El Muro y los nuevos muros

El capitalismo moderno es hoy puesto al servicio de una nueva y peculiar especie de totalitarismo, hipermoderno y brutal. Una posibilidad así, estaba totalmente fuera del radar de los amantes de la libertad en 1989

La caída del Muro de Berlín (Foto de archivo)
Bastaba que alguien lo dijera en voz alta para que la ilusión que mantenía en pie el régimen comunista y su muro de la vergüenza se derrumbara. (Archivo EFE)

Un complejo infernal

El Muro de Berlín fue una ominosa realidad física que le costó la vida a muchos y la libertad a muchísimos más. Pero también fue un símbolo, una idea convocante y movilizadora. Tanto para quienes lo aplaudían como para quienes lo señalaban como una ignominia. Fue el emblema de una dramática lucha a escala global entre quienes defendían la libertad y quienes estaban dispuestos a sacrificarla en aras de una futura sociedad comunista que nos redimiría de todos los males que han poblado la existencia humana.

El muro nació en la oscuridad, por la noche del 12 al 13 de agosto de 1961. Su objetivo era claro: detener la huida de alemanes ansiosos de libertad y progreso. Luego se fue ampliando. Creciendo como una maraña de muerte en la medida en que las fugas ponían en evidencia sus puntos débiles, hasta constituir aquel complejo infernal que con el tiempo llegó a ser. Era, en realidad, mucho más que un muro.

Unas 5.000 personas lograron escapar a través de lo que probablemente era la frontera más vigilada del mundo. Sin embargo, también miles fracasaron en el intento y unos 160 perdieron la vida

Lo que se veía desde el lado occidental de la ciudad era sólo el muro exterior. De cara al lado oriental estaba el muro interior, precedido de un espacio en el que los guardias podían disparar sin aviso previo sobre quienquiera que se adentrase en él. Entre ambos muros estaba la "franja de la muerte", con sus 302 torres de vigilancia, sus fortificaciones, vallas metálicas y trampas, sus alambres de púas y minas antitanque, sus miles de soldados fuertemente armados y cientos de perros amaestrados en la persecución de quien se atreviese a aventurarse en aquel infierno.

A pesar de ello, unas 5.000 personas lograron escapar a través de lo que probablemente era la frontera más vigilada del mundo. Sin embargo, también miles fracasaron en el intento y unos 160 perdieron la vida en ese espacio de muerte de unos 155 kilómetros de largo que encerraba a Berlín Occidental.

Cruzando el muro

Crucé por primera vez el muro en 1971, cuando aún no cumplía los 21 años. Venía en auto con algunos conocidos desde el lado comunista. Atravesar hacia la parte occidental de la ciudad implicaba pasar, zigzagueando, por una interminable cantidad de obstáculos y controles. El Volkswagen Escarabajo en el que viajábamos fue revisado de una manera tan exhaustiva que incluso en aquellas circunstancias parecía excesiva para quienes, como nosotros, no conocíamos la historia de los tres Escarabajos VW 1200 de Kurt Wordel, en cuya parte delantera logró esconder a muchos de los 55 berlineses que con su ayuda cruzaron el muro entre 1964 y 1966.

Después de superar tantas inspecciones y barreras nuestra llegada al lado occidental fue algo desconcertante: nadie nos esperaba allí para controlarnos, ni siquiera para comprobar nuestra identidad. Sólo vimos un letrero en inglés anunciando nuestra entrada a la zona estadounidense de Berlín. Estábamos en el célebre Checkpoint Charlie, en cuyo museo –Mauermuseum Haus am Checkpoint Charlie– se encuentra uno de los milagrosos Volkswagen de Kurt Wordel y donde, en octubre de 1961, estuvieron frente a frente los tanques de Estados Unidos y de la Unión Soviética, en uno de aquellos momentos críticos de la Guerra Fría que podrían haber desencadenado la Tercera Guerra Mundial.

