"Reconstruir Cuba es priorizar la infraestructura que genera desarrollo"
La ingeniera Yulieta Hernández sostiene que no se trata de "arreglar cosas", sino de "rehacer sistemas completos, instituciones, cultura de mantenimiento, gobernabilidad, gestión pública, civismo"
La Habana/Ingeniera, emprendedora y muy activa en redes sociales, Yulieta Hernández Díaz se ha convertido en una referencia obligatoria cuando se habla de construcción y de pequeñas empresas en Cuba. En esta conversación con 14ymedio propone un enfoque estratégico que sitúa en el centro la infraestructura capaz de generar desarrollo económico, fortalecer instituciones y sostener, a largo plazo, la vida urbana y social en esta Isla.
Desde la energía y la logística hasta la cultura cívica y la planificación de ciudades, Hernández Díaz reflexiona sobre los retos y las oportunidades de rehacer Cuba sin romanticismo, pero también sin renunciar a su identidad.
Pregunta. Si tuviera que establecer tres prioridades inmediatas para la infraestructura de Cuba, ¿cuáles serían?
Respuesta. Yo no partiría de "apagar fuegos", aunque el país esté lleno de urgencias. Cuba tiene necesidades básicas evidentes –viviendas, hospitales, escuelas deterioradas, redes de agua, eléctricas, de gas, alcantarillado... con pérdidas enormes, servicios colapsados– y eso es innegable. Pero si pones todo el esfuerzo ahí desde el inicio, te quedas girando en el mismo círculo: reparas un poco hoy, se vuelve a deteriorar mañana.
Mi enfoque sería otro: priorizar la infraestructura que genera desarrollo económico, porque es la única forma sostenible de luego financiar y sostener esa infraestructura social que también hace falta.
Primero, infraestructura energética, pero no pensada solo para el consumo residencial. Hablo de energía suficiente, estable y escalable para el sector productivo: industria, servicios, inversión extranjera. Generación, transmisión y distribución modernas, con espacio para renovables y capital externo. Si no puedes garantizar energía confiable a quien produce, no hay economía que arranque. Y sin economía, no hay cómo después llevar esa estabilidad al ciudadano de forma masiva.
Generación, transmisión y distribución modernas, con espacio para renovables y capital externo
Segundo, infraestructura logística: puertos, carreteras, ferrocarril y transporte aéreo. Cuba necesita moverse. Mover mercancías, personas, exportaciones, importaciones. Aquí entra modernizar nodos clave como el puerto de Mariel, pero también conectar el país completo con una red eficiente. Sin logística, producir no sirve de nada porque no puedes colocar ni distribuir.
Tercero, y aquí está la base de todo –que no es el limón–, infraestructura productiva: zonas industriales, parques logísticos, suelo urbanizado con servicios básicos (energía, agua, accesos), marcos que permitan instalar fábricas, ensamblaje, agroindustria, industria de materiales de construcción… Es crear espacios listos para producir, no empezar desde cero cada vez que llegue una inversión.
A partir de ahí –y solo a partir de ahí– es que tiene sentido escalar hacia lo demás: acueductos, redes urbanas, vivienda, escuelas, hospitales, arquitectura, urbanismo, ciudad. Porque entonces ya no estás parchando, estás construyendo sobre una economía que sí puede sostenerlo.
P. ¿Qué significa reconstruir un país después de décadas de deterioro acumulado?
R. No es "arreglar cosas". Es rehacer sistemas completos, complejos e interconectados: instituciones, normas técnicas, cadenas de suministro, cultura de mantenimiento. En el ámbito de la construcción, sí, pero también en todos los planos: gobernabilidad, gestión pública, capacidad técnica, civismo, ciudadanía. Todo está interrelacionado.
Porque no se trata solo de decir "vamos a construir". ¿Con qué marco? ¿Con qué instituciones? ¿Con qué capacidad de ejecución? Si no existe un aparato rector preparado, si las instituciones no están fortalecidas, lo que se construya no se sostiene.
Pero además hay otro elemento que muchas veces se deja fuera: la ciudadanía. No solo como beneficiaria del proceso, sino como parte activa de él. No se puede reconstruir un país solo desde arriba hacia abajo.
Si no existe un aparato rector preparado, si las instituciones no están fortalecidas, lo que se construya no se sostiene
Fortalecer el civismo y la cultura ciudadana es también parte de la reconstrucción. No se trata solo de derechos políticos como votar o elegir autoridades –que son fundamentales en una democracia–, sino también de deberes cotidianos: cuidar un parque, respetar el espacio público, mantener una ciudad limpia, proteger lo que es común. Cosas simples como el uso de un cesto de basura, el cuidado de la jardinería urbana o el respeto por el mobiliario público o el respeto a la propiedad pública y también la privada.
