La ciudad más lejana

Si bien mi pueblo fue el espacio del mito y la ensoñación, en Santa Clara se abrió para mí la memoria de la Isla

Vista hacia el parque Vidal y el teatro La Caridad, en Santa Clara. (CC)
Vista hacia el parque Vidal y el teatro La Caridad, en Santa Clara. (CC)

Pocas veces un exiliado puede escoger la ciudad en la que acabará sus días. La fortuna interviene, lanza los dados y se barajan las cartas. Ahí donde caemos, vivimos, y tratamos de dar sentido al viaje. La ciudad que acoge al desterrado puede ser vertiginosa o apacible, pero uno se acerca a ella como quien acaricia a un gato. Puede recibirnos pero también mordernos.

Reinaldo Arenas dijo que, al salir de Cuba, sentía el mismo alivio de quien escapa de un incendio. Uno se alegra de haberse salvado, pero luego comprende que su casa, su pueblo, su Isla se quemaron definitivamente. Y no solo por la imposibilidad de regresar, sino porque el exiliado ya abolió un territorio del mapa y lo convirtió en recuerdo.

Esa distancia que establece la memoria entre uno y su país caracteriza al emigrante. Y si, años después, regresamos, es solo para comprobar que la frontera es más firme que nunca.

Sin patria pero sin amo, repite Martí décadas más tarde. Por eso la ciudad más lejana no es aquella que recibe al exiliado, sino la que deja atrás

Como el fragmento de Heredia que leíamos de niños con aburrimiento y desgano: "¿Qué importa que truene el tirano? Pobre, sí, pero libre me encuentro: Sola el alma del alma es el centro". Hay pocos versos más despechados en nuestra literatura. Heredia contempla de lejos, desde el barco, la patria que le niegan, y su venganza es afirmar que ni siquiera la tierra importa, sino el alma, la memoria personal.

Sin patria pero sin amo, repite Martí décadas más tarde. Por eso la ciudad más lejana no es aquella que recibe al exiliado, sino la que deja atrás.

Para mí esa ciudad fue Santa Clara, compacta, provinciana, tranquila. Pasé mi primera juventud entre la Universidad Central –aislada como un monasterio– y la biblioteca del antiguo convento pasionista que es hoy el obispado. Encendí mis primeros tabacos en sus cafés y me aficioné a fumar en las terrazas del parque Vidal, gastando la tarde criolla.

No fui bohemio ni participé de la vida literaria de la ciudad, poblada de buitres y poetastros. Disfrazado de editor, de bibliotecario y estudiante vagabundo, escribía novelas en silencio y me dejaba arrastrar por los piratas, conquistadores, navíos y criaturas del bestiario.

Si bien mi pueblo fue el espacio del mito y la ensoñación, en Santa Clara se abrió para mí la memoria de la Isla. Sin ella no podría escribir. En la biblioteca –el espacio que más extraño de la ciudad– sostuve el único cilindro que se conserva del órgano de la Parroquial Mayor, demolida por Machado en 1923. En ese mismo lugar hojeé libros y autógrafos de patriotas, escritores, presidentes y gente ilustre.

Los restaurantes cerraron, la biblioteca dejó de recibir visitantes, se prohibió fumar, los edificios se desmoronaron. Vinieron las enfermedades y la violencia tras las protestas

Solía sentarme en el parque, mirando el antiguo Gran Hotel Santa Clara Hilton, para adivinar en cuál de sus habitaciones había pasado su primera luna de miel Cabrera Infante y en qué otra permaneció insomne Lezama, quien, de haber soportado estar lejos de La Habana, hubiera sido profesor de la Universidad Central. Todos esos personajes se reunían en la memoria con José Surí, el boticario poeta, la benefactora Marta Abreu y los viejos carabineros mambises, que reclamaban un trago en el misterioso Café del Muerto.

Durante mis últimos meses en Santa Clara, sin embargo, todo se fue apagando, como el país. Los restaurantes cerraron, la biblioteca dejó de recibir visitantes, se prohibió fumar, los edificios se desmoronaron. Vinieron las enfermedades y la violencia tras las protestas. Como a muchos jóvenes, la Isla nos trituró hasta que pudimos irnos.

Como Heredia en la nave que lo arrastraba al exilio, vi por última vez el contorno de la ciudad durante el invierno pasado. Recogimos unos cuantos libros, la pipa de mi bisabuelo, dos cajas de tabaco, algunas reliquias familiares y aterrizamos en Madrid, ciudad que nunca he logrado apreciar completamente.

Luego abordé un tren que recorrió la planicie castellana hasta Salamanca. Llegué tristón y el frío me impidió fumar. Sin embargo, un paseo por la ciudad me bastó para entender que, de toda España, esta era un sitio predilecto para los exiliados, peregrinos y errantes, como Miguel de Unamuno. Vivo ahora junto al Puente Romano que cruzó el Lazarillo, sobre el Tormes, frente a la catedral, la universidad y el huerto de Calisto y Melibea, terciados por la grotesca Celestina.

Salamanca rima de modo secreto y entrañable con Santa Clara, como Cuba lo hace con España. También es pequeña y silenciosa, ideal para la escritura y el retiro, y cuando viajo fuera de ella, por la Península, añoro regresar a casa. Aquí, entre libros y pensando en la Isla, por fin "el alma del alma es el centro".

El exilio, a pesar de la lejanía, también es aventura y aprendizaje. No sé cuándo podremos retornar a la ciudad más lejana, pero –como los antiguos troyanos después de la invasión– llevo conmigo las reliquias de la Isla, memoria, tabaco y viejas palabras: cualquier lugar es mi país.

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