Cuba y la noche
La Habana después de la guerra
Cuba y la noche
Madrid/La Habana parece una ciudad bombardeada, aunque ningún enemigo haya firmado todavía la orden de ataque. Los edificios se abren como costillas rotas. Los balcones cuelgan sobre la acera con la obstinación de los ahorcados. La ciudad –una de las más hermosas de la región– luce ahora como una dentadura llena de caries. Casi todas las fotos que llegan de la capital parecen tomadas por un reportero de guerra.
Desde varias esquinas sube el humo. Arde en las calles la basura acumulada durante días. Arden el plástico, la comida podrida y la paciencia. El aire parece salir de una fábrica enferma. La gente atraviesa esas nubes tóxicas esquivando aguas negras, cables sueltos, huecos y escombros. La Habana respira con los pulmones llenos de ceniza.
Pero las bombas todavía no han caído. La Isla llegó a la posguerra antes de pasar por la guerra. El país entero ha sido arrasado por un régimen más persistente que el fósforo blanco.
En ese paisaje, la amenaza externa aparece casi como un regalo para el poder. La Administración de Trump mezcla sanciones, presión diplomática y advertencias cada vez más duras. Pero todo indica, por ahora, que Washington prefiere forzar una negociación antes que abrir fuego. Los estrategas del régimen parecen haberlo entendido. Por eso juegan a ganar tiempo, elevan el tono, sobreactúan la resistencia y trasladan –como siempre– todo el peso de la crisis sobre los hombros del pueblo.
Díaz-Canel no teme acabar como Maduro. El ex dictador venezolano, al menos hasta hoy, sigue vivo, custodiado y convertido en pieza judicial antes que en cadáver. El divo canoso de Placetas teme otra clase de desenlace. Teme acabar como Ochoa, como los hermanos de la Guardia o como Alejandro Gil: devorado por la misma maquinaria que ayudó a sostener. Pero lo que de verdad debe quitarle el sueño es terminar como Ceausescu, enfrentado, de pronto, a una multitud que ya no obedece ni aplaude.
Por eso la amenaza exterior le resulta menos pesadillesca. Le permite victimizarse, recabar solidaridad internacional y exigir lealtad absoluta fronteras adentro. El enemigo externo es el oxígeno narrativo de toda dictadura agotada. Cuando ya no queda prosperidad que prometer ni futuro que administrar, siempre queda la plaza sitiada.
En ciencia política existe un fenómeno social llamado rally round the flag: el cierre de filas alrededor de la bandera. John Mueller lo estudió en 1970 al analizar los picos de popularidad presidencial durante las crisis internacionales. William Baker y John Oneal ampliaron después el debate sobre sus causas. Cuando una comunidad se siente atacada desde afuera, incluso quienes detestan al gobierno pueden bajar el volumen de sus reproches para no parecer aliados del agresor.
Irán ofrece un ejemplo reciente. La República Islámica ha reprimido protestas, encarcelado disidentes y gobernado mediante el terror. Sin embargo, ante ataques o amenazas externas, sectores críticos pueden cerrar filas en nombre de la soberanía nacional. La amenaza exterior no borra el malestar interno, pero puede disciplinarlo durante un tiempo. No convence a todos; basta con que paralice a unos cuantos.
Una amenaza externa real le permitiría disfrazar la mediocridad de martirio
Cuba no es Irán, pero el mecanismo se parece. Muchas voces críticas dentro y fuera de la Isla reconocen perfectamente la responsabilidad del castrismo en la ruina nacional. Pero, ante la posibilidad de una intervención extranjera, algunos miden cada palabra, posponen reclamos y moderan el tono. Temen aparecer, por manipulación o por torpeza, en la foto del invasor. El régimen conoce ese pudor. Lo explota sin escrúpulos. Necesita que Washington grite para poder exigir silencio en La Habana.
Para Díaz-Canel, una guerra contra Estados Unidos podría funcionar también como absolución retrospectiva. Su gestión ha sido nefasta. Su autoridad es prestada. Su popularidad nunca ha rozado siquiera cifras discretamente decentes. Una amenaza externa real le permitiría disfrazar la mediocridad de martirio.
Y parte de la prensa internacional aprovecharía la oportunidad para contar la manida historia del pequeño país sitiado, el líder intransigente, la Numancia moderna. Ese es todo el atrezo que el castrismo necesita para ocultar el hambre, la basura, los apagones, las cárceles y el miedo.
El nieto de Raúl Castro ha estado más cerca de la CIA que el más radical de los opositores cubanos
Pero la realidad insiste en arruinarles el libreto. En Cuba, pese al chantaje de la bandera sitiada, sí están ocurriendo protestas. No siempre son multitudinarias ni están organizadas. A veces son apenas una calle que se planta, un barrio que grita, un cacerolazo en medio de los apagones, un basurero en llamas o una madre que ya no aguanta más. Pero existen. Y al régimen le aterra precisamente eso.
El poder quisiera convencer al mundo de que toda protesta interna es una operación enemiga. Quisiera que cada cubano indignado tuviera que escoger entre el hambre patriótica y el misil extranjero. Quisiera reducir el país a dos opciones miserables: obedecer al Partido o servir de coartada a Washington. Pero después de décadas acusándonos de ser “agentes de la CIA”, ahora resulta que son ellos los que se sientan plácidamente a charlar con el ogro del cuento. El nieto de Raúl Castro ha estado más cerca de la CIA que el más radical de los opositores cubanos.
El escenario que más teme el poder es la insubordinación de los hambrientos. No el portaaviones frente al Malecón, sino el barrio entero frente a la sede del Partido. No la orden de ataque firmada en Washington, sino la decisión íntima, colectiva e irreversible de perder el miedo en Cuba. Si el estallido social se repite, Díaz-Canel descubrirá que su verdadero final no estaba escrito en inglés, sino en cubano.
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