El día que ‘Playboy’ desnudó a Fidel Castro
A cien años de su nacimiento, una relectura sin piedad de la entrevista que el barbudo nunca debió conceder
Valencia/El hombre que prohibió en su Isla toda revista con mujeres desnudas, el mismo que convirtió el pudor revolucionario en política de Estado, decidió en 1967 abrirle las puertas de su despacho –y de su ego– nada menos que a Playboy, la revista del conejito. Y a Hugh Hefner, sumo sacerdote del capitalismo hedonista, ese “enemigo de clase” con batín de seda que, según el catecismo habanero, encarnaba todo lo podrido del imperio yanqui.
Fidel, que llevaba años advirtiéndole al pueblo cubano sobre los peligros de la frivolidad burguesa, se sentó frente a un fotorreportero llamado Lee Lockwood y habló, habló, habló –porque hablar era, como bien anotó el propio Lockwood, su forma predilecta de no conversar– para una publicación que en su propio país estaba, por supuesto, terminantemente prohibida.
Lockwood tampoco le hizo el trabajo fácil. Le preguntó si había engañado a sus compatriotas al ocultar su comunismo hasta tener el poder bien afianzado. Le preguntó por la represión de los opositores. Le sacó el tema, incómodo como una piedra en el zapato, de la furia contra Jruschov por retirar los misiles sin consultarle, como quien le quita el juguete a un niño delante de las visitas. No fue, hay que decirlo, una entrevista de guante blanco. Pero tampoco hizo falta. Fidel, proxeneta de la pornomiseria, no necesitaba que lo trataran con delicadeza. Necesitaba una tribuna, y Playboy se la dio envuelta en papel satinado y perfumada en colonia erótica.
La Historia, esa señora implacable, le añadiría una posdata que él jamás autorizó
El hijo de Ángel Castro jamás regaló nada sin cobrar intereses, y entendió perfectamente el trueque. A cambio de un poco de escrutinio incómodo, se llevaba una audiencia que ni todos los discursos de la Plaza de la Revolución juntos podrían reunir: seis millones de estadounidenses cachondos. Terminó tan satisfecho que le mandó a Hefner una caja de puros con una nota manuscrita, agradeciéndole "las presiones, torturas y abusos" del interrogatorio, en el tono jocoso de quien cree que ha ganado la partida.
Pero la Historia, esa señora implacable, le añadiría una posdata que él jamás autorizó. Sus propias palabras, releídas hoy, lo desnudan mucho más de lo que logró la revista que se atribuía el oficio. Sesenta años después, algunas de las respuestas no han hecho más que pudrirse al sol, como esas frutas tropicales que tanto le gustaba usar de metáfora para describir el destino manifiesto de la revolución. Vale la pena, en su centenario, abrir el cajón y sacarlas a que las vea la luz.
Lockwood le soltó en la cara esa imagen casi mesiánica que ya en 1967 empezaba a empapelar el país entero: el culto a la personalidad. Castro, por supuesto, lo negó todo con la fluidez de quien lleva ensayada la respuesta. "Una de las primeras leyes aprobadas por el Gobierno Revolucionario, por iniciativa mía, fue un edicto contra la erección de estatuas de cualquier líder vivo y la colocación de su fotografía en oficinas gubernamentales”, dijo sin pestañear.
Millones de retratos suyos habían brotado por generación espontánea sobre las paredes de Cuba
Acto seguido intentó explicar que las fotos que había "en muchos hogares, escuelas y sitios públicos" surgían "de manera absolutamente espontánea", tomadas de revistas o compradas en la calle, y que no existía "ninguna iniciativa oficial". Millones de retratos suyos habían brotado por generación espontánea sobre las paredes de Cuba. El Estado no tenía nada que ver. El culto a Fidel era un fenómeno tan natural como la fotosíntesis.
Preguntado por la persecución a los homosexuales, Castro sostuvo que nada le impedía a un homosexual profesar la ideología revolucionaria y exhibir, en consecuencia, una “posición política correcta”. Pero inmediatamente cerró la puerta que acababa de entreabrir: aclaró que jamás podrían llegar a considerar a un homosexual como un verdadero revolucionario o un verdadero militante comunista, porque esa "desviación" chocaba con el concepto que tenía de lo que debía ser un militante.
La revolución, que se vendía a sí misma como la redención del hombre nuevo, resultó exigir también un cuerpo nuevo, uno sin desviaciones, y a quienes no calzaban en el molde los mandó, poco después, a campos de trabajo forzado disfrazados de reeducación ideológica. Casi cuarenta años más tarde, ya sin Playboy ni Lockwood delante, el propio Castro admitiría ante otro periodista que aquello había sido "una gran injusticia", aunque se cuidó de repartir la responsabilidad entre "nosotros" para no cargar él solo con el peso del despropósito.
“¿Cuántos presos políticos mantienen ustedes en este momento?”, preguntó Lockwood. Castro respondió: “Aunque normalmente no damos esta clase de información, voy a hacer una excepción con usted. Creo que debe haber aproximadamente 20.000”. Tampoco era cierto. Investigaciones posteriores y estimaciones publicadas ya en aquella época situaban la cifra muy por encima. Incluso Time hablaba de alrededor de 50.000 presos en todo el país apenas dos años antes.
Ningún tirano latinoamericano entendió tan bien como él que gobernar no era solo controlar el territorio, sino controlar el relato del territorio. Y que ese relato podía venderse, con la misma sonrisa, tanto a un comisario soviético como a un editor de Playboy. Este 13 de agosto, de “manera espontánea”, los niños –miembros obligatorios de la Organización de Pioneros José Martí– han hecho cien piñatas para honrar su memoria. En los adornos sobresalen imágenes de Mickey Mouse y de otros personajes de la industria de cine de EE UU. Qué mejor ironía que esa estampa “yankófila” para homenajear al barbudo.