El balsero herido y capturado por oficiales cubanos en diciembre, llegó a EE UU en su segundo intento

Yunier Gutiérrez Cervantes fue detenido junto a otros siete migrantes por los guardacostas estadounidenses en Fort Taylor, este miércoles

Embarcación en la que llegó a Estados Unidos, en su segundo intento, el balsero cubano Yunier Gutiérrez Cervantes. (Twitter/@USBPChiefMIP)
Embarcación en la que llegó a Estados Unidos, en su segundo intento, el balsero cubano Yunier Gutiérrez Cervantes. (Twitter/@USBPChiefMIP)

Existe una técnica rotunda y efectiva para neutralizar a un balsero. Los guardacostas cubanos la conocen bien, porque es similar a la pesca. Hay que dejar que el bote se sienta en confianza y sus tripulantes lleguen a alta mar. El oleaje nocturno es duro y caprichoso, por eso el barco avanza con lentitud, mordido por rémoras y sargazos, mientras una decena de hombres sin experiencia tratan de apuntar al norte.

Los catálogos de la policía estadounidense guardan un buen inventario de estas embarcaciones. Una vieja lancha pesquera, con flotadores de cartón, que recaló en el antiguo Cayo Víbora. Un velerito de aparejos sucios, con la barriga cargada de treinta hombres y a punto de estallar. Otro, apertrechado con sacos de yute y remos plásticos, poco confiable hasta para cruzar un río.

El barco en que Yunier Gutiérrez Cervantes llegó este miércoles a Fort Taylor, en Cayo Hueso, sigue el mismo patrón. Un cascarón improvisado, dos metros cuadrados de zinc y palos, sin más provisión que un par de galones con agua, en el que viajaba Yunier con siete compañeros.

Nerviosos por las protestas del 11J, las autoridades no tardaron en activar una brigada de respuesta rápida para caer, con machetes y palos, en el malecón del pueblo

Esta vez los acompañó la suerte. No hubo tiros ni persecuciones, como la noche del 26 de diciembre de 2021, en que un guardacostas cubano le disparó a Yunier, encima de la ceja derecha, un perdigón de caucho.

Todavía se conservan las imágenes de los pobladores de Playa Baracoa, en Artemisa, mientras una flotilla improvisada, compuesta por lanchas de pescadores, trataba de marchar a Estados Unidos. Nerviosos por las protestas del 11J, las autoridades no tardaron en activar una brigada de respuesta rápida para caer, con machetes y palos, en el malecón del pueblo.

Cuando llegaron los sicarios, entendieron que no lidiaban con un disturbio civil, sino con una celebración. Los de la costa deseaban suerte a los marinos y se burlaban de los recién llegados. "Se les fueron a la cara, me alegro", repetía una mujer.

Los botes ya estaban a una milla y media de la costa cuando apareció la lancha Griffith de las tropas guardafronteras. La última de las embarcaciones, donde navegaba Yunier, tuvo dificultades y quedó rezagada.

Eran las circunstancias perfectas para una maniobra de embestida. Una quilla de hierro, impulsada por el potente motor de la Griffith, tripulada por militares, contra el estribor de un bote rústico de Playa Baracoa. No duraría mucho el asalto.

Durante la gritería, un oficial apuntó a Yunier y acertó a darle en la cabeza. Lo tenía a menos de un metro. No había nada más que hacer

Sin embargo, contra todo pronóstico, la embarcación toreó a la lancha y continuó su rumbo. Los guardacostas hicieron todo lo posible por darle alcance y comenzaron a lanzar sogas de abordaje. Así enlazaron a uno de los hombres, que cayó al agua con quemaduras en el cuello y los brazos.

Durante la gritería, un oficial apuntó a Yunier y acertó a darle en la cabeza. Lo tenía a menos de un metro. No había nada más que hacer.

El capitán de la lancha guardacostas señaló la cabeza sangrante del muchacho y advirtió a los demás de que correrían la misma suerte. Los arrestaron a todos y, tras una multa de 3.000 pesos, los pusieron en libertad.

Un amigo de Yunier Gutiérrez le tomó una foto apenas salió: la cara tostada por el salitre y una venda alrededor de la cabeza.

Ocho meses después, Yunier regresaba a la costa de Playa Baracoa con una nueva embarcación: el chinchorro de zinc y madera con el que se proponía cruzar las 90 millas que separan a su pueblo de Cayo Hueso. Fue una travesía pesada, calurosa.

El barco casi se hunde antes de llegar al litoral de la Florida, pero llegaron este miércoles.

Después de un año de citaciones y acoso policial, Yunier Gutiérrez y los siete hombres que vencieron junto a él la corriente del Golfo están bajo custodia federal. Walter N. Soslar, un agente de la patrulla fronteriza que encontró a los náufragos, publicó dos fotos de la lancha vacía, desbaratada sobre la arena de Cayo Hueso. Todo un trofeo.

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