Castillo "justifica" su primer año de gestión y el Congreso peruano lo abuchea

El presidente de Perú es la oveja negra del populismo latinoamericano, muchos pasos atrás en la "sofisticación" de izquierdas a la que aspiran sus colegas

Castillo tartamudeó, elevó dos libros de medidas en el aire, como si fueran las Tablas de la Ley, y los entregó a la presidenta del Congreso. (Captura)
Castillo tartamudeó, elevó dos libros de medidas en el aire, como si fueran las Tablas de la Ley, y los entregó a la presidenta del Congreso. (Congreso de la República del Perú/YouTube/Captura)
Xavier Carbonell

29 de julio 2022 - 23:01

Salamanca/Cuando Pedro Castillo subió a la tribuna hace precisamente un año, con su banda presidencial, su tartamudez retórica y los atributos de un mesías proletario, sólo los muy ingenuos no advirtieron el truco. El "maestro" echaba mano, por enésima vez, del arsenal simbólico del populismo, la "roja plaga" –diría Calibán– que siempre muerde a Latinoamérica.

Un año después, Castillo tiene el nervio de personarse frente al Congreso de Perú, en el aniversario 201 de la independencia, para rendir cuenta de su gestión durante estos doce meses. Lo tiene difícil. La voz se le quiebra, recurre al indispensable victimismo del tirano: se han burlado de mí y de mi familia, he sufrido simbólicas bofetadas, no hemos tenido un minuto de tregua.

Todos mis enemigos, dice, han insultado "la majestad de la Presidencia de la República". Castillo barre su incompetencia bajo la alfombra del resentimiento. Acusa a los medios de comunicación, cuyo rechazo es tan coherente y total que se han convertido en un frente de oposición política.

Pero los peruanos "siguen esperando la independencia", lamenta Castillo, como si la llevara en el portafolio presidencial y pudiera exhibirla, para asombro de los congresistas, como una criatura imaginaria.

Castillo barre su incompetencia bajo la alfombra del resentimiento, y acusa a los medios de comunicación, cuyo rechazo es coherente y total

Él es la independencia, la República, el que vino a salvar al país, espantando todos los "negativos presagios infundados" con que el conservadurismo peruano pretendía embrujarlo. "Seguimos avanzando", garantiza con una sonrisa nerviosa, y como un escupitajo le cae el grito de "¡corrupto!", cuyo origen no registran las cámaras.

"Nada más opuesto y distante a mis valores son los actos de corrupción e inconductas, tal como se ha registrado en la historia cuando desfalcaron el erario y los bienes públicos", desvaría, con su indecisa sintaxis y sus saltos en el tiempo.

Luego pronunció una larga letanía de medidas propuestas por su gabinete, no sin antes apremiar a los conservadores con su "reforma política integral de las bases constitucionales" y una nueva "asamblea constituyente".

El señor presidente, investido con su banda bicolor y refugiado en el estrado, dijo que los periodistas "se van a cansar de buscar las pruebas" de la corrupción que le atribuyen. Casi al finalizar el panegírico de salvación a través de su mandato, Castillo fue abucheado por los congresistas.

No se trata de una inconformidad minoritaria, sino de un parlamento entero puesto de pie y exigiendo el fin de la puesta en escena, quizás no solo por indignación, sino también por aburrimiento.

Castillo tartamudeó, elevó dos libros de medidas en el aire, como si fueran las Tablas de la Ley, y los entregó a la presidenta del Congreso. Luego saludó y ejecutó un par de sonrisas, vacías y dirigidas a su cuarta pared mental, única defensa contra los gritos de los parlamentarios.

A Pedro Castillo le queda bastante tiempo en la silla presidencial, si no lo quita de ahí la desagradable tradición americana del golpe militar

Pedro Castillo es la oveja negra del populismo latinoamericano, lo cual es mucho decir, considerando el panorama en que se mueve. ¿Cuál es su lugar en la sagrada familia de la izquierda en el continente? No entrará al paraíso rojo de Maduro, Ortega y sus compinches de La Habana. No es rentable ni manejable para Alberto Fernández ni para Luis Arce, menos aún para López Obrador. No lo ven con buenos ojos Petro, el viejo guerrillero, ni el flamante Boric. Está muchos pasos atrás en la sofisticación del comunismo a la que aspiran sus colegas.

"No podemos tener presidentes así y aspirar al progreso", afirmó hace poco Mario Vargas Llosa, que dijo sentir vergüenza, como peruano, al escuchar hablar y legislar al "maestro".

A Pedro Castillo le queda bastante tiempo en la silla presidencial, si no lo quita de ahí la desagradable tradición americana del golpe militar, o la más deseable cesión democrática de su mandato. Sujetos así tienden a degenerar sus prácticas, volverlas más agresivas e impredecibles a medida que avanza el tiempo.

Triste, solitario y final –predijo Borges–: así acaban los pequeños caudillos cuando juegan al ajedrez regional con los peones del socialismo barato.

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