Un país enfermo de risa crónica

La 'Historia de Cuba: narración humorística' de Gustavo Robreño es un libro tan peculiar como desconocido

Publicado, para mayor ironía, en una imprenta de la calle Amargura, las viñetas del libro son de Conrado Massaguer. (14ymedio)
Publicado, para mayor ironía, en una imprenta de la calle Amargura, las viñetas del libro son de Conrado Massaguer. (Collage)

Si el olvido tuviera una expresión física, un símbolo, serían las fotos borrosas. Por el movimiento de la cámara o el desgaste del papel, una imagen que ha perdido sus contornos dice muy poco. Uno siente la tentación de pensar que, así como el cartón fue corroído por el tiempo y el comején, también la persona que representa acaba de instalarse en la región de las cosas abandonadas.

Me sucedió ayer, cuando buscaba una fotografía de Gustavo Robreño, el olvidado escritor republicano que integró en 1900 el elenco del célebre teatro Alhambra, y que compuso, junto a su hermano Francisco, El velorio de Pachencho.

A Robreño lo veo ahora, en una especie de daguerrotipo, con la elegancia fresca del siglo XIX, sombrero blanco en la cabeza, traje y bastón, o al menos eso sugiere la línea fina y disuelta sobre el fondo amarillo. La foto parece caída en el agua, y no me permite saber si era burlón o desabrido, si su cara tenía arrugas o siquiera un bigote.

Hombre disperso entre dos centurias, agitado por el teatro y la política, nació en 1873 en Pinar del Río y murió, quizás previendo cómo se iba a aguar la fiesta, en 1957. Siendo joven, en España, leyó y trató a los intelectuales de la Generación del 98. El idioma de sus libros es criollo, socarrón, le es imposible pronunciar una palabra que no tenga un reverso y una lectura diagonal y calculadora.

Hombre disperso entre dos centurias, agitado por el teatro y la política, nació en 1873 en Pinar del Río y murió, quizás previendo cómo se iba a aguar la fiesta, en 1957

En 1915, Robreño acometió un ajuste de cuentas con el pasado cubano, para explicar mejor el convulso estreno de la República. Escribió, si no me engaño, una de las primeras historias de la Isla en el siglo XX, y probablemente la única –exceptuando las viñetas de Vista de amanecer en el trópico, de Guillermo Cabrera Infante– en que Cuba se describe como una entidad incoherente, poco seria, encantadora a ratos pero en el fondo trágica, irrecuperable.

Historia de Cuba: narración humorística es también una rareza editorial. Publicado, para mayor ironía, en una imprenta de la calle Amargura, las viñetas del libro son de Conrado Massaguer, entonces un flamante artista de 26 años.

En la cubierta, Massaguer dibuja a un alucinado Colón, sujetando un pañal mientras, frente a él, un bebé indio llora desconsoladamente. Detrás de ellos hay un palmar, donde curiosean los españoles bajo la mirada sospechosa de una chiva.

La escena es un anuncio de lo que viene. Robreño emprende una revisión desternillante de lo cubano desde la llegada del Almirante hasta el nacimiento de la nación. Nadie sobrevive a la guadaña. El prólogo, firmado por un suspicaz Attaché –seudónimo que no me cuesta atribuir a Cabrera Infante, en una vida anterior– pone el libro en contexto: "Pasado el período de la sangre y el heroísmo, atraviesa Cuba por el de la caricatura, en el que se gobierna, se legisla y hasta se hacen revoluciones entre carcajadas".

Robreño emprende una revisión desternillante de lo cubano desde la llegada del Almirante hasta el nacimiento de la nación. Nadie sobrevive a la guadaña

Era la primera llamada de advertencia: el cubano tiene una obsesión histórica a "entregar su alma al diablo" –léase: al caudillo– "y vivir alegre, despreocupada, crapulosamente", "con un cocuyo en la mano y un gran tabaco en la boca". Robreño lo demuestra en su libro exponiendo el ridículo de múltiples episodios que los oportunistas disfrazan con protocolo.

De la quema del indio Hatuey, romantizada por la historiografía, dice Robreño que fue "un caso admirable de salvajismo cívico o civismo salvaje". Para el pinareño, Velázquez "murió de envidia" por culpa de Hernán Cortés, el Valiente –"pues lo uno no quita lo otro"– y Alejandro de Humboldt fue un " floro-fauno geólogo alemán que trató de demostrar al mundo que Cuba era un país casi habitable y no una fábrica de tabacos"

En 1762, los españoles tratan educadamente a los invasores ingleses y les preguntan "si quieren tomar algo". La respuesta del conde de Albemarle es no menos gentil: ¡La Habana! Circunspecto, el gobernador Juan de Prado formula una inquietante advertencia a los habaneros: "Señores, los ingleses están a cinco millas de la capital y, según noticias, todos traen zapatos de 'punta dura', nuevos y fuertes. Conque, preparad las posaderas, pues mucho me temo que no sea solamente en tierra donde ponga su planta el invasor".

El libro de Robreño se vuelve ácido al hablar de los “patriotas, traidores y garroteros” de 1868, que le pusieron a la contienda su “notita espartana” con el incendio de Bayamo

El libro de Robreño se vuelve ácido al hablar de los "patriotas, traidores y garroteros" de 1868, que le pusieron a la contienda su "notita espartana" con el incendio de Bayamo, y todavía más cuando se refiere a los primeros años de la República, en un magnífico retrato de familia que no perdona ni a vivos ni a muertos.

La historia de Cuba –"un país enfermo de risa crónica"– debe, para Robreño, evaluarse desde una perspectiva más elevada, esto es, "en aeroplano y con el pañuelo en las narices". Me pregunto si la saña colectiva de la nación no habrá querido esconder el libro de Robreño, negar su existencia, darlo por perdido o quemado.

No es para menos. Si alguien quisiera socavar toda la solemnidad, las ficciones y los silencios oportunistas de los políticos cubanos –los de ahora son una mutación cebona de los antiguos– bastaría con leerle a los niños la historia apócrifa de Robreño.

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