Aislacionismo vs globalismo en Estados Unidos (II)

En este segundo texto de una serie de tres, el autor recuerda cómo una nación de 13 pequeños estados se convirtió en la primera potencia del planeta

Sam Houston en la batalla de San Jacinto. (Obra de de Henry Arthur McArdle, 1898)
Sam Houston en la batalla de San Jacinto. (Obra de de Henry Arthur McArdle, 1898)

"Si Dios contigo, ¿quién contra ti? ". Así comenzaba o terminaba sus programas una presentadora de televisión cubanoamericana, que es hoy congresista federal en Estados Unidos. Una vez que tienes a Dios de tu parte todo es más fácil. Estados Unidos lo tenía por medio de la tesis del Destino Manifiesto. Esto ocurría a mediados del siglo XIX. "Dios", evidentemente para ellos, quería que la joven e impetuosa nación conquistara las dos inmensas costas –el Atlántico, que ya tenía asegurado, y el Pacífico ignoto– y luego se derramara hacia el sur y ocupara todo el hemisferio. 

En 1823 el presidente James Monroe, por medio de su canciller John Quincy Adams, proclamó la doctrina que lleva su nombre: "América para los americanos". No tenía a Dios de su parte, pero Estados Unidos había vencido a Gran Bretaña y le pareció suficiente para sacar los colmillos y amenazar a Europa y a Rusia, que entonces comparecía en la costa americana del Pacífico. 

En primera instancia, los latinoamericanos estuvieron satisfechos. A todas luces, se trataba de impedir que España y Portugal regresaran al Nuevo Mundo a reconstruir sus imperios. Los estadounidenses no se sentían tranquilos con la presencia de esas fuerzas armadas deambulando por el vecindario. 

En primera instancia, los latinoamericanos estuvieron satisfechos. A todas luces, se trataba de impedir que España y Portugal regresaran al Nuevo Mundo a reconstruir sus imperios

La fórmula republicana había triunfado en Estados Unidos. El país se iba poblando de extranjeros que, rápidamente, se consideraban (más o menos) estadounidenses. Su economía crecía al 2% anual como promedio y las instituciones funcionaban adecuadamente, aunque sin prisa, sin tregua y sin graves interrupciones. La justicia y la educación pública unificaban a la población. El tren las juntaba. Cada cuatro años, invariablemente, había elecciones presidenciales. Cada dos se renovaba el Congreso. ¿Por qué sólo dos años? Porque los Padres Fundadores pensaban que era un incordio, un sacrificio que sólo se resistiría brevemente. A ninguno de ellos les pasó por la cabeza que surgiría el político profesional.

¿Dónde estaba el secreto del éxito? ¿En la Constitución? No. Ésta había sido imitada sin éxito en Sudamérica. ¿En las riquezas naturales? Tampoco. Argentina y Venezuela han sido tocadas por todas las riquezas naturales y ha sido inútil. (Peor aún: algunos piensan que ha sido contraproducente. Segregaron sociedades rentistas que vivían del Estado). ¿Acaso, en las 13 virtudes que apunta Benjamín Franklin en su biografía? Tal vez, pero eso requiere unas características poco frecuentes en el conjunto de la sociedad. Esa criatura laboriosa, ordenada, previsora, frugal, moderada, limpia y, encima, casta, no abunda. 

Tras crearse la República de Texas le tocó al presidente James K. Polk hacer la guerra a México. Primero, se anexó a Texas. El debate en Estados Unidos duró nueve años. Parecía que México era más fuerte, pero se había desangrado en la lucha entre liberales y conservadores. Había, a un altísimo nivel, conservadores que secretamente esperaban con fervor la derrota de México y contribuyeron a ella.

En cualquier caso, la guerra duró de 1846 a 1848 y se saldó rebañándole a México algo más de la mitad norte del país. Quedaron tras las fronteras estadounidenses: California, Nevada, Utah, Nuevo México, Texas, Colorado, Arizona y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma. Estados Unidos pagó 15 millones de dólares por los territorios que se había anexado y, para fortuna de los que se quedaron dentro del nuevo país, conservaron la lengua y los derechos de propiedad. Era otra expresión del multiculturalismo.

Estados Unidos, tras engullir las colonias españolas, entra en el siglo XX como la primera economía del mundo. No tardará en fundar, poco a poco, un aparato militar en consonancia

En 1867, a los dos años de terminada la Guerra Civil estadounidense, fue el momento de adquirir Alaska. Rusia les temía a los británicos y pasaba, como era habitual, por un pésimo momento financiero. Así que sumó dos más dos y le vendió Alaska al presidente estadounidense Andrew Johnson, sucesor y vicepresidente de Lincoln. El precio fue una bicoca: 7.200.000 dólares. Los rusos empacaron y se fueron. Casi todos eran militares.

El espasmo imperial norteamericano no se saciaba. Ya tenían el enorme país de costa a costa, ahora convenía asegurarlo. En 1890 el Almirante Alfred Thayer Mahan publicó un libro muy significativo: The Influence of Sea Power Upon History: 1660-1783. Viene a plantear que el peso y éxito de Inglaterra en los asuntos del mundo se derivan de la marina mercante y la militar, y éstas son posibles gracias a las bases y las colonias que les dan apoyo. 

La obra la leen, y se convencen, Cabot Lodge en el Senado y Teddy Roosevelt en el Gobierno, quien fue nombrado viceministro de la Marina por el presidente William McKinley. Roosevelt renuncia para sumarse a los Rough Riders que sirvieron de vistosa punta de lanza al enfrentamiento con España en 1898. España le proporcionaría a Estados Unidos, ready made, las bases que necesitaba en el Caribe y en el Pacífico para transformarse en una potencia planetaria.

Estados Unidos, tras engullir las colonias españolas, entra en el siglo XX como la primera economía del mundo. No tardará en fundar, poco a poco, un aparato militar en consonancia.

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