Ucrania, territorio de utopías marcado por la tragedia

De un lado Occidente y del otro la inmensa y quimérica Eurasia, el país es parte fundamental de ambos

Barranco de Babi Yar, en Ucrania, donde los nazis asesinaron a más de 100.000 judíos en 1941. (Instituto de Hamburgo para la Investigación Social)
Barranco de Babi Yar, en Ucrania, donde los nazis asesinaron a más de 100.000 judíos en 1941. (Instituto de Hamburgo para la Investigación Social)

Nikolái Gógol, el autor de Las almas muertas, uno de los libros más traviesos de la literatura escrita en lengua rusa, tiene motivos para un ataque de celos. Nacido en 1809 en Ucrania, cerca de Poltava, su prosa vivísima, sus historias de una modernidad feroz o sus personajes alucinantes no forman parte de la cultura popular del siglo XXI, con su apetencia de buzz y streaming. Sí lo hace, en cambio, el argumento parido la noche del 26 de abril de 1986 en otro rincón ucraniano, donde estalló el reactor nuclear de Chernóbil y la Ucrania soviética puso a Europa al borde de una catástrofe continental que parecía dispuesta a borrar, con sus nubes de isótopos y ceniza, las fronteras de antaño y amenazar incluso con deslindes futuros.

Fue Chernobyl, la serie de 2019 escrita por Craig Mazin y salida de un libro de Svetlana Aleksiévich, la que puso a Ucrania en la mirilla de la atención contemporánea. Ahora ha vuelto a encaramarse a los titulares con la amenaza de la guerra que le sopla en el cachete que da al Este. La trajo una catástrofe y la devuelve la anticipación de otra. Ucrania se nos pone en la lengua y el salón de estar sólo cuando el mundo amenaza acabarse. Es un país extremo. Un país en el límite, en el borde. Y sólo asoma, como la policía o las madres, cuando estamos a punto de matarnos.

Es ese estar en medio, esa condición de bisagra, de articulación que lo mismo sirve para hincarse de rodillas ante los poderes que para abrirse paso a codazos en la historia, la que la ha marcado con su fatal condición de marca y parapeto

Pero Ucrania es también un país enclavado entre dos mundos. De un lado Occidente y del otro la inmensa y quimérica Eurasia. Y es parte fundamental de ambos. A veces, según las fronteras se agitan como una culebra sobre la piel del continente en su centro y su flanco oriental, Ucrania parece más de un mundo que del otro. En ocasiones, ensimismada en busca de su propio rostro, como en los afanes identitarios del poeta Tarás Shevchenko y el folklore elevado a la tentación de un destino, parece que no fuera de nadie.

Es ese estar en medio, esa condición de bisagra, de articulación que lo mismo sirve para hincarse de rodillas ante los poderes que para abrirse paso a codazos en la historia, la que la ha marcado con su fatal condición de marca y parapeto. "Sobrevivir entre rusos y alemanes. Esa es sin duda la predestinación de Europa Central. La consternación centroeuropea se columpia entre dos contingencias: que vienen los alemanes, que vienen los rusos", explica el escritor ucraniano Yuri Andrujóvich sobre esa permanente condición de huidizo animal a punto de ser cazado, que es propia también de Polonia, otra isla azotada por las mareas del poder y sus pretendientes.

Ucrania, una palabra que alude en su raíz a esa condición de margen y límite, a la tierra última, es también terreno de paso y tierra de partida de los que huyen de la maldición. Un país de nómadas, guerreros y emigrantes. Como en el desgarro de un bolero o una romanza zíngara, Ucrania lo es todo y no es nada. Y lo mismo se agita en las ciudades del Oeste –la Ucrania occidental que tiene tan mala prensa política como colosales asientos en la historia de la literatura y la sensibilidad de la Mitteleuropa–, que vibra, gime y se retuerce en su condición soviética y postsoviética. O supura por la herida abierta por la ocupación alemana y los 3,9 millones de muertos del Holodomor, el terrible exterminio por hambre que padeció en los peores años de la colonización soviética.

Encajada, por fin, en el territorio de tantas utopías, de esas expresiones acabadas y terminantes de las utopías que son los imperios –el otomano, el austrohúngaro, el soviético...– de Ucrania parece hablarse siempre en son de rememoración, siempre en clave de ay, siempre recordando "las nieves de ayer" con su rumor de pogromo o el ruido de los pasos hacia el barranco de Babi Yar, donde los nazis asesinaron a más de 100.000 personas con la preindustrial cirugía del horror.

De Ucrania se habla como de un mundo que no existe o de un mundo que solo existirá después de la catástrofe. Sus rincones son descartes de los imperios

Pero bueno es también reparar en que su nombre, Ucrania, recuerda menos a las utopías que a las ucronías. Además de haber sido un país con asiento poco firme en el mapa, Ucrania no ha conocido sosiego en el calendario. ¿De dónde viene y a dónde va? ¿Con qué alba llegó y en qué tarde se marcha? Tal vez solo Svetlana Aleksiévich le registró un porvenir, cuando estiró el título de La plegaria de Chernóbil, su libro rotundo sobre el dolor privado que siguió a la catástrofe, hasta contener el imposible asiento de una "crónica del futuro". En las voces que Aleksiévich recogió en torno a la estación nuclear vecina del hoy fantasmagórico Pripyat, que de repartir energía horrorosamente multiplicada se convirtió en el inmenso catafalco que ahora la sujeta, asoma también un mundo que se muestra con la insolencia del poeta díscolo o el gopnik y la vergüenza del tonto del pueblo. Tan sólo la catástrofe, anticipando su existencia como país independiente en el fin de un mundo y un siglo, le parió a Ucrania un futuro. Parece difícil imaginar una condena mayor, una sentencia más cruel, una existencia más en permanente vilo.

