Cuando un régimen marxista necesita que Dios lo salve

Cuba y la noche

Después de perseguir durante décadas a los creyentes, el Gobierno cubano recurre al Vaticano en busca de un milagro político

Miguel Díaz-Canel y otros dirigentes del Partido Comunista durante una misa en memoria del papa Francisco, en La Habana.
Miguel Díaz-Canel y otros dirigentes del Partido Comunista durante una misa en memoria del papa Francisco, en La Habana. / Facebook/Conferencia de Obispos Católicos de Cuba
Yunior García Aguilera

25 de octubre 2026 - 08:39

Madrid/Después de 67 años de marxismo recalcitrante, la Revolución cubana parece decidida a pedirle un milagro al Papa. No se trata de convertir el agua en vino, aunque conseguir agua corriente en La Habana ya sería un prodigio. Tampoco de multiplicar los panes, que vendría bastante bien. El milagro que necesitan los dirigentes cubanos es mucho más complicado: lograr que su sistema político sobreviva. Y como Marx no contesta, Lenin lleva demasiado tiempo embalsamado y el Che nunca fue especialista en resurrecciones, han decidido probar suerte con el Vaticano.

El embajador cubano ante la Santa Sede, Leyde Rodríguez Hernández, acaba de reiterar la invitación oficial a León XIV para que visite la Isla. Lo están invitando, sin demasiada suerte, desde que salió el humo blanco por la chimenea de la Capilla Sixtina. Pero, por ahora, el Papa no parece tener prisa en hacer las maletas rumbo a La Habana. 

La insistencia llega en medio de la peor crisis económica y de las crecientes tensiones con Washington. El Partido Comunista, que durante décadas predicó el materialismo dialéctico e histórico, parece haber descubierto las ventajas prácticas de la intercesión divina. Por supuesto, no está pidiendo perdón por sus pecados. Está solicitando desesperadamente un favor.

En 1992 el Estado dejó de declararse ateo. El movimiento coincidía, nada casualmente, con el derrumbe de los altares comunistas en Europa

Conviene recordar algunos detalles de esta súbita vocación religiosa. En los primeros años de la Revolución, el Gobierno confiscó colegios católicos, expulsó sacerdotes y convirtió la fe en un inconveniente para prosperar profesionalmente. Los creyentes fueron discriminados en universidades, centros de trabajo y organizaciones políticas. Algunos terminaron incluso en las tristemente célebres Unidades Militares de Ayuda a la Producción (Umap), aquellos campos de trabajo forzoso donde se pretendía corregir, a golpe de machete, las desviaciones ideológicas, sexuales y espirituales de los cubanos. 

Con el tiempo, el ateísmo oficial fue moderándose. En 1991, el Partido permitió finalmente la entrada de creyentes, y en 1992 el Estado dejó de declararse ateo. El movimiento coincidía, nada casualmente, con el derrumbe de los altares comunistas en Europa. No fue necesario demostrar la existencia de Dios mediante un tratado científico. Bastó con comprobar que la religión podía resultar muy útil para las relaciones internacionales. 

En 1998 llegó Juan Pablo II; después vinieron Benedicto XVI y Francisco. Los dirigentes cubanos aprendieron a quitarse los uniformes de guerra, recibir pontífices con sonrisas, corbatas, ceremonias y discursos sobre la paz. Descubrieron de pronto las ventajas diplomáticas de aparecer junto al sucesor de San Pedro.

Al Gobierno le interesa que el Papa hable del embargo, pero no parece mostrar idéntica devoción cuando los obispos mencionan la pluralidad y las libertades

La diplomacia vaticana ya ha intervenido en excarcelaciones y negociaciones con Estados Unidos. Pero el episodio más reciente merece especial atención. En marzo, La Habana anunció la salida de prisión de 51 reclusos como gesto de buena voluntad hacia la Santa Sede. Según las investigaciones posteriores de Prisoners Defenders, entre los beneficiarios había presos comunes y solo una ínfima parte eran presos políticos. Era una verdadera “operación Barrabás”. Además, varios de los excarcelados conservaron sus condenas y restricciones. 

Sería injusto, sin embargo, confundir las intenciones del Vaticano con las del Palacio de la Revolución. La Iglesia tiene razones legítimas para preocuparse por el sufrimiento de los cubanos, reclamar el fin de las medidas que agravan sus penurias y promover soluciones pacíficas. El propio León XIV se sumó en febrero al llamamiento de los obispos de la Isla, quienes advirtieron sobre la urgencia de realizar cambios profundos. Curiosamente, esa última parte del mensaje suele despertar bastante menos entusiasmo en los despachos oficiales. Al Gobierno le interesa que el Papa hable del embargo, pero no parece mostrar idéntica devoción cuando los obispos mencionan la pluralidad y las libertades.

La Asociación Hermanos Saíz concede su premio Maestro de Juventudes a Frei Betto, un fraile brasileño cuya fidelidad a la Revolución ha sobrevivido incluso a sus fracasos económicos y sus órdenes de combate

La cuestión es qué espera exactamente La Habana de una nueva visita papal. ¿Una mediación con Trump o con Marco Rubio, tan católico como anticastrista? ¿Un alivio de las sanciones? ¿Una fotografía que permita presentar al Gobierno como interlocutor respetable ante el mundo? Cualquiera de esas posibilidades resulta comprensible desde el cálculo político. Lo malo de invitar al Papa es que podría venir con la inoportuna costumbre de escuchar también a sus obispos.

Y mientras la Cancillería invita a León XIV, la Asociación Hermanos Saíz concede su premio Maestro de Juventudes a Frei Betto, un fraile brasileño cuya fidelidad a la Revolución ha sobrevivido incluso a sus fracasos económicos y sus órdenes de combate. No sabemos si el comunismo cubano ha encontrado finalmente a Dios, pero parece haber descubierto que algunos religiosos extranjeros resultan ser más merecedores de los homenajes que los incómodos artistas locales. Eso sí, por motivos puramente utilitarios.

En la tradición católica, la absolución exige arrepentimiento y propósito de enmienda. La Revolución parece muy interesada en la absolución (y no solo en la histórica, como soñaba el barbudo, sino también en la divina). Quiere que le perdonen las deudas, que le levanten las sanciones y que le concedan otra oportunidad, pero sin renunciar a ninguno de los mandamientos de su particular catecismo político: partido único, obediencia ciega y cárcel para los herejes.

También te puede interesar

Lo último

stats