López Obrador o el arte de lanzar demasiadas promesas

Ya hace meses que los electores perciben un giro entre el programa del presidente y los primeros gestos tras resultar electo

Andrés Manuel López Obrador durante un acto en Juchitán de Zaragoza, México, en septiembre pasado. (Yoani Sánchez)
Andrés Manuel López Obrador durante un acto en Juchitán de Zaragoza, México, en septiembre pasado. (Yoani Sánchez)

Nadie me lo contó, yo estaba allí. El sol hacía picar la piel en Juchitán de Zaragoza, México, una localidad todavía medio derruida por el terremoto que justo un año antes asoló su territorio. Andrés Manuel López Obrador llegó para dar un discurso, pero no todo el público aplaudió ni parecía creerse sus promesas. Una parte le lanzó consignas claras y duras: "¡Fuera del Istmo!" (de Tehuantepec), gritaron algunos.

Ese día, cuando por accidente mi camino y el de Amlo (como se conoce al presidente en México) se cruzaron, pensé que me encontraría una avalancha apasionada de sus simpatizantes pero no fue así. En realidad, en Oaxaca se hablaba de "la traición de Obrador", del giro que había dado entre su programa para alcanzar la presidencia y de los gestos que hizo tras haber sido electo. Se percibía ya cierto desencanto y frustración por las contradicciones que empezaban a mostrar.

Curtida en la oratoria de los populistas, aquel día me pareció encontrar en su alocución los manidos giros del lenguaje usados para buscar el aplauso y obtener de los convocados una respuesta más devota que reflexiva

Curtida en la oratoria de los populistas, aquel día me pareció encontrar en su alocución los manidos giros del lenguaje usados para buscar el aplauso y obtener de los convocados una respuesta más devota que reflexiva. Recuerdo haberle oído decir que construiría "carreteras de concreto" y que haría de la zona un "parque industrial". Habló de dar empleo a todos, de elevar los salarios y de acabar con la pobreza de la zona.

Llegó el mediodía y el orador terminó su discurso. Salió rápidamente por la parte de atrás de la tribuna mientras los gritos en su contra subían de tono a un costado del escenario. Sentí que había estado frente a una representación teatral, calculada pero torpe, una escenificación profesional que a mis oídos de ciudadana nacida y crecida en un autoritarismo le sonaba conocida y peligrosa.

Este 1 de diciembre, el hombre que escuché hablar en Juchitán de Zaragoza fue investido presidente de México. Sobre sus hombros carga las esperanzas de millones que lo eligieron hastiados de los políticos tradicionales, la corrupción y el flagelo de la inseguridad. Para ellos, Amlo es una apuesta para lograr sanear las instituciones, desarrollar programas sociales que mejoren la vida de muchos mexicanos y den una adecuada respuesta a la violencia.

Ciertos visos de culto a la personalidad comienzan a aflorar en el Gabinete de Amlo y los actos de movilización pública, durante los que el líder desarrolla una labor hipnótica a través de la palabra

Aunque apenas comienza su mandato, es fácil aventurar que no podrá cumplir tantas promesas, en parte porque algunas de ellas resultan totalmente quiméricas. Otras las alcanzará a un costo dañino para la nación, apelando a prácticas clientelares y acumulando demasiado poder de decisión en sus manos, bajo la justificación de que todo se haga más expedito o mejor. El mayor riesgo es que termine por devorar con su persona las instituciones y que se trague la imperfecta democracia mexicana bajo el pretexto de que el país necesita una profunda renovación.

Ciertos visos de culto a la personalidad comienzan a aflorar en el Gabinete de Amlo y los actos de movilización pública, durante los que el líder desarrolla una labor hipnótica a través de la palabra, ya se han vuelto parte de su forma de gobernar incluso antes de que recibiera la banda presidencial. Sus seguidores no admiten críticas, él evade respuestas cuando se le cuestiona y su relación con la prensa comienza a hacer saltar chispas, sobre todo cuando trata a los reporteros como niños o besa a una periodista para evitar una cuestión incómoda. Al presentarse como redentor de una nación, espera a cambio la veneración sin límites de los mexicanos, que le entreguen su confianza absoluta para él resolver los entuertos nacionales.

Su obstinación, de la que sin dudas dan fe los varios intentos que hizo por llegar a Los Pinos, puede ser una virtud a la hora de aplicar soluciones pero también un arma de doble filo que lo lleve al más feroz de los voluntarismos. Será un reto para sus ministros y funcionarios más cercanos maniobrar con esa tromba humana que cree tener respuestas para todos los problemas y conocer la manera de salir de cada atolladero.

Por lo pronto, el primer "efecto Amlo" con el que deberán lidiar los mexicanos es con la polarización

Por lo pronto, el primer "efecto Amlo" con el que deberán lidiar los mexicanos es con la polarización. Ese enfrentamiento que se ha instalado en la sociedad y que amenaza con sentarse a la mesa de todos los hogares. Se acabaron las medias tintas, ahora solo se puede aplaudir o rechazar su gestión, una dicotomía que mina el sano debate y la moderación que necesita el discurso público en cualquier democracia.

Confundir la nación con un Partido, la patria con una ideología y el pueblo con un hombre, como ha ocurrido en el triste caso de Cuba, trae consecuencias devastadoras para la soberanía ciudadana, la independencia de las instituciones y la libertad de expresión. Que un individuo se erija salvador de millones de personas debería asustarnos tanto como los golpes de estado. Ellos empiezan repartiendo prebendas y terminan encerrándonos en la jaula autoritaria. Nadie me lo contó, yo lo he vivido.

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