Desinformación, el otro frente de guerra del Kremlin

Moscú dirige un ecosistema global de intoxicación para atacar las democracias liberales y ha puesto a Ucrania en la mira

El caso de Carlos Spainbuca es solo una de las docenas de operaciones para encubrir el derribo del avión MH17 en 2014. (Captura)
El caso de 'Carlos Spainbuca' es solo una de las docenas de operaciones para encubrir el derribo del avión MH17 en 2014. (Captura)

"Hay una guerra informativa en todos los frentes y no tenemos derecho a perderla". Esta reciente declaración del ministro de Defensa ruso, Sergéi Shoigú, refleja la visión ampliamente compartida en el Kremlin en cuanto a que Rusia afronta una amenaza existencial en el ámbito informativo proveniente del "Occidente colectivo" –sintagma de moda en los medios rusos–. Esta percepción subyace en la agresiva política exterior rusa y su confrontación con EEUU y Europa. El Kremlin está convencido de que Occidente no persigue otra cosa que un "Maidán en la Plaza Roja" y la "demolición del poder ruso", en palabras del propio presidente Putin. Así, como si de un espejo se tratara, Rusia lleva más de una década desplegando su propia guerra informativa contra Occidente. Y, desde la perspectiva del Kremlin, el tiempo corre ahora a su favor.

No siempre fue así. De la guerra contra Georgia, en agosto de 2008, Rusia extrajo dos grandes lecciones: debía modernizar sus fuerzas armadas y su brazo mediático. Los resultados de aquella reflexión son peligrosamente evidentes hoy con las demostraciones de fuerza militar con vistas a imponer un nuevo orden de seguridad en Europa. En el frente mediático, Russia Today –nacida en 2005 para, inicialmente, dar una visión más positiva del país– fue rebautizada como RT. Ya no se trataba sólo de dar noticias sobre Rusia en la línea del Kremlin, sino de difundir todo aquello que cuestionara y erosionara la legitimidad de los países occidentales.

Su editora en jefe, Margarita Simonián, ha declarado que la información es un "arma como cualquier otra" y RT, un instrumento para la guerra

Su editora en jefe, Margarita Simonián, ha declarado que la información es un "arma como cualquier otra" y RT, un instrumento para la guerra. Así, el objetivo no es ofrecer otros puntos de vista para que, como reza su eslogan, el espectador se "pregunte más", sino para desestabilizar, deslegitimar, confundir y desmoralizar a los que concibe como adversarios. Para ello explota sus fisuras y debilidades.

Es decir, RT no inventa la polarización política en EE UU, el proceso separatista en Cataluña o la pandemia de covid, pero los amplifica e instrumentaliza con el único objetivo de sembrar más división y, si es posible, generar caos. ¿Cómo explicar, si no, que alimente simultáneamente al movimiento Black Lives Matter y a las milicias extremistas blancas? Es muy revelador, por ejemplo, que en Rusia –dadas las dificultades para contener la pandemia– se estén aprobando medidas draconianas contra cualquiera que comparta contenidos que cuestionen la eficacia de las vacunas, mientras la maquinaria informativa rusa difunde entre las audiencias occidentales todo tipo de teorías conspirativas y narrativas insidiosas sobre las vacunas.

Esta actividad es heredera de las denominadas "medidas activas" de la época soviética con las que, sobre todo, el KGB buscaba erosionar a países occidentales. La lógica operativa hoy día es la misma y también el objetivo fundamental: neutralizar estratégicamente a las potencias euroatlánticas desde dentro. Lo que ha cambiado radicalmente es el entorno en el que se opera. Internet y las redes sociales ofrecen un acceso abierto e instantáneo al corazón de las democracias liberales que Rusia explota de forma hostil. No es la única, pero sí la más sistemática. Y su actividad se sofistica y expande rápidamente, generando un verdadero ecosistema de desinformación.

Cuanto más relevante y estratégico es un asunto para el Kremlin, más férreamente están alineados todos los medios y más agresivas son sus campañas. El caso de Ucrania resulta paradigmático. Alrededor del 40% de los más de 13.500 casos documentados por la unidad del Servicio Europeo de Acción Exterior dedicada a identificar campañas de desinformación tienen que ver con la cuestión ucraniana. En y sobre Ucrania se ha ensayado la desinformación más burda, pero también la más elaborada y perversa.

La de Carlos Spainbuca es muy relevante, pero es solo una de las docenas de operaciones para encubrir el derribo del MH17

Un caso especialmente significativo y grave, por tratarse del encubrimiento de un crimen de guerra, es el del falso controlador aéreo español en la torre del aeropuerto de Boryspil, en Kiev. Ese Carlos Spainbuca daba a través de Twitter una visión alternativa del Maidán ucraniano, razón por la que RT en español lo entrevistaba con frecuencia, difuminando su rostro. Y volvió a hacerlo con intensidad después de que, el 17 de julio de 2014, la insurgencia rusa derribara con un misil tierra-aire el vuelo MH17 de Malaysia Airlines en el este de Ucrania, matando a los 298 ocupantes. En un primer momento, tanto Life News, medio ruso de referencia para la insurgencia en Donbás, como su propio líder militar, Igor Girkin, un veterano vinculado al servicio de inteligencia ruso, FSB, se atribuyeron el derribo de lo que, creían, era un avión de carga militar ucraniano. Pocas horas después, una vez constatado que se trataba de un vuelo civil, Rusia puso en marcha su maquinaria mediática y ahí jugó un papel destacado el supuesto controlador español. Se utilizó su figura para difundir el infundio de que el avión había sido derribado por un caza ucraniano. Por investigaciones periodísticas sabemos hoy que el tal Carlos ni era controlador, ni estaba en Ucrania y, según declaró él mismo, había recibido grandes sumas de dinero desde Rusia e indicaciones de lo que debía publicar en su cuenta de Twitter.

La de Carlos Spainbuca es muy relevante, pero es solo una de las docenas de operaciones para encubrir el derribo del MH17. Y Rusia ha tenido un relativo éxito. Pese a que investigaciones judiciales, forenses y de fuentes abiertas han identificado, incluso, a la unidad militar rusa responsable del misil que derribó el avión, en el debate público persiste la impresión de que es un asunto sin aclarar. Y ahí está el quid del asunto: el efecto acumulativo y erosionante de la desinformación rusa que busca minar la confianza y la credibilidad en nuestro debate público.

Estos últimos días resurgen con fuerza temas estrella de la desinformación rusa sobre Ucrania –controlada por nazis, país dividido, una OTAN igualmente beligerante, etc.–. Y aun peor, el asunto actúa como una suerte de macguffin diplomático para que los europeos no se percaten de que son el plato principal en el menú del Kremlin.

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Nota de la Redacción: Nicolás de Pedro es director de investigación en el Institute for Statecraft de Londres. Este texto fue publicado originalmente en La Lectura, revista cultural del diario español El Mundo, y lo reproducimos con la autorización de este medio.

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