Norte y sur. Las ideas detrás del destino

Columna

Una somera comparación entre George Washington y Simón Bolívar permite ilustrar hasta qué punto las concepciones políticas diferían en lo esencial: las formas del ejercicio del poder

De la concepción de poder planteada por Washington y Bolivar vienen las diferencias.
De la concepción de poder planteada por Washington y Bolivar vienen las diferencias.
Federico Hernández Aguilar

16 de julio 2026 - 06:40

San Salvador/Hace unos días, en esta columna de opinión, sostuvimos que la Declaración de Independencia aprobada el 4 de julio de 1776 constituye el embrión de las ideas humanistas y liberales que han hecho de Estados Unidos la potencia que es hoy. Ni el desarrollo económico ni la fortaleza militar, ni siquiera la unidad lingüística o la creciente expansión territorial, han sido fundamentales para entender cómo aquellas trece colonias americanas, reunidas en Filadelfia hace 250 años, pudieron llegar a transformarse en la gran nación que conocemos.

Hablar de este proceso histórico es esencial por varias razones. Primero, porque las ideas que lo inspiraron se entienden con facilidad. De hecho, no existe nada en aquel documento fundador de EE UU, ni en su Constitución o cualquiera de sus enmiendas ulteriores, que no pueda ser comprendido, enseñado y asimilado en otras regiones del mundo. Incluso cabe hacer aquí observaciones que hablan muy bien de los sucesivos estadistas del norte y muy mal de quienes en Hispanoamérica, por ejemplo, dieron origen y orientación a nuestras respectivas naciones: los primeros se mantuvieron fieles al ideario republicano que les marcaba el rumbo, mientras que los segundos lo trastocaron en cuanto pudieron.

El primer presidente de Estados Unidos se empeñó en la consolidación de un modelo de república federal moderna, enfatizando en la condición indispensable de la alternancia gubernamental

Una somera comparación entre George Washington y Simón Bolívar, por mencionar a dos reconocibles padres fundadores, permite ilustrar hasta qué punto las concepciones políticas entre el norte y el sur del continente diferían en lo esencial: las formas del ejercicio del poder.

El primer presidente de Estados Unidos se empeñó en la consolidación de un modelo de república federal moderna, enfatizando en la condición indispensable de la alternancia gubernamental; Bolívar defendió siempre la necesidad de un poder personal y vitalicio que garantizara el orden y la estabilidad, reduciendo al mínimo la fragmentación y las luchas intestinas.

Washington, paradójicamente, heredó a sus sucesores un sistema político funcional, que con el tiempo logró librarse de los efectos más perniciosos de las pugnas facciosas y mantuvo la unión de sus estados incluso después de su única gran Guerra Civil. Por si fuera poco, nadie, en dos siglos y medio, se ha perpetuado en la Casa Blanca.

¿Es posible decir lo mismo del sueño de Bolívar? No, evidentemente. Las guerras internas y vecinales han marcado la trayectoria de la América hispana, y los dictadores han brotado como hongos en la práctica totalidad de nuestras naciones. Nada de esto lo deseaba, por cierto, El Libertador, que procuró establecer una urdimbre de contrapesos para evitar el absolutismo, pero su noción de entronizar liderazgos de por vida –fuertes, respetados y teóricamente sabios– echó raíces en el subconsciente colectivo sudamericano mucho más que el ejemplar republicanismo del norte. Los resultados están a la vista, a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México.

Otra razón por la que conviene estudiar la profunda antropología escondida en las ideas que conformaron América del Norte es su contraste con el victimismo tan arraigado en el sur. Cuando los niños estadounidenses recitan de memoria, en sus salones de clase, el segundo párrafo de la Declaración de Independencia, están sosteniendo “como evidentes por sí mismas” unas “verdades” que expresan igualdad, primado de la vida, sentido de libertad y derecho a buscar la plenitud. Entienden que los gobiernos se instituyen para garantizar la protección de estas aspiraciones, no para impedirlas, y si fallan en tan loable misión el llamado que reciben los gobernados es tajante: deben poner fin a esos mandatos.

Si el poder tiene un uso específico, su abuso es intolerable. Y quien detenta el poder, el pueblo, jamás será su víctima. De México a la Patagonia, en cambio, una aguda percepción tercermundista se ha adueñado de nuestro inconsciente colectivo. Con ella miramos al pasado para sentirnos mártires de cada tramo histórico y de cada potencia mundial. También con ella hemos erigido “héroes” que en realidad no lo fueron y “villanos” a los que recurrimos para esquivar el espejo.

De México a la Patagonia, en cambio, una aguda percepción tercermundista se ha adueñado de nuestro inconsciente colectivo

El tercermundismo –vocablo que la Real Academia de la Lengua Española registra como “doctrina política” en una de sus acepciones– surgió para ofrecer opciones discursivas al vacío teórico que los pioneros del estatismo enfrentaban a mediados del siglo XIX. Estos “brillantes” pensadores nos legaron, a manera de epidérmico silogismo, los siguientes enunciados: ¿Hay países pobres y naciones prósperas? Sí. ¿Las naciones prósperas, en algún momento de la historia, colonizaron a los países que hoy son pobres? Sí. Entonces, los únicos causantes del subdesarrollo de los países pobres… ¡son los países ricos! (Aplausos).

Precariamente combatida, la falacia tercermundista se aferra a nuestra muy humana urgencia de justificaciones. Nos reafirma en que existen potencias (España, Inglaterra, Estados Unidos), clases sociales (la burguesía) y ciertas personas (los empresarios, los explotadores, los dueños del capital) a quienes podemos echar la culpa de todos nuestros males. Y con estos simplismos gravitando en el ambiente, el marxismo y otras ideologías se abrieron paso a zancadas en Hispanoamérica, al punto que incluso la violencia, con el honorable título de “partera de la historia”, fue reivindicada.

Eso no ocurrió en Estados Unidos. Allá el ciudadano promedio crece con una sana idea que el poeta William Ernest Henley supo poner en musicales versos: “Soy el amo de mi destino. Soy el capitán de mi alma”. (I am the master of my fate. I am the captain of my soul).

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