Hacerle un favor a Lula

Los asaltantes a los edificios institucionales de Brasilia, pisoteando la democracia, han beneficiado al gobernante

Lula la noche del domingo ante el Palacio del Planalto, donde llegó cuando los disturbios estuvieron controlados. (LulaOficial)
Lula la noche del domingo ante el Palacio del Planalto, donde llegó cuando los disturbios estuvieron controlados. (LulaOficial)

Que Lula da Silva ganara por la mínima su tercer mandato presidencial no resta un ápice a la legitimidad de su victoria y a su derecho a gobernar y poner en práctica, conforme a los procedimientos legales en vigor, su programa electoral. Que, sin embargo, esa elección cuantificó matemáticamente la división de un país polarizado y dividido también es una evidencia incontestable. Y que, ante esas evidencias, el líder del Partido de los Trabajadores no iba a tener una legislatura fácil, habida cuenta además de que está en minoría en el Parlamento, anticipaba cuatro años de continuas turbulencias políticas.

En la simplificación de este combate en un escenario tan polarizado, los seguidores y votantes de Jair Bolsonaro fueron de inmediato asimilados en su totalidad a la extrema derecha, derivando enseguida en una equivalencia que agrupa a la totalidad de los bolsonaristas bajo el epígrafe genérico de "fascistas". En los tiempos actuales hay poco lugar por los matices, de manera que tanto los ciudadanos de convicciones liberales, como los escuetamente conservadores, los que siendo más bien de centro-izquierda no comulgan con las tentaciones totalitarias, e incluso muchos millones de los que lograron salir de la pobreza y temen por volver a ella, si votaron a Bolsonaro quedan señalados por el epíteto que les aplican sus adversarios.

Esta pésima reedición de lo acaecido hace dos años en Estados Unidos fue profusamente retransmitida en directo a todo el mundo, provocando en todo espectador sensato y demócrata asco y decepción

De los sesenta millones de ciudadanos que le dieron su voto a Bolsonaro, unos cuantos centenares siguieron consignas de no se sabe quién para asaltar la Plaza de los Tres Poderes de Brasilia, ocupar la sede del Supremo Tribunal Federal, del Congreso y de la Presidencia, causando de paso numerosos destrozos. Esta pésima reedición de lo acaecido hace dos años en Estados Unidos con el asalto al Congreso por los exaltados partidarios de Donald Trump, fue profusamente retransmitida en directo a todo el mundo, provocando en todo espectador sensato y demócrata asco y decepción. Y, por supuesto, movió a la condena internacional de gobiernos de todo el espectro político en todo el mundo.

Siguiendo en parte el manual de lo acontecido en Washington, los asaltantes vociferaban contra Lula, y reclamaban la intervención del Ejército para derrocarle, una vez que tampoco habían actuado los militares para impedir que llegara siquiera a tomar posesión del cargo.

Fallos, imprevisiones y castigos ejemplares

El presidente, que en la jornada del asalto se encontraba de viaje oficial a Sao Paulo, capital económica del país, además de decretar el apresamiento de los cabecillas y de prometer una investigación a fondo para descubrir a los cerebros e instigadores de la acción vandálica, prometió "un castigo ejemplar" para los culpables. Para ello, no se precisará más que aplicar las leyes bolsonaristas, que prevén precisamente durísimas condenas penales para este tipo de comportamientos.

Llama no obstante la atención que, ante el panorama político descrito, la inteligencia brasileña no previera una acción de estas características, disponiendo de las correspondientes medidas preventivas y de la dotación policial suficiente para contener la avalancha. Es un fallo brutal, que facilita al presidente Lula revestirse de "víctima" y señalar a un poder legislativo como sospechoso de "bolsonarismo", consagrado ya este término como igual a extrema derecha, igual a fascismo.

La expectación alimentada en todos los medios respecto a que los militares accedieran a las peticiones de intervención no va a producirse, lo que seguramente también causará decepción en la extrema izquierda latinoamericana (y probablemente también en la europea), porque no subraya la presunta alianza golpista entre la extrema derecha y el Ejército, lo que consagraría la vuelta al antagonismo capitalismo-comunismo del siglo XX.

En el imaginario colectivo, el asalto perpetrado en Brasilia afianza y fija la imagen de que las fuerzas liberal-conservadoras están subsumidas en una extrema derecha golpista

Me atrevo a asegurar que no habrá, afortunadamente, un golpe de Estado en Brasil, al menos en toda esta legislatura que acaba de comenzar, y que las Fuerzas Armadas en activo cumplirán con su deber. El matiz es importante, porque los militares que presuntamente apoyarían una acción contundente están todos en la reserva. Pero, en el imaginario colectivo, el asalto perpetrado en Brasilia afianza y fija la imagen de que las fuerzas liberal-conservadoras están subsumidas en una extrema derecha golpista. Ello permite a su vez difuminar en gran parte, si no al completo, la ofensiva de la izquierda en toda América Latina tendente a dejarse caer en la tentación totalitaria, cambiando constituciones y prolongando mandatos de presidentes-dictadores, todo ello impregnado de un inconfundible tufo castrista-bolivariano.

A diferencia del siglo XX, en la actualidad cambios tan drásticos ya no se hacen a golpe de bayoneta, sino de acciones precisas de grupos controlados y manipulados, pero donde lo fundamental es la comunicación y la amplificación de las imágenes de tales sucesos. En este caso, los asaltantes a los edificios institucionales de Brasilia, pisoteando la democracia, le han hecho un favor a Lula.

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Nota de la Redacción: Este artículo se publicó originalmente en Atalayar y se reproduce con permiso de su autor.

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