El hombre de la puerta no me deja salir

Por tercera vez en diez días, un agente de la Seguridad del Estado impide abandonar su casa a la reportera de '14ymedio'

Era sábado, era lunes, pero podría ser cualquier otro día de la semana. El hombre en la puerta de mi edificio apenas articula palabra, solo masculla "Luz Escobar, no puedes salir". Pregunto las razones para el encierro domiciliario y le exijo que se identifique. Pero pasa el carné tan rápido frente a mis ojos que solo veo unas enormes letras DSE [Departamento de la Seguridad del Estado].

Saco el celular para tomar una foto, pero nada más ver el teléfono el hombre da la espalda, corre y se esconde tras una columna.

Mis hijas se ríen nerviosas, es lunes y saben que lo que ocurre es exactamente igual a los dos últimos sábados. La que da la alarma es Paula, que llega de la escuela gritando: "Mami, mami, allá abajo está Ramsés de nuevo". Viene con hambre, como siempre, y bajamos a buscar pan y dulces, pero 'el hombre de la puerta' impide la salida con su cuerpo. Mi otra hija está estudiando en casa de una amiga.

Mis hijas se ríen nerviosas, es lunes y saben que ocurre es exactamente igual a los dos últimos sábados. La que da la alarma es Paula, que llega de la escuela gritando: "Mami, mami, allá abajo está Ramsés de nuevo"

Por alguna razón, la pequeña, a sus nueve años, se sabe intocable y me pide la cartera. Mientras va a la panadería me quedo en los bajos del edificio esperándola. El hombre, que lleva una mochila negra sobre los hombros, camina a izquierda y derecha mientras habla por el celular. "Estoy aquí en el lobby con ella, pero parece que no, que no va a salir", alcanzo a escuchar.

Al regresar Paula, subimos en el elevador y una señora pregunta: "¿Qué te dijo ese hombre? Le explico lo sucedido, pero ella calla con una sonrisa en la boca cuyo motivo no logro adivinar. En la puerta del edificio hay un cartel enorme con la cara de Fidel Castro, se conmemora el tercer aniversario de su muerte.

Eso ocurrió ayer, pero el sábado pasado tampoco pudimos salir, en esa ocasión para ir a almorzar con la abuela paterna de mis hijas; una comida importante, porque es rutinaria y las rutinas se respetan. Nos hacen lo que somos hasta el día que decidimos romper con ellas y creamos otras. Yo no quería romper nada ese día, pero el hombre de la puerta no nos dejó salir.

Otro sábado atrás, el 16 de noviembre, cuando se celebraba el 500 aniversario de la ciudad, tampoco pudimos ir al almuerzo con la abuela. Los fuegos artificiales que lanzaron para la celebración los vimos desde la ventana de nuestra casa.

La primera vez que mis hijas vieron a este hombre en los bajos del edificio fue el día del funeral de Jaime Ortega Alamino. Yo salía con mi cámara hacia el cementerio y ellas patinaban en el parque, cuando el hombre se me acercó a la vez que ellas. "Luz, no puedes salir", dijo.

Las niñas me hacían preguntas que yo respondía con vaguedad: "No se preocupen, es solo que no quiere que salga a la calle". La niña menor dice: "Pero si no es tu papá". La grande añade: "Lo que hay que hacer es llamar a la policía".

Además de ciudadana y madre, soy periodista. Cuando se me impide salir, no solo están violando mis derechos civiles, también los laborales. Se limita mi libertad de movimiento y también la libertad de expresión.

El hombre en los bajos del edificio puede ser también el hombre en la frontera. En mayo pasado, cuando salía en un viaje para Washington, un oficial de migración también me miro a la cara y me dijo: "Usted no puede viajar". Fue difícil explicarle eso a mis hijas al volver a casa. Nunca había ocurrido. 

En mayo pasado, cuando salía en un viaje para Washington, un oficial de migración también me miro a la cara y me dijo: "Usted no puede viajar"

A estas alturas, con 42 años y cinco como reportera, nada me hará cambiar de idea. Ninguna presión dejará que se apague la vocación que nació la primera vez que escribí una crónica sobre una guagua de barrio. Tampoco que deje de captar con la cámara de mi celular trozos de la vida de mi país, testimonios de mujeres y hombres que viven en la Cuba de hoy.

No sueñen con una Luz exiliada, ni silenciada. La labor periodística que hago cada día al levantarme seguirá allí, como ese viejo dinosaurio que nos hace ser una postal del pasado y que no acabamos de extinguir. Esto es una carrera de resistencia.

A los otros, los que me quieren y respetan, les digo que cuando nazca una nueva Cuba también estaré aquí para contarla.

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