El circo perfecto: gratis, multitudinaria y sin yanquis

Parecía que el béisbol no podía hundirse más en el desinterés de la afición y entonces llegó la Copa de la embriaguez definitiva, del total olvido

Nada puede empañar el brillo deslumbrante que le ven los jóvenes fans cubanos a la Copa Internacional de Fútbol Rusia 2018. Es un Santo Grial junto al que ni el Festival Internacional Circuba 2018, en la Carpa Trompoloco, ni mucho menos la final de la Serie Sub 23 de béisbol, parecen eventos de la realidad. Es el circo perfecto: gratis, multitudinario y sin yanquis.

Así que hay que propiciar que la bisoña fanaticada se vaya a los locales estatales y privados, a las salas de las casas, a dondequiera que una pantalla de televisión pueda reunir la mayor cantidad posible de emoción masiva, pues Tele Rebelde va a transmitir en vivo cada uno de los juegos entre los 32 equipos y, luego, también los retransmitirá todos.

Parecía que el béisbol no podía hundirse más en el desinterés de la afición y entonces llegó la Copa de la embriaguez definitiva, del total olvido. Así, contra el deporte nacional se ha confabulado todo lo imaginable entre el clima ensañado y la ineptitud desganada de las autoridades, pasando por la falta de estímulos y el éxodo de atletas, justo en el clímax de la pasión futbolística juvenil en el país.

El hecho de que ningún cubano cimarrón, de ninguna parte, juegue en la máxima competencia del deporte más popular del mundo facilita mucho el trabajo de las autoridades, sobre todo en el frente de la censura. Y qué alivio no ver ni una bandera norteamericana por ningún lado. Hasta la prensa escrita puede beber de la Copa todo cuanto quiera.

Resulta difícil que, a estas alturas, muchos puedan resistirse a la idea, tan explicativa, de que todo no ha sido más que el proyecto diabólico de una oscura élite para destruir el béisbol, ese dolor de cabeza que produce infinitamente más “desertores” que medallas y felicitaciones para los gerentes que lo manejan.

El hecho de que ningún cubano cimarrón, de ninguna parte, juegue en la máxima competencia del deporte más popular del mundo facilita mucho el trabajo de las autoridades

En realidad no resulta tan curioso el caso de Messi, un niño que todos conocen en el parque Lennon. Aunque es muy pequeño, puede jugar muy bien con muchachos mayores que él, gracias a su talento innato para el balompié, esa agilidad y esa habilidad para mover el balón que justifican un apodo que él acepta con orgullo.

Pero su padre, hombre todavía muy joven, como movido por el admirable ideal de un béisbol integrado a nuestra identidad nacional, no solo ha inculcado en Messi  y su hermanito el interés por este deporte, sino que, quién sabe a costa de cuántos sacrificios, ha conseguido pertrecharlos adecuadamente y los lleva al parque incluso con un par de guantes extra para los niños que consiga sumar al juego.

Sin embargo, aunque no se desempeña nada mal, desde el rincón del parque en que su padre consigue hacer sitio para un modestísimo partido de béisbol, Messi  echa un vistazo de vez en cuando a los cuatro o cinco balones de fútbol que hacen juego en derredor a lo largo y ancho del Lennon.

No pocos ya no tan jóvenes miran pero no admiran la fiebre furibunda de los muchachones por “un deporte que nunca ha importado en Cuba, porque aquí lo primero es la pelota”. Pero es que ya no se puede mantener esa afirmación con los ojos y los oídos cerrados.

Y lo peor es que ellos, desencantados de su béisbol —con todo y el retorno del Rey Anglada—, a veces se esconden metiendo los ojos en un partido de la National Basketball Association de Estados Unidos, rumiando la vergüenza de que, como dicen, el fútbol internacional se esté convirtiendo en el deporte nacional en Cuba.

Ah, el sábado por la mañana Messi no estaba en el parque —como tampoco los muchachones, por supuesto—, pues jugaba Argentina, la del verdadero Messi, y todos a misa, como ayer con Cristiano Ronaldo.

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