el adversario.

Cada posibilidad se contempla: número de asaltos que soportará uno u otro, posibles conteos de protección, el KO favoreciendo al ucraniano o al cubano y hasta la cantidad de golpes contra el adversario

Ambos púgiles son conocidos por sus estilos diferentes pero también por ser "encajadores" y eso agrega tensión entre los apostadores. Se preparan para una transmisión salpicada de buenos momentos y algunos apenas pueden mantenerse sentados y hacen frente al televisor varios amagos de puñetazos nada más comenzar el encuentro.

Roger sirve dos Cuba Libre mientras mira a intervalos el marcador. Su muchacho va perdiendo terreno frente al ucraniano, pero eso no le preocupa. Una cosa son las simpatías y otra el dinero. "Aposté a Lomachenko ya que es un boxeador más seguro y la juventud está de su lado porque lo hace más atrevido", apunta.

La sala está dividida. Unos chiflan cuando el cubano empieza a dar signos de haber sido dominado por el ucraniano, otros lo animan a que golpee con más fuerza y a que no se deje "comer el coco" con los rápidos movimientos del rival. El apoyo al compatriota va cediendo ante la amarga evidencia de que la pelea se le escurre entre las manos.

Rigondeaux, El Chacal, de 37 años, llegó a la pelea con dos títulos de campeón olímpico, 247 combates amateurs, de los que solo perdió cuatro. En su andadura como profesional ha disputado 17 combates con igual número de victorias, 11 de ellas por KO. Es el campeón del mundo en supergallo y para el combate de este sábado tuvo que subir dos categorías de peso.

El ucraniano de 29 años tiene también un impresionante récord profesional de 10 peleas, 9 ganadas y 7 nocauts. Desde el primer asalto de este sábado se va imponiendo. Es más rápido, golpea más limpiamente y se le ve descifrar las claves de su adversario, al que coloca al límite.

El santiaguero estuvo muy por debajo de su nivel habitual y con fallos en su técnica, caracterizada por la potencia de su zurda y una gran capacidad defensiva

Los vasos con ron y vodka pasan de un lado a otro en el local de Roger. Un hombre se come las uñas y otro no se quita la mano de la cara mientras ve cómo el cubano va perdiendo ante su contrincante. Nadie se levanta para ir al baño, nadie habla. Un silencio pesado se ha instalado en la sala.

La pelea termina en fracaso para Rigondeaux, que no puede pelear en el séptimo asalto debido a una mano rota. El santiaguero estuvo muy por debajo de su nivel habitual y con fallos en su técnica, caracterizada por la potencia de su zurda y una gran capacidad defensiva. Ni siquiera logró impresionar con el movimiento de los pies, uno de los rasgos más distintivos de su "coreografía deportiva".

Lomachenko se alza con el triunfo y consolida su lugar entre los mejores púgiles del mundo al derrotar al cubano de una manera incuestionable. Roger sonríe detrás de la barra y calcula que ha ganado unos 1.000 CUC entre las apuestas y los productos que ha vendido.

Los clientes que no tuvieron suerte desembolsan el dinero, uno se saca un anillo del dedo y lo deja sobre la barra, mientras los triunfadores sonríen y piden otra ronda. Cuando todo termina recogen sus teléfonos y salen uno a uno a través de la sala, donde la abuela duerme frente al televisor.

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