La pleamar totalitaria

Por entonces, en 1971, era inimaginable que tanto el Muro como la autodenominada República Democrática Alemana (RDA), con su enorme Partido Comunista (cuyo nombre oficial era Partido Socialista Unificado de Alemania), que llegó a tener más de dos millones de militantes en un país de unos 16 millones de habitantes, y su omnipresente policía secreta, la Stasi, algún día no fuesen más que un amargo recuerdo. Tampoco era posible imaginar que la Unión Soviética y su imperio fuesen pronto a desaparecer. A comienzos de los años 70 esa gran potencia contaba con decenas de miles de armas nucleares, un ejército de unos cinco millones de efectivos y un movimiento comunista que todavía avanzaba por el mundo como una marea incontenible, con el apoyo de las incontables organizaciones de "tontos útiles" y "compañeros de viaje" que lo secundaban.

Por entonces, en torno a una tercera parte de la humanidad estaba regida por partidos marxista-leninistas que habían impuesto un orden social totalitario

Hacía no mucho, en 1968, los soviéticos habían demostrado su fuerza aplastando con mano de hierro la Primavera de Praga, tal como antes lo habían hecho en Alemania del Este (1953) y Hungría (1956). En Indochina, África subsahariana e incluso América Latina sus aliados hacían grandes progresos. A su vez, los grandes partidos comunistas de Europa occidental, como el francés y el italiano, obtenían espectaculares éxitos electorales, superando el 20% (en Francia) e incluso el 30 % (en Italia) de los sufragios.

Era la pleamar o momento estelar de aquel movimiento que había irrumpido en la historia mundial el año 1917: el comunismo revolucionario de inspiración marxista, forjado pacientemente por Lenin, consolidado con el asalto al poder en Rusia de su gran creación, el partido bolchevique, y difundido universalmente por Stalin y sus continuadores. Por entonces, en torno a una tercera parte de la humanidad estaba regida por partidos marxista-leninistas que habían impuesto un orden social totalitario. En esos momentos, para muchos, entre los que me contaba, la sociedad abierta y democrática parecía condenada a sucumbir ante el embate de esa fuerza arrasadora que perseguía –aún a costa de infinitos sufrimientos– la realización de la utopía comunista.

Un gigante con pies de barro

Sin embargo, apenas faltaban unos quince años para que se produjese el espectacular derrumbe de ese gigante con pies de barro que era la Unión Soviética y sus satélites europeo-orientales. Las causas del colapso fueron variadas. Muchas de ellas eran circunstanciales, como el fracaso en la guerra derivada de la invasión de Afganistán en diciembre de 1979, la impotencia ante el desafío del programa militar de Ronald Reagan conocido como "Guerra de las Galaxias" o un Papa, Juan Pablo II, dispuesto a jugársela decididamente por la resistencia al comunismo. Sin embargo, más allá de ello existían causas de fondo que condenaban al sistema soviético al fracaso.

Aplastar totalmente la individualidad en nombre del colectivismo tiene un alto precio. Su resultado fue una creciente debilidad militar y un atraso económico

Se trataba, en lo esencial, de la falta de libertad y creatividad propia de un sistema de asfixiante planificación burocrática. Aplastar totalmente la individualidad en nombre del colectivismo tiene un alto precio. Su resultado fue, más allá de la apatía y el escapismo que se manifestaba en el aumento del alcoholismo y otras conductas autodestructivas, una creciente debilidad militar y un atraso económico patente frente a las pujantes democracias occidentales. Ello forzó a los dirigentes soviéticos a promover aquella política de apertura política (glásnost) y reforma económica (perestroika) que impulsó Mijail Gorbachov durante la segunda mitad de los años 80. Esto produjo, a su vez, un relajamiento de la sumisión absoluta que caracterizaba las relaciones entre la Unión Soviética y sus satélites. Por tanto, la caída del Muro fue parte de un proceso de debilitamiento paulatino de todo el bloque soviético y un resquebrajamiento de la así llamada "cortina de hierro", que separaba los regímenes comunistas europeos de las democracias occidentales.

