El apagón y la escasez, armas de dominación social y control político en Cuba
No es un fallo del sistema, es el sistema en sí mismo para preservar su poder autoritario y agotar a sus adversarios a través de la privación planificada
La Habana/Malmö (Suecia)/Para el observador casual o el analista macroeconómico, el colapso del sistema electroenergético cubano y las interminables colas para conseguir comida son los síntomas unívocos de un Estado fallido e ineficiente. Sin embargo, cuando se desciende a la escala de la vida cotidiana y se escuchan las vivencias de quienes sobreviven a jornadas de hasta 30 horas consecutivas a oscuras, emerge una realidad mucho más siniestra.
La escasez y los apagones en Cuba no deben leerse únicamente como accidentes técnicos o crisis coyunturales; constituyen, en su dimensión más profunda, un mecanismo de control político ordinario: una gobernanza a través de la privación.
Viví esta realidad de primera mano durante los meses de enero y febrero de este año (2026), en medio de un período especialmente crítico para la estabilidad de la Isla. Al realizar mi trabajo de campo etnográfico sobre el terreno, saltando de apagón en apagón, comprendí que la asfixia del día a día no es un fallo del sistema: es el sistema en sí mismo.
El poder autoritario moderno no se limita a castigar o dictar leyes; se especializa en gestionar la vida, los cuerpos y los ritmos de la población. En Cuba, esta gestión no se realiza desde la abundancia, sino desde la administración quirúrgica de la carencia. Al institucionalizar la precariedad, el régimen desplazó el eje de la existencia ciudadana: el horizonte de las personas deja de ser la autorrealización, la participación política o la disidencia, y pasa a ser, obligatoriamente, la pura supervivencia biológica diaria.
Esta absorción sistémica de la energía vital produce un sujeto profundamente exhausto
El apagón prolongado opera como un violento dispositivo de vaciado físico y mental. Un individuo que pasa más de un día entero sin fluido eléctrico ve anulada de inmediato su soberanía temporal. El tiempo –que en condiciones de normalidad se emplea en el ocio, el debate público, la organización comunitaria o el pensamiento crítico– queda confiscado por la contingencia absoluta. ¿Cómo conservar la poca comida que se tiene? ¿Cómo mitigar el calor sofocante o proteger a los niños de las plagas? ¿A qué hora volverá la corriente?
Durante mi reciente investigación etnográfica en la Isla, los testimonios recopilados coincidían en una dolorosa certeza: los apagones y la escasez planificada no son fallos aislados, sino un engranaje que consume el tiempo y la energía de la población, forzándola a dinámicas de dependencia absoluta.
Esta absorción sistémica de la energía vital produce un sujeto profundamente exhausto. La fatiga crónica no es solo un malestar fisiológico; es un amortiguador político ideal. Un cuerpo físicamente agotado por las dinámicas de la escasez y mentalmente drenado por la incertidumbre no dispone del excedente energético necesario para articular la protesta o sostener una contestación colectiva robusta. La resistencia requiere energía y tiempo, dos variables que el aparato de gobernanza cubano extrae deliberadamente de la ciudadanía a través de la privación planificada.
El Estado deviene así en el único, aunque ineficiente, proveedor: una entidad que te quita la luz y el pan para luego racionarte las migajas, forzándote a agradecer la limosna
Lejos de ser una disfunción del modelo, la escasez actúa como el cordón umbilical que ata al individuo con el Estado del que desearía emanciparse. Al desmantelar los mercados autónomos y concentrar la distribución en mecanismos racionados o controlados de forma directa y discrecional, el régimen obligó a la población a orbitar permanentemente en torno a sus canales de asignación.
En lugar de propiciar la solidaridad horizontal o la cohesión civil, la economía de la supervivencia extrema empuja a los individuos a competir entre sí por recursos severamente limitados. La desconfianza mutua y la competencia por el acceso a la subsistencia erosionan el tejido social, fracturando la posibilidad de generar respuestas colectivas frente al opresor. El Estado deviene así en el único, aunque ineficiente, proveedor: una entidad que te quita la luz y el pan para luego racionarte las migajas, forzándote a agradecer la limosna que mitiga temporalmente el sufrimiento que ese mismo Estado provocó.
