Mi interrogador no llegó porque no tenía gasolina

La reportera de '14ymedio' fue detenida este miércoles mientras daba seguimiento a la situación de los damnificados del tornado

Luz Escobar fue detenida en un centro docente en el que viven, hacinadas, decenas de personas que perdieron sus casas en el tornado de La Habana. (14ymedio)
Luz Escobar fue detenida en un centro docente en el que viven, hacinadas, decenas de personas que perdieron sus casas en el tornado de La Habana. (14ymedio)

Los periodistas debemos dar seguimiento a los temas que una vez publicamos y eso me llevó este miércoles hasta una escuela en el municipio Rancho Boyeros. En uno de los inmuebles de ese centro docente viven, hacinadas, decenas de personas que perdieron sus casas cuando un tornado destruyó varios barrios de La Habana en enero pasado.

Algunos de ellos me conocieron mientras buscaba testimonios entre las ruinas de Luyanó, una de las zonas más afectadas por los vientos. Por eso no me sorprendí cuando mi teléfono sonó ayer en la mañana y una voz de mujer me dio las coordenadas para llegar hasta la escuela Villena Revolución, próxima al aeropuerto internacional José Martí. En sus palabras se notaba el desespero.

El camino es intrincado y, para llegar al albergue, hay que recorrer más de dos kilómetros a pie desde la Avenida Rancho Boyeros hasta toparse con la entrada del centro escolar. Allí me esperaban varias mujeres, una de ellas embarazada. El sitio está controlado por varias garitas con vigilantes.

Más tarde comprendí que mi presencia allí no pasaba desapercibida por los custodios que controlan la entrada, quizá por una "filtración" de la llamada telefónica que tuvimos en la mañana y que podría haber alertado al personal

Más tarde comprendí que mi presencia allí no pasaba desapercibida por los custodios que controlan la entrada, quizá por una "filtración" de la llamada telefónica que tuvimos en la mañana y que podría haber alertado al personal de seguridad. De ahí, la hostilidad con la que me recibió el hombre apostado en la segunda garita.

Una soga atravesaba la calle para impedir el paso y el custodio preguntó con impostada autoridad quién era yo. Las albergadas intentaron decir que era solo una familiar que venía a visitarlas, pero preferí contar que era periodista y que haría una estancia corta. El hombre se pegó al grupo como una sombra, algo que provocó reclamos de los damnificados por su privacidad y el derecho a recibir visitas. "Nosotros no estamos presos, ¿verdad?", se oyó decir a una.

En la puerta del albergue había otro "cerco de vigilancia" compuesto por tres hombres a los que nadie había visto antes por ahí y que dijeron que eran trabajadores de la escuela, uno especificó que era miembro del Partido Comunista en el centro docente. La situación se volvió muy incómoda, porque bloquearon el acceso a la puerta. Los damnificados empezaron a exigir a voz en cuello que me dejaran entrar y ellos respondían apelando a un reglamento que eran incapaces de citar.

Ahí fue cuando la tecnología vino en mi ayuda. Como no podía acceder al lugar para hacer fotos y conocer las condiciones del salón donde duermen todos apiñados le pedí a una de las albergadas que tomara las imágenes y me las pasara a mi móvil por la aplicación Zapya, muy usada en Cuba para transferir archivos vía wifi. Me quedé afuera recopilando los testimonios, algo que no le gustó al militante del Partido.

Visiblemente molesto, el hombre pidió a otro de los vigilantes que llamara a la policía. Pensé que solo lo decía para asustarme y me quedé sentada al pie de la entrada del albergue haciendo las entrevistas.

A los pocos minutos llegó la patrulla policial con dos uniformados. Me pidieron el carné de identidad y les conté que era periodista. Entonces me preguntaron si tenía credencial, algo imposible para un reportero independiente, pues las autoridades no reconocen ni emiten permisos para quienes laboramos en medios de prensa que no se afilian a la línea oficial. "Tiene que acompañarnos a la unidad para aclarar esta situación", dijo tajante el oficial.

En ese momento interioricé la importancia que tenía mi presencia allí para esas personas. Yo era la voz que podía contar una historia que nunca publicarían en el diario 'Granma'

Traté de calmar al grupo de albergados, entre quienes había crecido la indignación y gritaban a los policías que no me arrestaran y que si me llevaban tenían que "cargar con todos". En ese momento interioricé la importancia que tenía mi presencia allí para esas personas. Yo era la voz que podía contar una historia que nunca publicarían en el diario Granma ni saldría en Mesa Redonda.

Uno de los jóvenes del grupo filmó todo el arresto con el celular y el policía se molestó tanto que lanzó algunas groserías, le arrebató el móvil de las manos y le exigió que borrara el video. Las mujeres intercedieron y lograron devolverle el celular al joven sin que se perdiera el testimonio. Antes de entrar al carro policial alcancé a darles el número de la redacción de 14ymedio para que avisaran a mis colegas.

Me llevaron a la estación de policía de Santiago de las Vegas, donde pasé casi una hora sentada en el banco de la recepción. Un momento muy emotivo fue cuando llegaron un grupo de las mujeres albergadas para reclamar mi liberación. Pasaban los minutos y, cuando indagué por mi situación, me respondieron que debía esperar por "el especialista" de la Seguridad del Estado para una "entrevista".

Me pasaron a una celda para el proceso de "clasificación". Allí toman los datos a los recién detenidos. Mientras estuve en aquel cubículo con reja y candado escuché historias que rozaban el absurdo y otras dignas de un minucioso reportaje, como la de una joven cubana recién llegada de Chile y arrestada en el aeropuerto porque una vez perdió un móvil, hizo una denuncia y quedó "circulada en un caso de hurto", aunque ella era la demandante. Su impecable ropa blanca desentonaba con el gris y poco cuidado interior del calabozo.

Mi situación estaba en un limbo, seguía arrestada pero la policía no sabía qué hacer conmigo porque no era un "caso" de ellos, sino de la Seguridad del Estado

Me tocó el turno. Entregué mis aretes, mi anillo y todo lo que llevaba en la mochila. Esperé otra hora más. Sonó el teléfono y supe, por la reacción de los policías que se trataba de Camilo, el alias del oficial de la Policía Política que lleva meses acosándome, citándome para interrogatorios y amenazándome con que no puedo cubrir eventos públicos.

La reacción de los oficiales de la Policía Nacional Revolucionaria fue muy curiosa. Se veía que no estaban contentos con la situación y el que atendió la llamada del seguroso dijo al otro: "el flaco ese no vendrá, porque no tiene gasolina" para la moto. Mi situación estaba en un limbo, seguía arrestada pero la policía no sabía qué hacer conmigo porque no era un "caso" de ellos, sino de la Seguridad del Estado.

Entonces, buscaron una fórmula para quitarse de encima el problema. El jefe de la unidad se sentó cerca y durante más de 20 minutos me explicó por qué no puedo ejercer el periodismo independiente. "No tienes credencial", y eso "viola la Constitución", reiteró varias veces. En realidad, el primer golpe a la Carta Magna había sido mi arresto arbitrario. "Sin autorización no puedes andar por ahí haciendo entrevistas", remarcó.

Me devolvieron mis pertenencias y, después de cinco horas en aquel lugar, disfruté del sol de La Habana sobre la piel. Solo afuera supe de toda la solidaridad que en las redes sociales había provocado mi detención. Era la segunda vez en el día que la tecnología venía en mi auxilio.

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