Wir sind das Volk

No obstante lo anterior, no es posible entender lo que ocurrió, con su rapidez y consecuencias asombrosas, sin conocer algunas de las circunstancias particulares que llevaron a aquella célebre noche del 9 de noviembre de 1989.

Ya en 1982 habían comenzado a celebrarse cada lunes, en la iglesia de San Nicolás en Leipzig, las "oraciones por la paz". Primero fueron muy pocos los que se unieron al llamado del pastor Christian Führer, pero luego su número fue aumentando, convocando también a más y más disidentes de otras ciudades alemanas. El año 1989 fue crítico. El 8 de mayo las autoridades, cada vez más alarmadas, bloquearon las calles de acceso a la iglesia, pero ello sólo atrajo más visitantes y el 4 de septiembre los equipos de la televisión de Alemania Occidental filmaron a los congregados allí exhibiendo algo tan insólito en la historia de la RDA como un cartel en el que se leía: "Por un país abierto y con gente libre". 15 segundos demoró la Stasi en intervenir, pero la señal fue potente: el miedo retrocedía y el reino del terror totalitario se resquebrajaba.

El detonante definitivo vino de la pequeña ciudad de Plauen. Se congregaron el 7 de octubre de 1989, día en que se celebraba el aniversario número 40 de la RDA, entre 10.000 y 15.000 manifestantes que recorrieron sus calles pidiendo reformas y libertad

El detonante definitivo vino de la pequeña ciudad de Plauen, ubicada a unos cien kilómetros al sur de Leipzig. En esa ciudad de unos 60.000 habitantes se congregaron el 7 de octubre de 1989, día en que se celebraba el aniversario número 40 de la RDA, entre 10.000 y 15.000 manifestantes que recorrieron sus calles pidiendo reformas y libertad. Algo así nunca había ocurrido en la Alemania comunista. La iniciativa provino de un joven de apenas 21 años, Jörg Schneider, que con ayuda de su modesta máquina de escribir y mucho papel calco redactó unos 200 panfletos convocando a una manifestación para el día 7 que fueron repartidos, la noche del 3 de octubre, por él mismo y un grupo de amigos. El número de manifestantes que respondieron a su llamado fue tal que desbordó a la policía, que no pudo sino contemplar impotente algo que hasta entonces se consideraba imposible.

Dos días después, el lunes 9 de octubre, las oraciones por la paz convocaban unos 70.000 asistentes que llenaron la iglesia de San Nicolás y sus alrededores, para luego recorrer pacíficamente las calles de Leipzig exigiendo una apertura política que siguiese el ejemplo ya dado por Gorbachov en la Unión Soviética. La policía fue, una vez más, desbordada y pronto se escucharía por doquier el potente Wir sind das Volk ("Nosotros somos el pueblo"), consigna que simbolizaría el levantamiento contra la tiranía comunista. El lunes siguiente concurrieron 120.000 personas a la oración por la paz y dos días después, en un intento por apaciguar la situación, renunciaba Erich Honecker, el máximo dirigente comunista de la RDA. Pero la marea libertaria era ya incontenible. El lunes 23 de octubre fueron 300.000 los manifestantes congregados en Leipzig y el 4 de noviembre se reunía medio millón de personas en la Alexanderplatz de Berlín.

A esas alturas el caos era total en el seno de la dirección comunista que ya no podía contar con las tropas soviéticas para aplastar a su propio pueblo. Por ello el final fue de opereta, lleno de equívocos y pacífico. Como en el cuento del emperador desnudo, bastaba que alguien lo dijera en voz alta para que la ilusión que mantenía en pie el régimen comunista y su muro de la vergüenza se derrumbara.

Nuevos muros

La historia del muro de Berlín nos deja una serie de lecciones: sobre las debilidades del totalitarismo estilo soviético, sobre la resiliencia y heroísmo tranquilo de quienes finalmente lo derribaron, sobre la razón utópica y su capacidad de justificar lo injustificable. Pero también sobre las ilusiones de quienes creyeron que habíamos llegado al fin feliz de la historia y que la lucha por la libertad estaba ya ganada.

