El ministro Alpidio Alonso y yo

Dejen de traficar con "almas muertas" y abracen la modernidad para que nuestro pueblo la pueda conocer y valorar

Fidel Castro, Alpidio Alonso y Abel Prieto. (La Jiribilla)
Fidel Castro, Alpidio Alonso y Abel Prieto. (La Jiribilla)

Recientemente artistas e intelectuales cubanos protagonizaron una protesta frente al Ministerio de Cultura. La diversidad de escritos en internet refiriéndose a lo mismo hacen redundante cualquier análisis, y de redundancias estamos los cubanos hasta la coronilla. Además, hace mucho tiempo que no visito Cuba y aunque la milonga de Gardel repita "que veinte años no es nada", para mí, veinte años son una eternidad. En términos de desarrollo humano, Cuba parece estar varada donde la dejé en 1994, en particular en lo que se refiere a la falta de tolerancia al disentimiento y la diversidad, como muestran los hechos posteriores a la protesta y el involucramiento del ministro de Cultura. Tampoco es que quiera escribir sobre eso. Es obvio. En su lugar quiero contar una historia; lo anecdótico siempre resulta más interesante y revelador que los escritos académicos.

Conocí al actual ministro de Cultura de Cuba, Alpidio Alonso, mientras cursábamos el preuniversitario. Debo añadir, superficialmente, una muestra de eso: yo siempre me dirigí a él como Elpidio hasta que alguien de por allá, de La Dalia, Yaguajay, me sacó del error. Nos cruzamos varias veces estando en la Universidad Central de Las Villas, y lo vi por última vez cuando él trabajaba en Planta Mecánica, en Santa Clara. Aunque tenemos más o menos la misma edad, en el preuniversitario yo estaba un curso por encima y asumo que, con las boberías típicas de la edad y si no existe una motivación especial, uno no presta mucha atención a los estudiantes de grados inferiores, así que no recuerdo tuviésemos mucha interacción en ese tiempo.

Se me acercó sonriendo y lo primero que dijo fue algo así como: "Coño, qué alegría verte, tú no sabes cuanto te admiro yo a ti"

Por eso me sorprendió cuando, un día, viajando en la ruta 3 hacia la universidad, me encontré con Alpidio. Se me acercó sonriendo y lo primero que dijo fue algo así como: "Coño, qué alegría verte, tú no sabes cuanto te admiro yo a ti". Nunca he creído tener atributos especiales o don de gentes, por lo que este tipo de comentarios me son indiferentes. No obstante, admito que sus palabras me conmovieron, fueron justas y sinceras. En última instancia, era una conversación entre guajiros, y lo mismo en La Dalia que en Punta Diamante, donde yo nací, se acostumbraba a hablar el idioma sin dobleces y a sonreír con el alma.

¿Por qué me admiraba Alpidio en ese tiempo? Trataré de ser breve. Resulta que en el verano de 1980, en el pre donde estudiábamos, se organizó un acto de repudio contra un estudiante que dejaba la escuela para irse por el Mariel y contra su padre, quien vino a recogerlo. El director de la escuela llamó a su oficina a algunos estudiantes, responsables de la Federación de Estudiantes de la Enseñanza Media (FEEM), Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) y varios agitadores, a los cuales pronto se unió casi el resto de la escuela, movidos ya fuera por curiosidad o simplemente morbo. Para salir de la escuela y alcanzar la carretera que conectaba los municipios más cercanos había que caminar alrededor de dos kilómetros por un terraplén polvoriento. Esta ruta se convirtió en un viacrucis inesperado e inimaginable que duraría horas para aquel par de seres indefensos. Al principio, los estudiantes usaban solo gritos de "escorias", "traidores", "pin pon fuera, abajo la gusanera". Pronto la agresión verbal se tornó en violencia física y los tiraron al suelo, los arrastraron y los golpearon. Yo, que hasta ese momento no había sido más que un espectador pasivo acompañando la marcha, empecé a sentirme incómodo, muy incómodo. Salté en medio de aquel circo romano y le grité a Papito, el principal instigador, con todas mis fuerzas. "Esto es una vergüenza, el que los toque de nuevo se las ve conmigo". Yo no tengo un físico intimidante para nada, pero debí de ser muy convincente, pues los ánimos comenzaron a serenarse, aunque después Papito insistiera en desquitarse queriendo despojar al muchacho del uniforme y obligándolo a cantar el himno parado encima de un pilote de concreto que la empresa Cable Coaxial había dejado abandonado. A esto también me opuse, pero lo hicieron de cualquier manera.