Sin ese componente cívico, cualquier infraestructura que se repare o se construya vuelve a deteriorarse rápidamente. Porque la infraestructura no se sostiene solo con cemento o inversión, también se sostiene con comportamiento social.
También es importante entender algo que muchas veces se distorsiona: reconstruir un país no es un momento, es un proceso largo. Hoy circulan muchos videos –algunos muy logrados visualmente– que muestran una Cuba "reconstruida" casi de un salto. Son esperanzadores, sí, pero transmiten una idea equivocada del tiempo.
La realidad es otra: solo levantar la infraestructura base para que la economía funcione puede tomar fácilmente una década. Y reconstruir de forma más amplia –ciudades, servicios, vivienda– es un proceso que va más allá de eso.
Ahora, tampoco es una secuencia rígida ni lineal. No es primero una cosa y después la otra, pero tampoco es todo a la vez. Los procesos se solapan, se interdependen, pero requieren orden, prioridades y capacidad de ejecución.
Reconstruir Cuba implica justamente eso: entender el conjunto, respetar la secuencia y asumir el tiempo que toma hacerlo bien.
P. ¿Estamos hablando de reparar lo existente o de rediseñar ciudades completas?
R. Ambas y algo más... Hay zonas que se salvan con rehabilitación seria, y otras donde insistir en lo mismo es botar dinero. La clave es decidir sin romanticismo: conservar lo valioso, demoler lo irrecuperable y rediseñar donde haga falta densidad, servicios… Es una mezcla.
No se trata de demoler todo y hacer un país nuevo desde cero. Hay elementos que tienen valor patrimonial, histórico o cultural: desde una estatua hasta grandes inmuebles, parques, viviendas o edificios que forman parte de la identidad de una ciudad. Eso hay que preservarlo.
Hay elementos que tienen valor patrimonial, histórico o cultural: desde una estatua hasta grandes inmuebles, parques, viviendas o edificios que forman parte de la identidad de una ciudad
Incluso hay algo más complejo: hay estructuras que, aunque representen etapas difíciles o símbolos que no nos gustan, pueden tener valor como memoria histórica. No todo lo que nos incómoda debe eliminarse, borrarse. A veces también se conserva como recordatorio de lo que no debe repetirse. Pero eso no significa conservarlo todo, sino elegir con criterio qué tiene valor real y qué no.
Ahora bien, también hay que tener cuidado. Si nos ponemos a mirar la mayoría de las ciudades en Cuba, prácticamente todas son patrimoniales. Eso no puede convertirse en una excusa para congelarlas en el tiempo.
Rehabilitar, conservar y reconstruir suele ser mucho más caro que demoler y hacer nuevo. Y hay casos donde la infraestructura simplemente no da más.
Hay edificaciones que hoy están prácticamente en una situación de "estática milagrosa" –y ese término describe bastante bien el estado estructural del país, no solo en en temas de construcción– donde todo se mantiene en pie más por inercia que por condiciones reales de seguridad o eficiencia.
Tampoco se trata del extremo opuesto: pensar que todo se resuelve demoliendo y haciendo ciudades nuevas porque es más barato. No va de eso. Ni de conservarlo todo, ni de borrarlo todo.
Y aquí entra un punto importante: el equilibrio urbano. No me gustaría ver una Habana llena de rascacielos. No tengo nada en contra de los rascacielos, pero el skyline de una ciudad tiene que evolucionar con inteligencia. Tampoco puede quedarse plano o detenido como está ahora. El problema no es la altura en sí, sino cómo se inserta cada intervención en la lógica urbana existente.
De hecho, muchas de las intervenciones nuevas posteriores al 59 –especialmente en arquitectura hotelera– no siempre han respetado esa lógica urbana, y en algunos casos terminan siendo piezas aisladas que no dialogan con la ciudad.
Por eso el enfoque tiene que ser equilibrado: preservar lo que realmente tiene valor, demoler lo que ya no es viable, y construir lo nuevo con una visión moderna pero integrada a la identidad de la ciudad.
El enfoque tiene que ser equilibrado: preservar lo que realmente tiene valor, demoler lo que ya no es viable, y construir lo nuevo con una visión moderna pero integrada a la identidad de la ciudad
P. ¿Cómo debería organizarse un plan realista para la rehabilitación de edificios antiguos sin desplazar a sus residentes?
R. Con fases claras: diagnóstico técnico, refuerzo estructural prioritario si lo requiere, y mejoras progresivas. Financiamiento mixto (público-privado), derechos de permanencia garantizados y reubicaciones temporales dignas, no improvisadas. Si sacas a las personas sin plan de retorno, ya perdiste legitimidad.