Este control “biopolítico” se evidencia al chocar con la realidad del turismo internacional. Mientras el cubano que no tiene acceso a remesas es confinado al devaluado peso local y al desabastecimiento crónico, el régimen gestiona una infraestructura paralela y blindada en dólares y euros. Tiendas, restaurantes, hoteles y transportes a menudo exclusivos para extranjeros operan como una burbuja de abundancia inmune a los apagones de 30 horas. Esta segregación económica no solo desmiente la narrativa de la escasez inevitable, sino que añade una capa de humillación estructural: el turista consume en su oasis lo que al nativo le está vedado en su propia tierra, mostrando que en Cuba la gestión de la miseria es, ante todo, una decisión política.
El opresor acorrala al individuo hasta arrebatarle la soberanía sobre su propia piel
Esta asimetría institucional no solo confisca el tiempo y el espacio del ciudadano; penetra también en la esfera más íntima del ser humano: su propia carne. La administración quirúrgica de la carencia empuja de forma inevitable a los sectores más vulnerables de la población hacia dinámicas de explotación dentro del mercado sexual informal.
Cuando el aparato estatal bloquea deliberadamente cualquier vía legal, digna y autónoma de movilidad económica, el cuerpo individual pasa a ser el último recurso disponible para la subsistencia biológica. En la Cuba de la doble economía, la explotación sexual no puede leerse como una elección mercantil libre, sino como un síntoma de asfixia sistémica. El opresor acorrala al individuo hasta arrebatarle la soberanía sobre su propia piel, instrumentalizando la necesidad extrema para abastecer la burbuja turística y convirtiendo la intimidad en otra trinchera subordinada a la divisa extranjera.
Al obligar al ciudadano cubano a concentrar el cien por ciento de sus facultades cognitivas en resolver el almuerzo del día siguiente o en sobrevivir a una noche calurosa de vigilia forzada, el sistema también opera una regresión planificada de las libertades humanas. El ser humano queda reducido a sus funciones meramente biológicas.
Entender la crisis desde esta perspectiva cambia radicalmente la lectura de las esporádicas pero profundas protestas que han sacudido a la Isla en los últimos años
La genialidad perversa de este mecanismo radica en su invisibilidad institucional. No se requiere un despliegue policial en cada esquina ni una represión física abierta a cada minuto para mantener domesticada a una sociedad; basta con cortar el suministro de electricidad por 30 horas y complejizar el acceso a la alimentación. El propio diseño de la vida cotidiana se transforma en el carcelero. La represión se internaliza en forma de cansancio, de colas infinitas y de mentes apagadas.
Entender la crisis desde esta perspectiva cambia radicalmente la lectura de las esporádicas pero profundas protestas que han sacudido a la Isla en los últimos años. Cuando el pueblo cubano sale a las calles al grito de "¡Patria y vida!", no está formulando una simple demanda de mejoras materiales o de mantenimiento técnico. Es un grito eminentemente político: es la rebelión del cuerpo exhausto contra el dispositivo que lo drena; es la exigencia de recuperar la propiedad sobre el propio tiempo, sobre la propia energía y sobre el propio destino.
Denunciar la naturaleza de esta privación es un paso indispensable para desarmar la narrativa oficial. El colapso del sistema no es una fatalidad climática ni el mero fruto de un bloqueo externo; es un modelo de dominación que necesita de la fragilidad del ciudadano para asegurar su propia permanencia. Solo visibilizando el apagón como lo que realmente es –un arma de control social– podrá el pueblo cubano encender las luces de su propia libertad.
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Nota de la Redacción: El autor ha presentado en junio de 2026 en la Universidad de Malmö (Suecia) una investigación académica titulada Perdiendo el Miedo a la Oscuridad: Ethnographic Fieldwork on Digital Resistance and Structural Exploitation in Post-11J Cuba.