Cuba contra Cuba: el verdadero conflicto nunca ha sido entre La Habana y Washington

Cuba y la noche

La Isla sufre un enfrentamiento civil de casi siete décadas que hoy alcanza su momento más tenso

Con Washington, la cúpula del Partido Comunista siempre ha estado dispuesta a dialogar, conversar, “llegar a entendimientos”.
Con Washington, la cúpula del Partido Comunista siempre ha estado dispuesta a dialogar, conversar, “llegar a entendimientos”. / Recorte / Cubadebate
Yunior García Aguilera

28 de febrero 2026 - 13:36

Madrid/Es obvio que Washington y La Habana son antagonistas, pero el verdadero conflicto no es entre dos países, sino entre ciudadanos de la misma Isla enfrentados de forma irreconciliable. Los recientes sucesos en cayo Falcones, donde las autoridades del Ministerio del Interior aseguran haber entrado en combate con otros cubanos procedentes de Florida, lo vuelven a demostrar. 

Quienes hoy detentan el poder en Cuba llegaron a él por las armas. Y durante décadas han insinuado –cuando no afirmado abiertamente– que esa es también la única vía para desalojarlos. A los cubanos que disienten no se les permite expresar públicamente su inconformidad. Organizar protestas es ilegal, articularse políticamente fuera del partido único está prohibido y la mera aspiración de participar en elecciones libres y plurales pertenece al terreno de la fantasía jurídica. Se clausuran todas las salidas cívicas y luego se invoca la violencia como coartada.

Con Washington, en cambio, la cúpula del Partido Comunista siempre ha estado dispuesta a dialogar, conversar, “llegar a entendimientos”. Contra la Cuba que se opone al castrismo, el aparato represivo ha sido implacable, desatando una virtual guerra civil desde 1959 hasta hoy. Y jamás, en 67 años, ha habido un intento serio de tregua.

Desde que la Revolución comenzó a radicalizarse, el nuevo poder corrió a los brazos de Moscú mientras sus opositores buscaron el apoyo de Washington. Pero la Casa Blanca ni siquiera quiso involucrar a sus marines en Bahía de Cochinos. Y tras la Crisis de los Misiles se comprometió con la URSS a no invadir la Isla. Incluso después de la caída del Muro de Berlín, Estados Unidos prefirió la presión económica gradual antes que recurrir a la fuerza militar para rematar al régimen.

Nadie en el mundo movería un dedo a favor del régimen si fuera demasiado evidente que el conflicto es en realidad contra sus propios ciudadanos

El argumento geográfico, por cierto, roza lo pintoresco. Durante décadas se ha repetido que Estados Unidos no tolera “un Estado socialista a 90 millas de sus costas”. Pero la geografía es terca. EE UU está más cerca de Rusia que de Cuba. En el punto más angosto del estrecho de Bering, apenas 82 kilómetros separan Alaska de Chukotka, mientras que entre Miami y La Habana median unos 150 kilómetros. De modo que, durante toda la Guerra Fría, Washington convivió con la URSS literalmente al otro lado de la cerca polar.

La propia conducta estadounidense desmonta la tesis del enemigo existencial. Tras el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996 –donde murieron ciudadanos estadounidenses–, la respuesta no fue movilizar portaaviones, sino endurecer el embargo. Incluso ahora, todo apunta a que la estrategia de EE UU sigue siendo presionar para forzar una negociación, no intervenir militarmente. 

La narrativa oficial del régimen, no obstante, insiste en que la esencia del problema es el diferendo histórico con Estados Unidos. Suena épico, cinematográfico y –sobre todo– políticamente rentable, porque ese discurso atrae solidaridad internacional y permite justificar cada desastre interno. Nadie en el mundo movería un dedo a favor del régimen si fuera demasiado evidente que el conflicto es en realidad contra sus propios ciudadanos.  

La dictadura ha demostrado una torpeza escandalosa frente a amenazas externas de alto perfil –como ocurrió el pasado 3 de enero en Caracas–, en contraste con la notable eficacia que exhibe cuando se trata de neutralizar y aniquilar a otros cubanos. El grueso del aparato, desde los Comités de Defensa de la Revolución hasta la policía política y el propio ejército, está concebido para vigilar y disciplinar a sus propios compatriotas. En cualquier manual serio de estrategia, eso se llama conflicto interno estructural. 

La respuesta de la cúpula ante las mayores protestas civiles nunca fue llamar al diálogo nacional, sino dar la “orden de combate”

Durante los primeros años del poder revolucionario, el enfrentamiento entre cubanos alcanzó niveles de violencia abierta. Los fusilamientos masivos de la década de 1960 marcaron el tono de una política que convirtió la discrepancia en delito capital. La “limpia del Escambray” fue, en esencia, una guerra irregular dentro del propio territorio, donde miles de cubanos combatieron –y murieron– a manos de otros cubanos. 

Lo revelador es que, agotada la insurgencia armada, el Estado no desmontó la lógica de guerra. Simplemente cambió de objetivo. La misma retórica de “terroristas” y “mercenarios” se recicló para enfrentar a opositores pacíficos, periodistas independientes y activistas de derechos humanos. Y la respuesta de la cúpula ante las mayores protestas civiles –el 11 de julio de 2021– nunca fue llamar al diálogo nacional, sino dar la “orden de combate”. 

En la actualidad, el clímax de ese enfrentamiento histórico responde menos al retorno de Donald Trump a la Casa Blanca que a la presencia de un político de origen cubano en un puesto clave de la actual Administración: el secretario de Estado Marco Rubio.

Para el régimen, Trump es una figura predecible en su retórica dura pero también en su pragmatismo negociador. Rubio, en cambio, encarna la memoria del anticastrismo, el capital político de la diáspora y, sobre todo, la capacidad de traducir el conflicto cubano al lenguaje de la seguridad nacional estadounidense sin intermediarios. 

Por eso, el verdadero conflicto –Cuba versus Cuba– ha alcanzado ahora su momento más tenso. Y ocurre, además, cuando el modelo castrista luce más agotado que nunca, incapaz de convencer, de satisfacer las necesidades básicas de su población, o de encontrar a un aliado externo que realmente esté comprometido con su supervivencia. ¿Es posible imaginar un escenario en el que los cubanos resuelvan sus diferencias por vías cívicas? El desafío sigue abierto.

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