La caída del muro fue doble: física y simbólica. Marcó el colapso definitivo del imperio soviético y de la utopía comunista tal como la habíamos conocido hasta entonces. China había dado ya un paso decisivo en esa dirección, al introducir paulatinamente el capitalismo como fundamento económico de su régimen dictatorial, pero su impacto inmediato fue infinitamente menor comparado con lo ocurrido en Berlín el 9 de noviembre de 1989 y, dos años después, la autodisolución de la Unión Soviética.

Un autoritarismo sustentado por la potencia del capitalismo y de las tecnologías digitales ha surgido como un amenazante horizonte distópico, mucho más realista de lo que nunca fue la utopía comunista

No fue, sin embargo, el alegre "fin de la Historia" del que nos habló Francis Fukuyama en un célebre ensayo de agosto de 1989. A diferencia del sistema capitalista, que se imponía universalmente, el triunfo de la sociedad abierta y de la democracia liberal estaba muy lejos de ser definitivo. Eso es evidente hoy. Un autoritarismo sustentado por la potencia del capitalismo y de las tecnologías digitales ha surgido como un amenazante horizonte distópico, mucho más realista de lo que nunca fue la utopía comunista.

En comparación, el muro de Berlín empequeñece ante la gran muralla electrónica –The Great Firewall o Proyecto Escudo Dorado, como oficialmente se llama– que hoy protege a la dictadura china de los eventuales deseos de libertad de sus propios ciudadanos. En perspectiva, incluso la tan temida Stasi parece un instrumento primitivo comparando con las sofisticadas armas de que dispone el Ministerio de Seguridad Pública de China.

No deja de ser una gran paradoja o astucia de la Historia, como diría Hegel. El capitalismo moderno, es decir, un sistema de mercado con altos niveles de libertad económica, que fue una de las armas decisivas para derrotar al totalitarismo soviético, es hoy puesto al servicio de una nueva y peculiar especie de totalitarismo, hipermoderno y brutal. Una posibilidad así, estaba totalmente fuera del radar de los amantes de la libertad en 1989.

Muchos liberales creían, de una forma que a su manera recuerda al marxismo, en la existencia de un cierto determinismo entre progreso tecnológico, crecimiento económico y surgimiento de clases medias, por una parte, y el avance de la libertad en un sentido pleno de la palabra, por otra parte. Pero, lamentablemente, no parece ser así. La Historia, como Karl Popper no se cansaba de repetirlo, no tiene un sentido predeterminado. Por el contrario, siempre está abierta y nos sorprende constantemente. El futuro depende siempre de nosotros, aquí y ahora.

Nuevos muros se han levantado en una era cada vez más marcada por el nacionalismo agresivo, el populismo ramplón, los fundamentalismos militantes, el proteccionismo, las guerras comerciales y una creciente xenofobia. Muchas democracias han tomado un rumbo decididamente iliberal y lo que Samuel Huntington llamó la "tercera ola de democratización" está dando paso a un potente reflujo autoritario. Por su parte, la intolerancia comienza a campear incluso en los viejos centros del pensamiento libre y el diálogo es suplantado por la violencia de los nuevos inquisidores de la corrección política.

Por todo ello es apropiado terminar este texto recordando una célebre frase pronunciada por Wendell Phillips en 1852 que comúnmente se le atribuye a Thomas Jefferson: "El precio de la libertad es la eterna vigilancia". O, como ya lo había expresado el irlandés John Philpot Curran en 1790: "La condición bajo la cual Dios le ha dado la libertad al hombre es la vigilancia eterna".

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Mauricio Rojas es investigador de la Facultad de Economía y Negocios de la Universidad del Desarrollo, en Santiago de Chile, y Senior Fellow de la Fundación para el Progreso

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