La naturaleza de las dictaduras

Las instituciones internacionales se han mostrado demasiado ambiguas ante regímenes abiertamente antidemocráticos

Fidel Castro con el ex presidente del Gobierno español Felipe González y Daniel Ortega. (EFE/Archivo)
Fidel Castro con el ex presidente del Gobierno español Felipe González y Daniel Ortega. (EFE/Archivo)

"La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas".

Albert Camus

En la cultura popular es muy conocida una fábula, atribuida a Esopo, donde un escorpión, para cruzar el río, le pide a una rana que lo monte sobre su espalda. Ante las dudas del anfibio, el escorpión le ofrece una explicación razonable: no hay nada que temer, porque si llegara a picarla, ambos morirían ahogados. La rana reconoce la lógica del argumento y accede a cruzarlo. Pero cuando solo se encuentran a mitad del río ocurre algo insólito: el escorpión le clava su aguijón en la espalda y el veneno comienza a paralizar a su ayudante. La rana, fatalmente sorprendida, se pregunta cómo ha podido ocurrir tal cosa. Y el escorpión, antes de hundirse, le ofrece una respuesta aplastante: lo siento, es mi naturaleza.

Las instituciones internacionales se han mostrado demasiado ambiguas ante regímenes abiertamente antidemocráticos. Es vergonzoso que la dictadura más longeva de América Latina ocupe una silla en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y que vaya a permanecer allí, tranquilamente, hasta el año 2023. El régimen de La Habana ha reprimido brutalmente las manifestaciones populares, ha reconocido no creer en la división de poderes, ha encerrado a centenares de manifestantes, incluyendo a niños, y ha repartido condenas altísimas con mucha más naturalidad que la que usa para repartir el pan de la cuota. No se han violado en Cuba más derechos humanos, simplemente, porque la Declaración Universal solo cuenta con treinta artículos. Bastaría con decir que el solo hecho de compartir ese documento ha sido considerado por la policía, en varias ocasiones, como una acción subversiva.

En Nicaragua, días atrás, los escorpiones han celebrado su fiesta. Muy sonrientes posan ante las cámaras Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel y Daniel Ortega. Como ya les parece poco reírse de sus propios pueblos, ahora también se ríen del mundo e invitan a posar junto a ellos a un criminal buscado por la Interpol. Mohsén Rezaí, acusado del atentado que dejó un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos en Argentina, sostuvo con el dictador cubano "cordiales encuentros de trabajo". Pero no sorprende que los totalitaristas de la región festejen el fraude, se reúnan con terroristas o se burlen de las democracias. Lo que indigna es que Gobiernos legítimos finjan dislexia política o estrabismo ideológico.

Franklin Delano Roosevelt acuñó una frase sobre 'Tacho' Somoza, que luego Henry Kissinger copió para referirse al segundo dictador con el mismo apellido: "Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta"

Franklin Delano Roosevelt acuñó una frase sobre Tacho Somoza, que luego Henry Kissinger copió para referirse al segundo dictador con el mismo apellido: "Sí, es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta". Y es justamente eso lo que algunos Gobiernos democráticos, con agendas progresistas, piensan sobre los dictadores del triunvirato Venezuela-Cuba-Nicaragua. Salir a defenderlos resulta ya en extremo escandaloso, por eso algunos mandatarios optan por una acción menos evidente: guardar silencio. Esa complicidad podría sonar a "compañerismo" si se tratara de los miembros adolescentes de un equipo de fútbol, pero se trata aquí de líderes mundiales que tienen en sus manos los destinos de millones de personas. Y esa mentalidad pandillera es una peligrosa bomba de tiempo en un contexto histórico marcado por la inestabilidad y la polarización.

Hay que hacer un esfuerzo para entender la lógica de algunas instituciones o Gobiernos en su relación con las dictaduras. El Acuerdo de Diálogo Político y de Cooperación entre la Unión Europea y Cuba expone claramente entre sus objetivos "el fortalecimiento de los derechos humanos y de la democracia". Perdonen si aquí insisto en recordar la fábula de Esopo, pero está clarísimo que dicho acuerdo, más allá de los intereses estratégicos y económicos que persigue, está resultando un completo fracaso. La miseria y la represión en Cuba crecen a un ritmo vertiginoso, mientras se desploma cualquier atisbo de solución dialogada. La dictadura fortalece sus vínculos con China e Irán, mientras Rusia amaga con desplazar tropas hacia suelo cubano. El régimen no sabe mantenerse en el poder por otra vía que no sea la fuerza, mientras la gente de a pie no encuentra otra salida que no sea escapar del país a cualquier precio.

Montarse al alacrán en la espalda no es un gesto solidario, es una apuesta temeraria. El aguijón no solo se clava constantemente sobre la carne de la sociedad civil, sino que amenaza la credibilidad de costosas instituciones globales, incapaces de evitar estallidos en territorios donde el caos era predecible. ¿A qué estamos jugando? Las dictaduras no esconden su naturaleza, ¿por qué entonces siguen en tu espalda?

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