La muerte vestida de jade

Un extranjero nunca podrá entender realmente la India y le será dada únicamente la quincalla

En el nordeste indio está Bodh Gaya, donde se supone que el Buda histórico alcanzó la iluminación bajo una higuera
En el nordeste indio está Bodh Gaya, donde se supone que el Buda histórico alcanzó la iluminación bajo una higuera / Archivo del autor
Xavier Carbonell

07 de abril 2024 - 15:42

Salamanca/Viajar cambia el cuerpo. El viaje es una experiencia sentimental o espiritual o lo que se quiera solo en segundo lugar. Lo primero es que el país extraño lo golpee a uno. En la medida de su intensidad, ese golpe es el inicio del verdadero cambio. Los pies adoloridos y gastados, la panza hinchada, la indigestión, el insomnio —no se duerme igual en una isla que cerca de una cordillera—, las alergias y el asma. A esas circunstancias, simples cuando se cuentan pero teatrales cuando se viven, uno empieza a acostumbrarse si se queda en un país exótico por varios meses. Para ese momento, ya se construyó el nido o madriguera, que consiste en la acumulación de fotos o bisutería del país natal —o que recuerde al país natal— en la cual se encierra uno a perpetrar un pequeño regreso. Matamoros, Lezama, un tabaco, hablar español (a uno mismo, como un loco) cuando los demás hablan inglés o hindi u oriya.

Desde un cuarto en Madrás, al sur de la India, Severo Sarduy le envía un telegrama a Roberto González Echevarría. Lo que describe es su nido: “Junto al escritorio un radio Philips, una imagen de Shri Hanumanji, dios local. La emisión es en lengua tamil; el dios, un monito”. Hanuman, Hanumat, Janumat, murmuro para mí como un conjuro. El dios bestia —uno de tantos—, el mono gramático de Octavio Paz. El nombre del dios me lanza de vuelta a la India, un viaje duro para el estómago y ahora feliz para la memoria. Me hace recordar elementos sencillos, como el taparrabos que se llama dhoti y que es lo mejor del mundo para el verano, el costillar de las vacas, impasibles como señoras y echadas en medio de la carretera, el fango rojo y el mono que, precisamente, dormía junto a mi ventana. Pero de Paz es la última persona de quien debería acordarse un viajero en la India.

De Paz se dice que vivió poco menos que encerrado en la embajada mexicana; a Severo, como a Alejandro Magno, se le atribuyen en la India toda clase de aventuras

De Paz se dice que vivió poco menos que encerrado en la embajada mexicana; a Severo, como a Alejandro Magno, se le atribuyen en la India toda clase de aventuras y maldades. Severo estuvo en Madrás —a mí me tocó el nordeste, Bhubaneshwar— y en Madrás buscaba a Cuba. Las postales que le envió a González Echevarría pueden ser de Las Villas o Camagüey si no fuera por algún detalle que las delata. Un sendero de palmas reales, habitual en la entrada de fincas o ingenios, es en realidad Sri Lanka. Una “rechoncha mora” de Granada le recuerda a una mulata. Unos guajiros encorvados sobre el surco son en realidad mallorquines trabajando en “islas casi tropicales, pájaros y palmas”.  

En la India el tiempo aplasta, como dicen que sucede en Egipto. Todo, incluso la gente, parece haber estado allí desde siempre, en su extraña monotonía. Un extranjero —lo sabía Severo, pero Paz lo negaba— nunca podrá entender realmente ese país y le será dada únicamente la quincalla, como la llama González Echevarría, el aluvión de estampitas, collares, estatuillas (yo mismo traje decenas de ellas) de Ganesha o Shiva, de Durga o Buda, un dedal, una flauta. Hasta los miedos son de pacotilla: recuerdo a un indio atormentador de muchachitas que insistía, en mítines y almuerzos y tés de media tarde, en que siempre había que mirar el fondo del inodoro, no fuera a asomarse por allí, in media res, una culebra.

Por remoto que sea el vínculo, lo alucinante es que siempre hay algo que un extranjero —quizás debo decir un cubano— reconoce de sí mismo en Madrás o Delhi o Bombay o Bhubaneshwar. En el viejo bar Correo de Camagüey, junto a la desconocida poeta Clara Niggeman, Severo estudia los folletos de Jiddu Krishnamurti. La historia de Krishnamurti es melodramática. De niño había sido reconocido por los teósofos ingleses como maitreya, el vehículo en el cual Dios volvería a encarnarse. A los 35 años ya había recorrido el mundo —incluyendo Cuba, donde tenía miles de creyentes en 1930— y, decepcionado, renunció a ser el mesías.

Cuando Sarduy y Niggeman se exiliaron, Krishnamurti fue —léanse sus cartas, recogidas por Enrico Mario Santí— el punto de convergencia y nostalgia por Camagüey. Quincalla de la memoria. “Entre los monjes de manto anaranjado”, escribe Severo en 1973, “escuchando sus continuos molinos de plegaria, junto al techo del mundo, indagué el origen de mi interés por ellos: estaba en las manos de Clara, en nuestras lecturas, ya despojadas de astucias metafísicas. Incandescencia de otro cénit”.

Lo que buscaba yo en la India era también la fuente de una lectura de juventud

Lo que buscaba yo en la India era también la fuente de una lectura de juventud. Sutras de mil significados, cánticos de una arrebatadora musicalidad cuando se recitan en su lengua original (Gate gate pāragate pārasamgate bodhi svāhā), viejos versos que remitían a un punto no demasiado lejos de donde me encontraba. También en el nordeste indio está Bodh Gaya, donde se supone que el Buda histórico alcanzó la iluminación bajo una higuera. El hilo del vacío partía de la India y me permitía volver a Severo, y de él a Lezama y quizás también a los sueños de opiófago de Julián del Casal.

Pero después de todo, la muerte vestida de jade llega cuando uno menos la espera, sombrero, gafas, tabaco en mano. Se salva poco de la pacotilla —los libros para Severo y Paz, una llamada telefónica con un maestro zen para mí— y vuelve uno a recordar la India del cuerpo. Chai y chapati en el desayuno, elefantes escondidos tras la maleza, y la culebra de Schrödinger, que puede o no acechar bajo la tapa del inodoro. Hasta que Severo, coqueto, lo saca a uno de las elucubraciones metafísicas con su implacable mantra nuclear: “Escribe y tiempla sabroso, que los chinos están al llegar y no va a quedar títere con cabeza”.

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