El régimen cubano no está solo, pero sí muy mal acompañado

Hemos visto desfilar por La Habana a algunos personajes que nunca salen de sus cuevas, salvo para venir a la nuestra, donde encuentran refugio

Díaz-Canel recibió al vicepresidente de Irán Ruhollad Dehghani con motivo de la cumbre del G-77 más China. (Estudios Revolución)
Díaz-Canel recibió al vicepresidente de Irán Ruhollad Dehghani con motivo de la cumbre del G-77 más China. (Estudios Revolución)

Por estos días la propaganda del partido único en Cuba ha utilizado hasta el cansancio una consigna desesperada: Cuba no está sola. En efecto, hemos visto desfilar por La Habana a algunos personajes que nunca salen de sus cuevas, salvo para venir a la nuestra, donde encuentran refugio, palmaditas en el hombro y se intercambian trucos sobre cómo perpetuarse en el poder. Sin embargo, alarma tremendamente la condescendencia de otros líderes democráticos que, como la rana de Esopo, se montan alacranes en la espalda.

Los 47 acuerdos del G77 más China repiten el mantra de la ciencia, la tecnología y la innovación, como si rezaran a los dioses del Norte por un poco de atención. Es obvio que el progreso depende del desarrollo de estos conocimientos y herramientas, pero lo lamentable es que los sistemas totalitarios privilegien su uso, no para producir más o encontrar soluciones a nuestros problemas, sino para vigilar, controlar y castigar.

Los países del Sur, después de esta cumbre, no han "levantado la voz", como insisten catatónicamente algunos, simplemente han amenazado con cambiar de amos

Los países del Sur, después de esta cumbre, no han "levantado la voz", como insisten catatónicamente algunos, simplemente han amenazado con cambiar de amos. En la próxima edición volverán a escucharse los mismos dilemas, se firmarán acuerdos similares y seguiremos endeudados hasta la tráquea. La completa ausencia de autocrítica no nos permite entender el peso de nuestras propias culpas en el avance del hambre, la miseria, la violencia y la falta de esperanza que sufren los pueblos del Sur. Con estos cantos, seremos todavía más pobres, más quejumbrosos y menos democráticos.

La cumbre en realidad ha servido para legitimar modelos autoritarios, para acercar a un bloque considerable de naciones al eje de China, para atenuar las condenas contra Rusia y para promocionar al títere del castrismo como "líder mundial".

Díaz-Canel llegó a Nueva York vistiendo ese traje, o creyendo que lo llevaba puesto, aunque estuviese desnudo. Su disléxico discurso ha sido un pastiche de todo lo que Cuba lleva rumiando desde hace décadas. Aunque, todo lo que condena a nivel global, lo reproduce a nivel interno. Condenan las sanciones, pero sancionan sin piedad a todo ciudadano cubano que disienta; hablan de "bloqueo", pero bloquean y ponen trabas absurdas en la Isla a toda iniciativa de desarrollo al margen del control estatal; condenan un mundo hegemónico, pero defienden a capa y espada la hegemonía del partido único; quieren un concierto de naciones multipolar, pero manteniendo a Cuba como un monolito, haciendo un solo de maracas.

Más allá de exhibir ante el mundo una apariencia de país líder, el castrismo necesita con urgencia mostrar ante los cubanos alguna luz al final del túnel. Ese desespero por realizar grandes eventos u ostentar alguna que otra victoria, me recuerda los Juegos Panamericanos de La Habana en 1991. Fidel Castro elogiaba entonces la Villa Panamericana y juraba que jamás había visto cosa más bella. Decía incluso, con su acostumbrada afición por las hipérboles, que debía llamarse "Villa Olímpica". Pero cayó el Muro de Berlín y sufriríamos la peor crisis de nuestra historia, hasta ese momento. Y todos los cubanos sabemos cómo lucen hoy las ruinas de aquel espejismo.

Ahora el régimen está empeñado en ser reelecto para uno de los 47 escaños del Consejo de Derechos Humanos de la ONU

En la reciente cumbre del G77, La Habana no tenía un "Tocopán", pero utilizaron al nonagenario Raúl Castro como mascota del evento. Aunque, esto también es cierto, sabían que un mediocre como Díaz-Canel no era suficiente para impresionar a los visitantes ni aparentar liderazgo, necesitaban una vaca sagrada, una reliquia, otro Tocopán.

Ahora el régimen está empeñado en ser reelecto para uno de los 47 escaños del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Suena espantosamente absurdo que el país con más presos políticos de la región, violador flagrante de todos esos derechos, se postule para ocupar una silla. Pero tampoco sorprendería que lo lograra. A América Latina le tocan tres puestos y solo compiten por ellos Cuba, Perú, Brasil y República Dominicana. Como van los vientos, es probable que las naciones voten por la dictadura, aunque eso desacredite por completo al Consejo.

Así, el maltratador régimen comunista va por la vida haciéndose el defensor de las víctimas. En la Isla continúan la represión y la censura, avanzan la miseria, la inflación y el crimen, progresan la desesperanza y el tsunami migratorio. Pero el mundo anda tan loco que prefiere hacer la vista gorda y pasarle la mano al hipócrita. Si aquellos que están comprometidos verdaderamente con la paz y la democracia no actúan pronto de manera efectiva, la banda autoritaria crecerá hasta convertirse en Alí Babá y los 77 ladrones.

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