Ponerse en los zapatos del presidente

La estatua de Tomás Estrada Palma fue develada en 1921 y luego derribada tras la histeria colectiva de 1959

De Tomás Estrada Palma solo quedaron sus zapatos en un monumento destruido de la Avenida de los Presidentes. (Cubadebate)
De Tomás Estrada Palma solo quedaron sus zapatos en un monumento destruido de la Avenida de los Presidentes. (Cubadebate)
Yunior García Aguilera

04 de enero 2024 - 19:53

Madrid/Si entraste aquí pensando que hablaría de Díaz-Canel o de sus zapatos, te equivocas. Para ser presidente de una república se necesita ser elegido, al menos, por un parlamento. Y la acción de elegir implica poder escoger entre dos o más opciones. En el caso de este sujeto, era el único candidato en la boleta de los diputados. De modo que ellos nada eligieron y él nada preside. Díaz-Canel es solo un director designado, un testaferro, el último capricho de Raúl Castro.

De quien pretendo hablar en esta columna es del primer presidente que sí fue elegido con el voto popular. En la escuela nos dijeron que era un anexionista, sin muchos más detalles. Los historiadores oficialistas han puesto el énfasis en que solicitó, rogó, imploró una segunda intervención norteamericana. Los periodistas más bohemios se regodean en anécdotas sobre su legendaria tacañería. Pero lo cierto es que, dentro de la Isla, se conoce poco y mal sobre quien fuera nuestro primer presidente electo.

De Tomás Estrada Palma solo quedaron sus zapatos en la Avenida de los Presidentes, conocida popularmente como G, en El Vedado habanero. Su estatua había sido concebida por el artista italiano Giovanni Nicolini. Fue develada en 1921 y luego derribada tras la histeria colectiva de 1959.

La presidencia de Estrada Palma fue austera, sí, pero nadie pudo tacharlo de corrupto. Su lema "Más maestros que soldados" era coherente con su vocación y con las necesidades del país

Se dice que la tumbó el pueblo, allá por los años 70, pero la gente común no tiene grúas. Su destrucción no fue el resultado de un rechazo auténticamente popular, sino una orden del poder con un propósito muy claro: borrar la historia. Cuentan que un hijo de Estrada Palma se hospedaba ese día en el hotel Presidente y presenció el acto oficial de iconoclasia. Tal vez su única venganza fue ver cómo los zapatos de su padre se aferraban al mármol.

Años después, algunos despistados transeúntes pasaban por allí sin tener ni idea de lo que representaba aquel monumento incompleto. Algunos llegaron a pensar que se trataba de un homenaje a Los zapaticos de rosa, el poema de Martí. El terco calzado de bronce permaneció allí hasta el año 2020, cuando la Oficina del Historiador de la Ciudad decidió al fin terminar el trabajo, sacarlos de la vista pública y guardarlos en sus archivos.

Tomasico nació en Bayamo un 9 de julio, dicen que de 1835. Era el hijo único de Andrés María y doña Yaya. Su padre murió cuando él era pequeño y desarrolló un singular apego por su madre. Tal vez por ese afecto no pudo terminar sus estudios en Sevilla y regresó a su ciudad natal para estar junto a ella y hacerse cargo de la hacienda La Punta. Fue nombrado teniente pedáneo en Bayamo, un puesto administrativo de tanto rango como su simpática fonética.

Cuando estalló el grito de guerra, Tomás fue enviado por las autoridades a negociar con los insurrectos y acabó uniéndose a ellos. Logró ascender entre las filas mambisas hasta ser presidente de la República en Armas, pero fueron más las pérdidas que las victorias. Y esos golpes marcarían su carácter.

Su queridísima madre se le murió de hambre en el monte, tras ser capturada por los españoles y luego liberada sola en la manigua. Ya casi al final de la guerra sería capturado él también, casualmente por dos cubanos que simpatizaban con España. Cuando estuvo encerrado en El Morro, ningún cubano lo fue a visitar. El Gobierno regó la noticia de que se había sumado al otro bando y fue asumido, injustamente, como un traidor. Debió aceptar ropa de soldados españoles para soportar el frío de diciembre.

Quizás de ahí venga su poca fe en que los cubanos pudiesen autogobernarse. Fue en Estados Unidos donde pudo retomar su afición por la enseñanza y donde encontró un poco de respeto y dignidad. Volvería a creer en Cuba solo porque alguien de la estatura de Martí le devolvió esa esperanza.

La presidencia de Estrada Palma fue austera, sí, pero nadie pudo tacharlo de corrupto. Su lema "Más maestros que soldados" era coherente con su vocación y con las necesidades del país. Y los que insisten en su anexionismo olvidan su labor para que la Isla de Pinos siguiese siendo cubana y para reducir las bases navales de cinco a solo una.

No fue perfecto, en absoluto, pero tampoco el patán o el entreguista que nos pintan en las clases de historia. Eran tiempos de forja, y en esos tiempos es demasiado fácil quemarse. Una de sus frases, tal vez, lo resume todo: "Tenemos República, pero no hay ciudadanos".

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