Otra promesa incumplida de Raúl Castro

Cada día que prolongue su presencia en ese cargo va en contra del cronograma de traspaso de mando que preparó durante años

En mayo pasado, la Asamblea celebró una sesión extraordinaria para aprobar la versión definitiva de las reformas económicas emprendidas por el presidente Raúl Castro hace ya siete años. (EFE)
Poco puede hacerse en los 54 días que se ha concedido Castro para prolongar su presencia formal en los más altos cargos de la nación. (EFE)

Con la experiencia acumulada en seis décadas en el poder, Raúl Castro conoce el costo político que acarrea incumplir la última y más difundida de sus promesas: abandonar la presidencia del país el 24 de febrero de 2018. Cada día que prolongue su presencia en ese cargo va en contra del cronograma de traspaso de mando que preparó durante años.

En un gesto sorpresivo, aunque no inesperado, el General no ha tenido ningún pudor en echar la culpa de este cambio al huracán Irma, que le permite agenciarse dos meses más en la sala de control de la Isla. Lo ha hecho a través de una "triquiñuela" legal, que permite al Consejo de Estado solicitar a la Asamblea Nacional una prórroga en sus funciones.

Sin embargo, el argumento de los daños que dejaron los vientos resulta endeble en este caso. A diferencia de las miles de viviendas y entidades estatales que sufrieron el azote de Irma, el ciclón apenas dañó las redes de comunicación de las comisiones de candidaturas, que según la ley se conforman con individuos provenientes de las principales organizaciones de masas.

Por otra parte, como ni el Estado propiamente dicho ni el Partido están comprometidos con la tarea de formular una candidatura, podían dedicarse a tiempo completo a reparar los desastres. En cambio, las organizaciones que integran las comisiones de candidaturas contaban con suficiente tiempo y recursos para ocuparse del tema electoral.

El General no ha tenido ningún pudor en echar la culpa de este cambio al huracán Irma, que le permite agenciarse dos meses más en la sala de control de la Isla

La explicación pública esbozada el jueves ante el Parlamento resulta tan poco creíble como decir que los aviones de combate cubanos deben ser reparados en Corea del Norte, tal y como se alegó cuando se descubrió en Panamá un cargamento de armas en el barco Chong Chon Gang proveniente de la Isla y enmascaradas en azúcar.

Dada la poca credibilidad de la justificación esgrimida para que la actual legislatura de la Asamblea Nacional se mantenga hasta el 19 de abril, solo queda especular sobre las verdaderas razones detrás de esta decisión. Algunos analistas ven en este ajuste una clara señal de que, a estas alturas, no se ha logrado el imprescindible consenso para determinar quién se sentará en la silla presidencial.

La segunda especulación, más generosa, introduce la variante de realizar algunas modificaciones en la Ley Electoral antes de que sobrevenga el momento en que los electores acudan a las urnas para aprobar la candidatura de los nuevos diputados, quienes, según la actual legislación, eligen al Consejo de Estado, que a su vez designa al presidente.

Poco puede hacerse en los 54 días que se ha concedido Castro para prolongar su presencia formal en los más altos cargos de la nación. La angustia que le produce entregar el poder el 24 de febrero será la misma el 19 de abril. La grave crisis económica por la que atraviesa el país no amainará en ese tiempo y es poco probable que un aliado como Venezuela se recupere y aumente el suministro petrolero.

La angustia que le produce entregar el poder el 24 de febrero será la misma el 19 de abril

Como quien ha prometido una fecha para acudir al altar y en el último minuto le corroe la tentación de dejar a su pareja plantada, Raúl Castro vive días de indecisión y de temor. Sabe que por muy atado y bien atado que pueda dejarlo todo, el poder se ejerce de una manera tan personal en un régimen autoritario que el heredero, cualquiera que sea, terminará por hacerlo a su manera.

Algunos creen que Castro ni siquiera se ha decidido a pronunciar el nombre de su sucesor, mientras otros apuntan a que ya eligió relevo pero necesita más tiempo para convencer a los generales, a los sobrevivientes de la generación histórica o a los nuevos lobos de la camada que aspiran a posicionarse.

Esa tardanza no es nada nuevo en la carrera de Castro. Las frases que más ha repetido desde que asumió formalmente la presidencia hace casi una década incluyen las palabras "gradual" y "paulatino" como condiciones indispensables para cualquier reforma o transformación. Su sello ha sido la demora, la cautela, el no atreverse a llevar los cambios a una velocidad y una profundidad que impacten significativamente en la vida de los cubanos.

La gente también se ha acostumbrado a que el General no cumpla sus promesas. Ni el modesto vasito de leche proclamado en julio de 2007, ni la erradicación del marabú, ni el propósito de que el salario se convierta en la principal fuente de ingresos, ni la eliminación de la dualidad monetaria han llegado. Tampoco logró garantizar una producción de alimentos a precios accesibles, ni la promulgación de una nueva ley electoral.

El poder se ejerce de una manera tan personal en un régimen autoritario que el heredero, cualquiera que sea, terminará por hacerlo a su manera

Tareas que quedan pendientes para los que lleguen al poder el próximo mes de abril.

Quienes se ubiquen en los puestos más altos tras esta larga era de los Castro no tendrán la culpa de los grandes desastres. No son responsables de los fusilamientos de los primeros años del proceso, no confiscaron, apenas reprimieron, pero tampoco disfrutarán de ese compromiso de lealtad que adquieren los pueblos con sus redentores o con quienes se presentan como tales.

Los sucesores de Raúl Castro, sin importar de qué grupo o clan provengan, llegarán a ser tratados por sus electores de igual a igual. Nadie coreará sus nombres en una plaza, no les harán poemas ni canciones. Tendrán que gobernar sin mística, se verán obligados a ser transparentes y eficientes y lo peor de todo, deberán elegir entre rendir cuentas o sacar los tanques a la calle.

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