Hay además un elemento importante en el caso cubano: la mayoría de los habitantes de los inmuebles son propietarios de sus viviendas. Y ese es un valor social que, en lo personal, me gustaría que se mantuviera. No tengo nada en contra del desarrollo inmobiliario para arrendamiento, ni los créditos e hipotecas —los alquileres y el mercado de renta y el hipotecario son necesarios—, pero hay que ser cuidadosos en no perder ese tejido de propiedad que ya existe. El equilibrio es importante.
Se puede desarrollar inmobiliariamente sin que las personas pierdan su vivienda. Por ejemplo, una edificación deteriorada de pocos niveles puede demolerse si no tiene valor patrimonial y no es viable su rehabilitación, y en su lugar construirse un edificio de mayor altura. O igualmente una edificación con valores patrimoniales puede aumentarse, crecer.
Con buena planificación, inversión pública o privada, o modelos mixtos, los propietarios pueden mantener su derecho sobre la vivienda, mientras se generan nuevas unidades para venta y también para alquiler cuando sea necesario.
P. ¿Cómo imagina usted La Habana dentro de diez o quince años en un escenario de apertura y modernización?
R. Limpia. Limpia, con olor a salitre, pero también con olor a flores, a frutas. Me la imagino viva, con gente caminando, con su gente en la calle. La Habana era un hervor cultural constante, y La Habana era su gente. No solo los que nacen allí, sino los que la viven, la hacen y la sostienen. Necesita eso: gente que regrese, gente que conviva, gente que nazca, gente que la mantenga viva.
Y también me la imagino con su nocturnidad recuperada: esa Habana bohemia, cultural, alegre, nocturna, que forma parte esencial de su identidad. Una ciudad que no se apaga, que se expresa también de noche, con música, con vida, con encuentros y reencuentros, con cultura en la calle.
Una ciudad que no se apaga, que se expresa también de noche, con música, con vida, con encuentros y reencuentros, con cultura en la calle
Me la imagino limpia, con su identidad, con su algarabía, su ritmo citadino. Y también me la imagino pintada, reconstruida, con nuevas edificaciones modernas, sostenibles, bien integradas. Pero siempre con ese mar, con ese olor, con ese Malecón que define su carácter.
Puede ser una ciudad vibrante, restaurada en su centro histórico, con transporte más eficiente y barrios densificados inteligentemente. Pero también puede convertirse en un escaparate desigual si no se regula: hoteles impecables al lado de comunidades olvidadas. El resultado depende de cómo se gestione, no de la inversión en sí.
En el fondo, el reto no es solo modernizar La Habana, sino mantener su esencia mientras se transforma: una ciudad viva, habitable y coherente, donde lo nuevo no borre lo que la hace única.
P. ¿Qué oportunidades se abrirían para el sector de la construcción si llegaran inversiones extranjeras de forma masiva?
R. Las oportunidades pudieran ser muchas: desde vivienda y hoteles hasta infraestructura pesada como puertos, carreteras y redes eléctricas. Cuba hay que hacerla nueva. Pero ojo: si no hay reglas claras, transparencia, formación y protección, esas oportunidades se las llevan otros. No basta con que llegue el dinero; hay que saber capturarlo.
Ahora bien, independientemente de esas oportunidades, hay que tener mucho cuidado con un factor clave: la fuerza de trabajo. En Cuba hoy existe una crisis demográfica que es a la vez causa y consecuencia de la policrisis estructural y sistémica del país, y eso impacta directamente en todos los sectores productivos.
Por eso, es fundamental proteger la mano de obra local. Eso no significa cerrar la puerta a la importación de fuerza de trabajo cuando sea necesaria —porque habrá sectores donde la demanda será simultánea y muy alta—, pero sí implica priorizar la formación, capacitación y estabilidad del talento local.
En el caso de la construcción, esto es especialmente importante en los oficios, donde hay mayor necesidad de relevo y entrenamiento práctico. En el plano profesional existe un nivel de formación alto, aunque también habría que atender brechas tecnológicas y de actualización que son perfectamente salvables.
Además, el país ya tiene una estructura económica diversa: más de 9.000 empresas privadas, más de medio millón de trabajadores por cuenta propia, proyectos de desarrollo local, cooperativas y empresas públicas, muchas de ellas de la construcción, en activo. Es un ecosistema económico heterogéneo que debe ser considerado y protegido.
El país ya tiene una estructura económica diversa: más de 9.000 empresas privadas, más de medio millón de trabajadores por cuenta propia, proyectos de desarrollo local, cooperativas y empresas públicas
Yo creo que las oportunidades son muchísimas, incluso con la posible participación de la diáspora que desee regresar. Pero no me gustaría que la entrada de grandes capitales terminara desplazando o haciendo sucumbir ese entramado económico que ya existe: emprendedores, pequeños empresarios y actores privados y también públicos en distintas escalas. No se trata tampoco de que todo sea público, pero tampoco de privatizaciones totales. El equilibrio...
