No basta, Silvio, la pasión

Opinión

Los liberales no tenemos empacho en llamar “dictadores” a Pinochet o a Franco, a Castro o a Chávez

Su fotografía es la prueba inequívoca de ese mar en el que desembocan todos los ríos utópicos: la violenta testarudez del que se resiste ante la verdad.
Esta fotografía es la prueba inequívoca de ese mar en el que desembocan todos los ríos utópicos: la violenta testarudez del que se resiste ante la verdad. / Cubadebate
Federico Hernández Aguilar

28 de marzo 2026 - 13:11

San Salvador/Si leemos con detenimiento el libro cumbre de Carlos Marx, El capital, hallaremos repetida muchas veces la palabra “aparece”. La reiteración de este vocablo no es, en absoluto, circunstancial. El marxismo supone que la economía liberal se mueve siempre en un universo de apariencias, de engaños, de falsedades, en el que nada es lo que aparenta ser. Por lo tanto, dado que ninguna noción de desarrollo anterior a él es científica, Marx apoltrona sus teorías sobre un cómodo colchón intelectual, porque pretende inaugurar una nueva y radical interpretación de la experiencia histórica justamente a partir de sus ideas.

Admitir como válida semejante arbitrariedad es apenas uno de los métodos con que los marxistas ortodoxos, al menos en el debate académico, pretenden relativizar el fracaso trágico de los grandes postulados económicos de Marx. A veces –y muy a regañadientes– aceptan que ciertas aplicaciones han fallado, pero jamás reconocen que ello se deba al inmenso error de origen que tuvieron en el ego dogmático de su venerado postulador.

La interpretación ideológica de la economía, la antropología, la cultura, etcétera, sirve todavía al socialismo para cerrar sus ojos a la realidad. Usan los parámetros del materialismo histórico para declarar dictador a, por ejemplo, Francisco Franco o Augusto Pinochet, pero también para considerar a Fidel Castro un “liberador” y a Hugo Chávez un “líder imprescindible”.

Él es un artista, un escritor de canciones y un vocalista (nasal) que juega a rellenar de pura emoción lo que no podría llenar con honestidad intelectual

Y ni de lejos creamos que estos marxistas bucólicos asumen la contradicción; antes bien, la ven como constatación lógica de sus premisas. Quien se atreva a señalar que Cuba lleva 67 años bajo un régimen despótico merecerá el epíteto gratuito de “equivocado”, porque su observación ya partiría de una actitud “burguesa” a la que se encuentra “sometido” por el sistema capitalista. Está “alienado”, como diría Marx.

Dudo que alguna de estas sutilezas teóricas, propias del debate académico, hayan pasado por la cabeza del cantautor cubano Silvio Rodríguez al recibir su fusilito de asalto AKM, hace pocos días, para “defender” a la Isla de una posible invasión estadounidense. Él es un artista, un escritor de canciones y un vocalista (nasal) que juega a rellenar de pura emoción lo que no podría llenar con honestidad intelectual.

Porque es innegable que Silvio entiende lo que está pasando en su país. En una entrevista posterior a la entrega simbólica de su arma ha vuelto a admitir (pues resulta ya inocultable) que la economía cubana hace aguas por doquier. “Yo sí creo”, dijo, “que hay asuntos económicos que desde hace unos treinta años, aproximadamente, debimos habérnoslo planteado de otra forma (…). Creo que el modo económico que dictaba el socialismo de libreta, lo clásico del socialismo, es muy idealista. La práctica ha demostrado (…) que la gente produce mejor y produce más cuando se puede beneficiar directamente de lo que hace”. ¡Aleluya!

Nada de esto escapó, dicho sea de paso, al propio Marx, que incluso alcanzó a leer parte de la refutación de su primer gran antagonista, el austriaco Eugen von Böhm-Bawerk (1851-1914). Este último, dueño de la erudición necesaria y de un espléndido sentido común, no necesitó emborronar tantas cuartillas para demoler la teoría marxista de la explotación. Y aunque Marx ofreciera resolver estos “detalles” en los siguientes tomos de su obra máxima, en realidad jamás lo hizo —o al menos no consiguió ordenarlo así su amigo y albacea Federico Engels, heredero de todos sus papeles.

Silvio creyó que su sentimiento bastaba para defender al castrismo de la abrumadora enumeración de evidencias presentada por Carlos Alberto Montaner

Dado que incluso notables valedores de los tres volúmenes de El capital suelen aceptar no haber leído nunca a Böhm-Bawerk, tampoco estoy esperando que alguien como Silvio Rodríguez lo haya hecho. Más me interesa tener presente que las acciones del autor de Escaramujo no son producto de una reflexión profunda sobre las contradicciones intrínsecas del socialismo, sino de la mera pasión que despiertan las tesis del “paraíso terrestre” prometido por Marx y sus epígonos.

Quien se resiste a entender la libertad como la plantea la antropología marxista tiene razones suficientes para considerar antihumanas semejantes fórmulas, pretendidamente económicas. Por eso es que los liberales no tenemos empacho en llamar “dictadores” –sin componendas ni distinciones retóricas– a Pinochet o a Franco, a Castro o a Chávez. Más que la ilusión de un sueño hermoso pero irrealizable, nos mueve la fascinación por ese ser humano de a pie que vive en la concreta y cotidiana realidad de la economía y la política. Y estos cuatro señores, con sus claras diferencias metodológicas, terminaron limitando nuestra hermosa libertad de imaginar, producir y realizarnos.

En una polémica pública que mi amigo Carlos Alberto Montaner sostuvo con Silvio Rodríguez, allá por el año 2010, el cantautor cometió el “error” de intentar responder a las preguntas directas que le formulaba su contendiente. Artista al fin, creyó Silvio que su sentimiento bastaba para defender al castrismo de la abrumadora enumeración de evidencias presentada por Carlos Alberto. En otras palabras, por no ser suficientemente marxista, el creador de Unicornio azul perdió el debate.

Y es que así son las cosas a la larga: no basta la mera y desnuda pasión. Incluso a golpe de emociones nobles han llegado a instalarse algunos de los sistemas más opresivos del planeta. Silvio Rodríguez podrá seguir siendo motivo de candorosa nostalgia para muchos socialistas, pero su fotografía sosteniendo un fusil es la prueba inequívoca de ese mar en el que desembocan todos los ríos utópicos: la violenta testarudez del que se resiste ante la verdad.

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