Lo que no puede dejar de decirse sobre Irán

Opinión

Quien calló ante el terror de Jameneí carece de autoridad moral para indignarse ahora por la desestabilización en Oriente Medio

Obstinado y paranoico, Jameneí fue el mayor responsable de toda la represión desatada contra cualquier atisbo de levantamiento en Irán.
Obstinado y paranoico, Jameneí fue el mayor responsable de toda la represión desatada contra cualquier atisbo de levantamiento en Irán. / EFE
Federico Hernández Aguilar

06 de marzo 2026 - 12:59

San Salvador/Puesto que todavía no hay forma de saber qué tan cerca estuvo Irán de construir una bomba nuclear, tampoco es posible dimensionar el verdadero daño que se produjo a sus proyectos armamentísticos en junio de 2025, cuando EE UU e Israel se unieron para atacar al país persa. El caso es que ahora, más de ocho meses después, estadounidenses e israelíes han vuelto a conjuntarse contra Teherán, pero esta vez matando a su liderazgo religioso, político y militar.

Los motivos de esta nueva ofensiva parecen los mismos que se invocaron para justificar la llamada Guerra de los 12 Días: impedir que el régimen de los ayatolás alcanzara poder nuclear y, en definitiva, contrarrestar sus amenazas a occidente, cuya única “filial” en Oriente Medio –Israel– ha merecido siempre la activa protección de Norteamérica.

El 28 de febrero, Irán amaneció en calma. Se afirmaba que los encuentros diplomáticos registraban avances, que la teocracia chiita estaba dispuesta a diluir su uranio enriquecido y que el propio secretario del Consejo de Seguridad Nacional, Ali Larijani, estaba buscando hacer tratos indirectos con Washington. Confiadamente, el líder supremo Alí Jameneí se hallaba a descubierto en un complejo urbano de Teherán la mañana en que fue asesinado a bombazos. En ataques paralelos también perdieron la vida el ministro de Defensa, el máximo responsable del programa nuclear y el poderoso comandante en jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).

Jameneí consolidó sus 36 años de liderazgo haciendo uso de la intimidación, el soborno y el control

Es evidente que Jameneí, a quien apenas faltaban semanas para cumplir 87 años, ya tenía establecido un plan para definir a su sucesor. Aunque es verdad que la elección de un nuevo líder iraní necesita dos tercios de los 88 miembros de la Asamblea de Expertos –un cuerpo islámico de juristas intérpretes creado en 1983–, todo indica que la entidad solo sirve para cumplir una formalidad legal. Dado el enorme poder (ejecutivo, legislativo y judicial) que concentraba Jameneí, se colige que estos “expertos” cumplían su personal voluntad a rajatabla, pues ninguno de ellos rendía informes a nadie fuera del propio líder supremo.

El asesinado clérigo era consciente de la importancia de marcar una sucesión tranquila mientras estuviera con vida. Tras el fallecimiento en 1989 de Ruhollah Jomeini, el fundador de la República, Jameneí se vio obligado a dirigir cambios constitucionales para eliminar uno de los requisitos que él no cumplía para ocupar el cargo vacante: ser un marja (el mayor rango en la jerarquía duodecimana, la corriente mayoritaria del islam chií). Con este antecedente, Jameneí debió dejar el proceso bien amarrado, pues el sucesor no solo se transforma en jefe de Estado sino que ejerce facultades únicas como guía espiritual de más de 200 millones de personas, dentro y fuera de Irán.

Declarado “mártir” por la propaganda iraní, justo a la misma edad (86) que tenía Jomeini al morir, el menos carismático Jameneí consolidó sus 36 años de liderazgo haciendo uso de la intimidación, el soborno y el control. Elevó la misión del CGRI a una especie de séquito infranqueable vinculado a su persona –a la vieja usanza del comitatus romano o el geofolge germánico medieval– y utilizó a este cuerpo guardián como prueba de su incuestionable autoridad moral y política.

Enemigo acérrimo del sionismo y profundamente antiamericano, Jameneí se acostumbró a ver detrás de cualquier demanda popular, por legítima que fuera, la mano oculta de Israel o de Estados Unidos. Obstinado y paranoico, fue el mayor responsable de toda la represión desatada contra cualquier atisbo de levantamiento en Irán, desde la revuelta estudiantil de 1999 hasta las manifestaciones de enero pasado. Un insulto contra él podía acarrear procesos judiciales con penas infamantes.

Además de reprimir a sus propios ciudadanos, la República Islámica de Irán armó y sostuvo económicamente al llamado Eje de la Resistencia, encabezado por el grupo terrorista libanés Hezbolá

Fue muy conocido el caso del bloguero y periodista Mohammad Reza Fathi, que en 2016 fue condenado a recibir más de 440 azotes por “provocar inquietud en la opinión pública” con su pluma. Ni hablar de las humillaciones a mujeres por delitos tales como “conducta sexual impropia”, “enemistad hacia Dios” (moharebeh, en lengua persa) o confraternizar con el sexo opuesto en una fiesta.

Pero además de reprimir a sus propios ciudadanos, la República Islámica de Irán armó y sostuvo económicamente al llamado Eje de la Resistencia, encabezado por el grupo terrorista libanés Hezbolá. La caída de Bashar al-Asad en 2024 dejó a esta estructura sin el apoyo oficial de Siria, pero del chiismo iraní siguieron dependiendo diversos grupos paramilitares en Palestina, Irak, Yemen, Bahréin, Afganistán, Pakistán, Azerbaiyán y Jordania. Hasta la Venezuela de Nicolás Maduro –hoy en una cárcel neoyorquina– hizo parte de este eje.

Quien se abstuvo de denunciar las oleadas de terror provocadas por Irán en el último cuarto de siglo, carece de autoridad moral para indignarse ahora ante la desestabilización de Oriente Medio. O se aprueba la violencia bajo serios argumentos o se la rechaza siempre; hacerlo solo por conveniencia ideológica debería ser un particular motivo de vergüenza.

Dicho todo lo anterior, conviene preguntarse si los cálculos de Trump y Netanyahu han sido correctos al emprender, justo en este momento, semejante ofensiva militar. A menos que conozcan muy bien el fanatismo chií y la forma en que la Guardia Revolucionaria Islámica actúa, las sorpresas pueden llegar a ser bastante incómodas en Irán. 

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