Aunque siento que hice lo correcto en aquel momento y hasta podría sentirme orgulloso de la forma en que reaccioné, la verdad es que mi actitud no respondía a intenciones heroicas ni mucho menos. Aquello era claramente un atropello, excepto para una masa cegata y envilecida. Atesoré aquella experiencia y, aunque nunca tuve mayor interés en una carrera política dentro del sistema cubano, no hay dudas de que me marcaría lo suficiente como para rechazarla cuando estuvo a mi alcance. A las personas con un mínimo de dignidad no les es difícil escoger entre la conveniencia forzosa y la decencia. Ese día en la guagua le agradecí a Alpidio que recordara aquel evento triste, porque la mala memoria es abundante en Cuba.

En esa ocasión, le pregunté por su carrera de ingeniero eléctrico y con los pies encima del buró y sonriente me respondió: "Escribo poesía". Le pregunté por los hornos de inducción y me dijo: "¿Los hornos de qué? Esos no se encienden desde los tiempos de Ñaña Seré"

La última vez que nos encontramos Alpidio y yo fue por casualidad. Pedro Miret Prieto había visitado la universidad trayendo el plan mesiánico de moda, producir acero inoxidable, y a un grupo de profesores de la universidad nos mandaron a "explorar" Planta Mecánica. En esa ocasión, le pregunté por su carrera de ingeniero eléctrico y con los pies encima del buró y sonriente me respondió: "Escribo poesía". Le pregunté por los hornos de inducción y me dijo: "¿Los hornos de qué? Esos no se encienden desde los tiempos de Ñaña Seré". Me dio la impresión de sentirse frustrado con su situación, pero fue amable como siempre. El recuerdo que conservo de Alpidio es el de alguien inteligente, sensible, además de una persona decente que me caía bien. Nos despedimos y no supe más de él hasta que recientemente me enteré de que es ministro de Cultura y protagonista de ciertos hechos, en relación con la protesta, que lo hacen irreconocible para mí.

No pretendo dar lecciones de moralidad o cuestionarme las motivaciones de nadie para actuar de una forma u otra. Todos sabemos de las limitaciones que tienen los dirigentes cubanos para hacer cualquier cambio. Todos sin excepción han sido atrapados y sobreviven inmersos en (y para) servir una ideología estúpida, inútil, foránea, extemporánea y malévola que los incita a repetir una y otra vez los tristes eventos de Camarioca, El Mariel, Guantánamo y a la vez sentir cierto orgullo en el desmadre.

Mi consejo al ministro y a los dirigentes cubanos sería el de rechazar esa ideología que recientemente destruyó el país más rico de Hispanoamérica en apenas quince años. Dejen de traficar con "almas muertas" y abracen la modernidad para que nuestro pueblo la pueda conocer y valorar. Se ha creado un abismo entre cubanos y el responsable es esa ideología que, más que una religión, es el fruto de un trastorno mental. Rechácenla. El pueblo de Cuba todo, el de aquí, el de allá y el de acullá se los agradecerá. ¿Que quién soy yo para tales recomendaciones? Pues podría responderles con unos versos del ministro: yo "clavé una estaca en el maligno ojo de El Gigante/Mas sigo siendo Nadie". Vivo feliz en algún lugar de este mundo donde libremente puedo separar la insensatez de la comprensión, la virtud de la maldad, pero más importante, puedo separar el miedo del amor.

Este modesto escrito no tiene otra pretensión que la de hacer un llamado, desde la posición del ciudadano común, a evitar la violencia, incluyendo la violencia omnímoda del Estado ejercida siguiendo los preceptos de una ideología. No existe nada peor para un país que el intento de moldear la inteligencia desde el poder. Aclaro que yo no sé latín ni la cabeza de un guanajo, pero he conservado por años una frase que resume la intención de mi mensaje y que todavía se puede leer en el Palacio del Rector de la ciudad vieja de Dubrovnik, antigua sede del Gobierno y residencia del príncipe: Obliti privatorum publica curate. La traducción aproximada es: Olvide lo privado y preocúpese por lo público. Creo que esta exhortación a ser servidores públicos y no soberanos manejadores del poder le ajusta muy bien al ministro y a los dirigentes cubanos.

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Nota de la Redacción: El autor fue profesor de Química de la Universidad Central de Las Villas entre 1986 y 1994.

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