Tiene que haber una forma de coexistencia. Que esos grandes capitales entren, sí, pero que también contraten, subcontraten y se articulen con el tejido económico local, permitiendo que crezca y se desarrolle en lugar de desaparecer.
La competencia empresarial es positiva y necesaria; inevitablemente algunos negocios desaparecerán y otros nacerán. Eso forma parte del proceso. Pero debe ser una competencia equilibrada, no desleal, sin monopolios ni dinámicas donde el capital más grande aplaste sistemáticamente al ecosistema existente.
P. ¿Cree que muchos ingenieros cubanos emigrados regresarían si existieran oportunidades reales de desarrollo profesional?
R. En el sector de la construcción, como en otras ramas, es posible que algunos ingenieros, arquitectos y profesionales afines regresen si existen condiciones reales de desarrollo. Pero no toda la diáspora va a regresar, y eso hay que asumirlo con naturalidad, no con desilusión.
Las personas hacen su vida en los países donde han emigrado. Construyen hogares, carreras, estabilidad, vínculos. No todo se deja atrás por nostalgia. Hay quienes sí mantienen un vínculo emocional fuerte con Cuba y eventualmente podrían regresar, pero también hay muchos que no lo harán simplemente porque ya tienen una vida consolidada fuera.
Dentro de ese universo hay un matiz importante: una parte de la emigración fue una decisión, otra parte fue vivida como una salida forzada o incluso como un exilio. Es lógico que en esos casos exista mayor disposición a regresar si las condiciones lo permiten. Pero incluso ahí no hay garantías ni generalizaciones.
Por eso el factor decisivo no es emocional, sino estructural: salarios competitivos, estabilidad y oportunidades reales de crecimiento profesional.
Por eso el factor decisivo no es emocional, sino estructural: salarios competitivos, estabilidad y oportunidades reales de crecimiento profesional
En el caso específico de la construcción, ese sector podría generar un atractivo importante si se abre a inversión, proyectos de gran escala y desarrollo tecnológico.
En ese escenario, sí es posible que una parte significativa de profesionales decida regresar, pero siempre por razones concretas: trabajo, desarrollo y condiciones de vida, no solo por nostalgia.
P. ¿Podría Cuba convertirse en un laboratorio de soluciones urbanas adaptadas a contextos tropicales y de recursos limitados?
R. Perfectamente. De hecho, tiene todo para serlo: clima, necesidad y creatividad acumulada. Pero hay una condición: abrirse a la innovación real, permitir probar, equivocarse y escalar lo que funcione. Si todo sigue hipercentralizado y rígido, ese potencial se queda en teoría.
Inclusive, en Cuba ya existen esos laboratorios y capacidades. Hay una gran gama de centros de investigación, laboratorios y oficinas de proyecto en el país. Por ejemplo, el Centro de Estudios de Arquitectura Tropical en la Cujae, o las propias facultades de arquitectura, ingeniería y diseño.
Eso se replica en distintas universidades y en empresas estatales de proyectos donde hay profesionales altamente capacitados.
Y no solo existe la estructura, también existe la innovación. Mucha. Lo que ocurre es que en muchos casos queda engavetada, encapsulada, sin llegar a implementación real. Pero la capacidad está ahí.
El problema no es la ausencia de talento, sino la falta de gestión para convertir ese talento en resultados concretos
Las universidades son un motor clave. Los estudiantes, la juventud, son una fuente constante de innovación y propuestas. Y si a eso se le suman equipos multidisciplinarios –como exige la construcción– con arquitectos, ingenieros, diseñadores, urbanistas e incluso artistas, el potencial se multiplica. Ese ecosistema de innovación existe casi por naturaleza hoy en el país, por necesidad.
El problema no es la ausencia de talento, sino la falta de gestión para convertir ese talento en resultados concretos.
Y ahí está el punto crítico: si entra inversión, si se abren oportunidades, pero no se gestiona bien ese talento local ni se articula ese ecosistema, el resultado puede ser un desequilibrio. Un gran escaparate de edificios nuevos conviviendo con un entorno urbano degradado, que es justamente lo que no debería repetirse.
El reto no es solo construir más, sino integrar conocimiento, creatividad y ejecución para que el desarrollo sea coherente en toda la ciudad, en lo rural, y no fragmentado.
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Este texto se ha hecho en colaboración con Cuba Siglo 21 como parte del proyecto “Cuba: estabilizar y desarrollar”.