La cultura se convierte en una de las primeras víctimas del colapso de Cuba

El régimen prioriza los teatros de operaciones militares y el desfile de tanques antes que la Feria del Libro

Entre las medidas anunciadas se encuentra el aplazamiento de la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana 2026.
Entre las medidas anunciadas se encuentra el aplazamiento de la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana 2026. / 14ymedio
Yunior García Aguilera

07 de febrero 2026 - 13:47

Madrid/Cada vez que el régimen cubano se reúne en congresos y plenos con los artistas e intelectuales, repite la matraca de que “la cultura es lo primero que hay que salvar". La frase suena bien, endulza los oídos de los asalariados del pensamiento oficial y permite aplaudir a más de un “sobaco ilustrado”. El problema es que la realidad insiste en desmentirla. Y lo hace con una contundencia que ya no admite eufemismos ni metáforas. 

La nota oficial del Instituto Cubano del Libro anunciando el aplazamiento de la 34 Feria Internacional del Libro de La Habana 2026 es una prueba más. Se pospone el principal acontecimiento cultural del país, el único que durante años permitió a muchos cubanos acceder a libros nuevos, intercambiar con los autores, comprar –con suerte– algo más que panfletos. Y, como de costumbre, la explicación no apela a la incapacidad interna, sino al enemigo de siempre: el “bloqueo genocida” y la “escalada de agresiones”.

Lo que sí es una prioridad declarada es la “defensa y el orden interno”. Los recursos que quedan se destinarán sin dudarlo a la feria del fusil y las minas, el “teatro de operaciones militares”, la pasarela del verde olivo y la AKM colgada del hombro como último grito de la moda. La cultura –me refiero a la verdadera, la que duda, cuestiona, mueve y transforma– suele ser demasiado peligrosa para un estado de guerra. 

La cultura “del pueblo” queda relegada a actos conmemorativos, efemérides obligatorias y espectáculos de mal gusto diseñados para la propaganda

Pero el colapso cultural de Cuba no empezó ayer ni se explica por una contingencia puntual. Es un proceso prolongado, medible y deliberado.

Entre 2019 y 2024, la producción editorial estatal se desplomó de forma dramática. Según datos oficiales, la tirada de libros cayó en más de un 70%. El precio del papel –importado, sí, pero gestionado por un Estado ineficiente– se volvió prohibitivo incluso para el propio aparato institucional. 

El cine no ha corrido mejor suerte. La producción nacional se ha reducido a mínimos históricos. El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) se “rusifica”, busca rescatar viejas alianzas ideológicas entre coproducciones esporádicas, proyectos inconclusos y una dependencia creciente de los fondos de sus compinches autoritarios . 

En el teatro y la música, la situación es igual de alarmante. Grupos emblemáticos han reducido funciones o desaparecido. Las giras nacionales son casi imposibles desde hace años por falta de transporte, combustible y dietas. Muchos músicos ya no sobreviven ni tocando en hoteles –haciendo “sopa”– porque el turismo también viene en picada desde mucho antes de que el 2026 sacudiera todo el tablero regional. La cultura “del pueblo” queda relegada a actos conmemorativos, efemérides obligatorias y espectáculos de mal gusto diseñados para la propaganda.

En ese contexto de derrumbe, el anuncio oficial de “potenciar el arte comunitario” aparece como una coartada perfecta. Nadie discute el valor del trabajo cultural en barrios, escuelas o pequeñas comunidades apartadas. El problema es el uso político que el Gobierno hace de esa noción. 

Por eso no sorprende a nadie que, llegada esta hora crítica, el arte se convierta en una de las primeras víctimas

El régimen prefiere un arte fragmentado, local, de bajo impacto simbólico y escasa proyección nacional, porque es más fácil de controlar y menos peligroso. Un mural, un taller infantil o una peña ocasional pueden servir como anestesia momentánea frente al hambre, los apagones y la desesperanza, sin cuestionar las causas estructurales de esa miseria. El arte comunitario, así entendido, entretiene, adormece, ocupa el tiempo y va directo a los informes de cumplimiento. Por eso se evita el arte que fideliza a un público, que genera espacios de debate o –peor aún para el poder– de disenso colectivo.

La otra cara de esa “medida” es la vigilancia sistemática y la represión del arte que incomoda. Todo creador que intenta ir más allá del divertimento pasajero, que conecta lo íntimo con lo político o que interpela al espectador como ciudadano y no como público cautivo, pasa automáticamente a la zona de riesgo. Ahí se inscribe la decisión de El Ciervo Encantado, uno de los colectivos teatrales más importantes y coherentes del país, de salirse del sistema institucional. Así como la expulsión del dramaturgo Roberto Viñas como profesor de la Universidad de las Artes. O la detención en Holguín de los muchachos de El4tico, que estimulan desde las redes el pensamiento crítico.  

A esto se suma el éxodo. Cuba ha perdido en los últimos años a miles de escritores, artistas visuales, cineastas, actores, editores, curadores. El país que presumía de su capital simbólico expulsa, uno tras otro, a quienes lo producen.

El régimen nunca ha defendido la cultura como espacio diverso y vivo; defiende una versión domesticada, utilitaria, subordinada al relato oficialista. Por eso no sorprende a nadie que, llegada esta hora crítica, el arte se convierta en una de las primeras víctimas. En el altar del colapso, la cultura es siempre de las primeras en ser ofrecidas como sacrificio.

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