La Revolución está muerta, pero su sepelio se alarga insoportablemente

Cuba y la noche

Entre presos políticos, apagones y disputas palaciegas, el quinto aniversario del 11J confirma el agotamiento final del régimen 

Imágenes del estallido social del 11 de julio de 2021 en La Habana.
Imágenes del estallido social del 11 de julio de 2021 en La Habana. / Captura de pantalla
Yunior García Aguilera

11 de julio 2026 - 09:05

Madrid/Cinco años después del 11 de julio de 2021, la Revolución Cubana está muerta. Lo saben el pueblo, los militares, los dirigentes y hasta el locutor del noticiero que cada noche maquilla el cadáver. Lo único que falta es el entierro. Y ese sepelio se alarga de manera insoportable porque quienes heredaron la funeraria también poseen las armas, las cárceles y las llaves del cementerio.

El 11J no derribó al régimen, pero destruyó para siempre su relato. Aquel día no salió a la calle una “minoría pagada desde Miami”, como solía decir la propaganda. Salió Cuba. Salieron los barrios humildes, los jóvenes sin futuro, las madres agotadas, los negros que el poder presume haber redimido y los trabajadores a quienes seis décadas de socialismo apenas les han garantizado el derecho a hacer colas.

Cinco años después, Prisoners Defenders contabiliza 1.306 presos políticos. Entre ellos hay 40 personas que fueron detenidas cuando todavía eran menores de edad y 16 de ellos permanecen recluidos en centros para adultos. El proyecto que prometió crear un hombre nuevo ha terminado encarcelando adolescentes para conservar en el poder a un grupo de enguayaberados regordetes.

Cuba llega a este aniversario casi en total oscuridad. En 2026, el sistema eléctrico nacional ha sufrido ya cuatro colapsos generales, dos de ellos en la misma semana previa al 11J. La electricidad se ha convertido en una aparición mariana: nadie sabe cuándo llegará, cuánto durará ni qué pecado hay que expiar para merecerla. El Gobierno culpa al embargo, al combustible, al calor, a una avería, a Trump y, cuando se le acaban los culpables, hasta a Thomas Edison por haber popularizado la bombilla. 

La cazuela vacía se ha convertido en el instrumento musical más popular del país. No requiere estudios, partituras ni permiso del Ministerio de Cultura

Pero los cubanos ya no protestan únicamente para que vuelva la corriente. En Centro Habana, cuando regresó el servicio, algunos vecinos continuaron en la calle gritando: “Queremos libertad, no corriente”. Esa frase contiene una evolución política decisiva. Durante años el régimen apostó por reducir cada conflicto a una necesidad material. Hambre, pero no derechos. Miseria, pero nunca libertad. Ahora la gente empieza a nombrar la enfermedad y no solo sus síntomas.

Los cacerolazos, las calles bloqueadas y la basura incendiada son el ruido de una sociedad que estira la soga del miedo un metro cada día, y que está a punto de reventarla. La cazuela vacía se ha convertido en el instrumento musical más popular del país. No requiere estudios, partituras ni permiso del Ministerio de Cultura. Solo hartazgo y un cucharón.

La funesta entrevista de Raúl Guillermo Rodríguez Castro hizo algo más que alimentar titulares. Provocó un cortocircuito dentro del propio oficialismo. De pronto, los guardianes de la ortodoxia empezaron a hablar demasiado. La madre de Leticia Martínez –la jefa de prensa de Díaz-Canel– publicó en Facebook lo que, seguramente, su hija escucha a diario en los pasillos de Palacio. Sin proponérselo, terminó ventilando las conversaciones del mismo poder que siempre ha exigido silencio absoluto a los demás.

El viejo Ángel Castro mira desde su tumba cómo su prole extendió la cerca de sus propiedades a toda la Isla, hasta convertir un país entero en patrimonio familiar

El contraste fue todavía más revelador. Mientras Manuel Marrero, criatura política de Gaesa, salía apresuradamente a respaldar al hijo de López-Calleja y a asegurar que todo estaba bajo control, Díaz-Canel permanecía en un silencio demasiado elocuente.

Resultó fascinante observar la reacción de los cortesanos. Israel Rojas –poeta del bulbo y la otredad–, se golpeaba el pecho lamentando haber sido tan ingenuo, como si acabara de descubrir que en Cuba existían privilegios hereditarios. Michel Torres Corona, el cada vez más descafeinado presentador de Con Filo, dirigía sus dardos contra El Cangrejo y Sandro Castro con un discurso que desprendía menos indignación moral que resentimiento de clase. No parecía escandalizarle que existiera una aristocracia revolucionaria. Parecía molestarle no pertenecer a ella.

La escena fue casi shakesperiana. Los bufones de la corte se apresuran a inclinar la cabeza ante la Corona, pero detestan a los infantes reales. Juran lealtad al reino mientras murmuran contra los príncipes. Y en ese teatro de fidelidades forzadas quedó al descubierto la gran verdad que el castrismo lleva décadas intentando ocultar: la Revolución terminó convertida en una monarquía hereditaria que conserva el lenguaje del marxismo para justificar los privilegios de una dinastía.

Un sistema cuyos defensores internacionales solo saben invocar el victimismo ya no es “faro” de absolutamente nada, sino una ruina a oscuras

Fidel Castro preguntaba en 1961 si las armas de la Revolución estaban en manos de “los hijitos de los ricos” o de los “señoritos”. Sesenta y cinco años después, la pregunta ha regresado como un bumerán, pero esta vez contra su propia familia. Los que llevan su apellido viajan en yates y jets; hablan en nombre de Cuba sin haber recibido jamás un voto; se desplazan por los salones del poder como herederos naturales de una finca. El viejo Ángel Castro mira desde su tumba cómo su prole extendió la cerca de sus propiedades a toda la Isla, hasta convertir un país entero en patrimonio familiar. Nadie puede protestar contra ese latifundio sin arriesgarse a terminar preso, desterrado o marcado como enemigo. Es el latifundio perfecto.

Un régimen que necesita perseguir y amenazar a jóvenes y adolescentes porque ya no puede comprar lealtades no está defendiendo una causa: está administrando el terror. Un sistema cuyos defensores internacionales solo saben invocar el victimismo ya no es “faro” de absolutamente nada, sino una ruina a oscuras. Y un Estado cuyo propio aparato propagandístico termina filtrando sus broncas palaciegas en Facebook ya no está gobernando: está transmitiendo en vivo su derrumbe. 

La Revolución está muerta. Su cadáver todavía ocupa los ministerios, da órdenes, firma sentencias y aparece en televisión, maquillado como un zombi. Pero apesta. Y por mucho incienso ideológico que quemen sus sacerdotes, toda Cuba reconoce el hedor. Va siendo hora de cerrar el ataúd, bajar el cuerpo a tierra y devolverle Cuba a quienes todavía respiran, antes de que el país entero termine convertido en cementerio. 

También te puede interesar

Lo último

stats