Cuenta Yuri Andrujóvich, que es el escritor ucraniano contemporáneo que mejor ha sabido lidiar con tanta maldición, que en algún lugar cerca de Járkov hay una línea que separa dos cuencas, las de los mares Negro y Báltico. A ambos lados de esa raya los cauces de los ríos corren hacia una u otra masa de agua. A la manera de los eslavófilos y occidentalistas que partieron la clase letrada rusa en el siglo XIX, la tensión por ese doble arrastre marca también a la cultura y la sociedad ucranianas. Una cultura que vacila sobre un plano que se inclina hoy al Este, mañana al Oeste. Un "merodeo fatal a las puertas de Europa". Sin ser de ningún lugar, un personaje de Gregor von Rezzori, el gran escritor nacido en Chernivtsy, la capital de Bucovina que convirtió en un paisaje hiperreal, se reivindica a sí mismo como un "extranjero profesional". Por eso de Ucrania se habla como de un mundo que no existe o de un mundo que solo existirá después de la catástrofe. Sus rincones son descartes de los imperios. Añicos. Sombras. El propio Von Rezzori o Bruno Schulz, un misterio de la literatura centroeuropea que vio la luz en Drohobych, o el errante Joseph Roth, todos escritores nacidos en un espacio geográfico dislocado, revuelto y ansioso por constituirse en sujeto de una identidad, fueron empujados por sus biografías y el tiempo histórico hacia la tradición y las lenguas de la literatura occidental. Nikolái Gógol, Vasili Grossman o Mijaíl Bulgákov, por solo nombrar a tres colosos repartidos en el tiempo y la historia de las letras europeas, se volvieron en cambio a la lengua de Pushkin y al mundo ruso o soviético.

Sí que vale mucho la pena que sigamos mirando a donde quiera que esté Ucrania cada vez que la busquemos en el mapa o el calendario

Todas esas Ucranias sucesivas y contiguas, atómicas y rebeldes, extranjeras y nacionalistas, coexisten en la tensión por una cultura del porvenir. Y no sólo una cultura literaria. Así, por ejemplo, la Ucrania esperpéntica que el fotógrafo Borís Mikhailov retrató en la serie Historial clínico (1997-98), ese fresco de la sociedad roída por el poder soviético a la que el poscomunismo no conseguía sanar: los bomzhi con sus cuerpos deformes, los alcohólicos, los genitales y las llagas supurantes expuestos a la lente a cambio de unas monedas, la fealdad de un mundo que intentaba encontrar su lugar en otro mundo, en cualquier mundo. Ahí cabe también, como una performance sublime, la Ucrania del Maidán, con su aliento de rebelión posmoderna y mercado oriental. Y a ese porvenir hinchado de pretérito pertenece sobre todo DAU, el proyecto más alucinante de reedición cinematográfica del pasado soviético, que fue construido y filmado en la Járkov poscomunista. Con su ilusión y su violencia, su cientificismo y su tensión utópica, su miseria y su inhumanidad, su relato inclemente del Human Zoo del totalitarismo, DAU, como toda Ucrania, mira a un tiempo al pasado y al futuro. Y lo hace con el entumecimiento del terror y la insolencia de la revuelta. Por cierto, el artífice de DAU, Iliá Krzhanovski, es director artístico también del Memorial Babi Yar, el centro dedicado a la memoria del Holocausto que se ha construido a las afueras de Kiev.

Cuando pienso ahora en la capital de Ucrania me viene a la mente la urdimbre de las catacumbas del Monasterio de las Cuevas. Me veo bajando por unos escalones, los pies resbalando sobre un suelo mohoso, me embarga el olor a humedad. Escribo a la amiga con la que hice aquel viaje. Le pido detalles de su propia experiencia. "No recuerdo que visitáramos esas catacumbas", me dice Elina. Por un instante temo estar ante un recuerdo construido, como tantos otros que usurpan un sitio en mi memoria que no les pertenece, impostores cargados de argumentos verosímiles. ¿Serán el genio y la cifra de Ucrania, esa reunión de retales en el borde de los imperios y el almanaque, los que han fabricado esa experiencia tan vívida como puesta en duda?

Sinceramente, no lo sé. Pero sí que vale mucho la pena que sigamos mirando a donde quiera que esté Ucrania cada vez que la busquemos en el mapa o el calendario.

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Nota de la Redacción: Jorge Ferrer (La Habana, 1967) es escritor, periodista y traductor literario. Este texto fue publicado originalmente en La Lectura, revista cultural del diario español El Mundo, y lo reproducimos con la autorización de este medio.

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