Elogio del atrevimiento

Cuba y la noche

Amelia Calzadilla consiguió algo difícil: conectar con los cubanos reales, con personas comunes, agotadas de apagones, carencias, abusos, mentiras y miedo

Amelia, con sus aciertos y sus límites –como todos–, ha demostrado capacidad de comunicación, sensibilidad social y una voluntad que no conviene despreciar.
Resulta injusto exigirle a cada opositor la perfección que la propia maquinaria dictatorial nos impidió desarrollar. / Facebook / Amelia Calzadilla
Yunior García Aguilera

02 de mayo 2026 - 07:10

Madrid/Uno de los deportes más practicados entre cubanos es el linchamiento público. No hablo de la crítica honesta, necesaria, incluso dura. Hablo de esa maquinaria emocional que se activa contra cualquiera que se atreva a dar un paso al frente. Apenas alguien intenta organizar una idea, proponer un camino, fundar un proyecto o asumir una responsabilidad, aparecen las piedras. 

Algunas vienen, por supuesto, de los aparatos de la dictadura. Sabemos cómo operan. Tienen recursos, agentes, laboratorios de descrédito, cuentas falsas, programas de televisión y voceros entrenados para triturar reputaciones. Pero no todas las piedras salen de ahí. Algunas nacen de nosotros mismos, de nuestras heridas, de nuestra frustración, de ese daño antropológico que nos ha dejado décadas viviendo bajo un sistema que premia la obediencia y castiga la iniciativa.

No hay que estar de acuerdo con todos los proyectos para reconocer el valor del atrevimiento. Tampoco hay que aplaudirlo todo, ni suspender el juicio crítico, ni convertir a nadie en figura intocable. Ya hemos sufrido bastante los cacicazgos absolutos. Y una democracia no se construye sustituyendo un altar por otro. Pero tampoco se alcanza demoliendo cada liderazgo en su momento fundacional, antes de que pueda respirar, equivocarse, corregirse y madurar.

Queremos que una persona cargue sobre sus hombros las carencias de toda una nación

Ningún líder opositor surge completamente formado. Esa es una fantasía peligrosa. La madurez política es un proceso complejo, especialmente para quienes venimos de entornos autoritarios. En una sociedad libre, las personas pueden militar en partidos, debatir programas, perder elecciones internas, aprender de campañas, estudiar experiencias ajenas y entrenarse en el ejercicio de la ciudadanía. En Cuba, en cambio, la política real ha sido confiscada durante más de seis décadas por un solo grupo de poder. Nos educaron para repetir sus consignas, no para deliberar. Nos acostumbraron al dentro o fuera, y nunca nos permitieron organizarnos por nosotros mismos. Nos enseñaron a desconfiar de todos, no a construir confianza pública.

Por eso resulta injusto exigirle a cada nuevo opositor la perfección que la propia maquinaria dictatorial nos impidió desarrollar. Esperamos biografías impecables, programas cerrados, equipos perfectos, lenguaje impoluto, pasado heroico, preparación académica, conexión popular, serenidad, audacia, humildad, carisma, estrategia y resultados inmediatos. Queremos que una persona cargue sobre sus hombros las carencias de toda una nación. Y, cuando no puede hacerlo, la acusamos de improvisada, de ambiciosa, de ingenua o, peor aún, de ser un producto fabricado por el propio régimen.

Los liderazgos perfectos solo existen a posteriori. Son sospechosas construcciones del tiempo. Después de la victoria, la historia limpia contradicciones, pule dudas, borra torpezas, organiza el relato y presenta como destino lo que muchas veces fue tanteo, accidente, error, insistencia y aprendizaje. Pero en la vida real los liderazgos nacen desordenados. Se contradicen. Cambian de tono. Se equivocan. La consolidación de ideas no ocurre casi nunca en línea recta. Ocurre en medio del ruido, de las presiones, del cansancio, de las urgencias y también de la vanidad humana, porque ningún líder está hecho de mármol.

Amelia Calzadilla no tiene que gustarle a todo el mundo. Su proyecto político puede y debe ser discutido. Sus ideas deben ser examinadas. Su partido, como cualquier otro, tendrá que demostrar si posee estructura, programa, visión, equipo y capacidad de articularse con otros esfuerzos. Nadie está obligado a seguirla a ciegas. Pero sería injusto no reconocer algunos de sus méritos.

La voluntad, en el exilio, no es poca cosa. El exilio desgasta. Desordena la vida. Obliga a empezar de nuevo

Amelia consiguió algo difícil: conectar con los cubanos reales, con personas comunes, agotadas de apagones, carencias, abusos, mentiras y miedo. Su voz apareció desde una inconformidad concreta, doméstica y reconocible. Y esa autenticidad le permitió llegar a muchos. No todos los opositores logran eso. Algunos tienen historial, pero no conectan. Otros tienen preparación intelectual, pero no son conocidos fuera de ciertos círculos. Amelia, con sus aciertos y sus límites –como todos–, ha demostrado capacidad de comunicación, sensibilidad social y una voluntad que no conviene despreciar.

La voluntad, en el exilio, no es poca cosa. El exilio desgasta. Desordena la vida. Obliga a empezar de nuevo. Trae precariedades, duelos, culpas, soledad, trámites, trabajos mal pagados, nostalgia, ataques y sospechas. Muchos llegan con deseos de hacer y terminan aplastados por la rutina de sobrevivir. Mantener la intención política en medio de esos vaivenes exige una energía considerable. Que una mujer joven, madre, exiliada, decida no limitarse a denunciar, sino intentar construir una plataforma política, merece al menos nuestro respeto.

No se trata de declarar su proyecto infalible. No lo es. Ningún proyecto humano lo es. Se trata de entender que el pluralismo no puede ser solo una palabra bonita para usar contra la dictadura. Tiene que practicarse también entre nosotros. El pluralismo implica aceptar que surgirán partidos, movimientos, plataformas, liderazgos y propuestas que no coincidirán plenamente con nuestras expectativas. Implica discutir sin aniquilar. Cuestionar sin humillar. Advertir riesgos sin convertir la discrepancia en paredón moral.

La democracia cubana, si algún día llega, necesitará algo más que consignas contra el Partido Comunista. Necesitará una cultura política distinta. Y esa cultura no se improvisa después de la caída del régimen; hay que empezar a practicarla desde ahora. Cada vez que respondemos al nacimiento de una iniciativa con burla, sospecha automática o lapidación pública, reproducimos una parte del país autoritario que decimos querer superar.

La crítica es imprescindible, pero la saña no construye. La exigencia es saludable, pero el perfeccionismo paralizante puede ser otra forma de esterilidad. Llevamos demasiado tiempo esperando al liderazgo ideal, al proyecto definitivo, a la figura capaz de tumbar por sí sola a un régimen militar con más de seis décadas en el poder. Tal vez esa espera también sea una trampa. Tal vez la salida no dependa de encontrar al líder perfecto, sino de permitir que muchos liderazgos imperfectos nazcan, compitan, colaboren, fracasen, aprendan y vuelvan a intentarlo.

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