La tradición cubana de convertir lo trágico en comedia: el choteo como clave nacional
Opinión
El humor es un refugio, un territorio que ninguna ideología ha logrado domesticar del todo
Málaga/Hay países que se explican por sus héroes, otros por sus guerras, otros por sus mitos de fundación. Cuba, en cambio, suele explicarse mejor a través de su mayor especialidad cultural: el arte de convertir lo solemne en sainete, lo dramático en comedia y lo serio en un cuento bien contado.
No es un defecto, es un mecanismo de defensa. Y también una estética.
Incluso una forma de inteligencia política.
Hay países que se explican por sus héroes, otros por sus guerras, otros por sus mitos de fundación
Uno de los mejores ejemplos de esta lógica –y probablemente el más perfecto– ocurrió en 1903, cuando el Senado cubano debatía la Enmienda Platt. El país se jugaba su soberanía bajo el eufemismo de “preservar el orden”, un artificio legal que permitía a Estados Unidos intervenir militarmente en la Isla. Drama geopolítico, tensión republicana, una república recién estrenada y, sin embargo, Cuba hizo lo que suele hacer: entretenerse con otra cosa.
Mientras los senadores discutían el futuro del país, la nación entera andaba enfrascada en determinar si un soneto patriótico era original o un plagio sevillano. Sí, un soneto. El destino de la república pendía de un hilo, y los cubanos debatían sobre literatura. Una caricatura nacional que cualquier humorista habría rechazado por excesiva si no fuera porque ocurrió exactamente así.
El destino de la república pendía de un hilo, y los cubanos debatían sobre literatura
El sainete del soneto y la Enmienda Platt:
Los hechos fueron estos: Manuel Sanguily –senador, héroe de la Guerra de los Diez Años y orador con estirpe cervantina– cerró su discurso hablando como el Caballero de la Triste Figura defendiendo a Cuba-Dulcinea frente a la “lanza imperial”. Medio hemiciclo terminó con los ojos humedecidos.
Enrique Hernández Millares, periodista incansable, patriota ardoroso y maestro del entusiasmo lírico –miembro de la recién fundada Academia de Artes y Letras–, arrebatado por la emoción, escribió un soneto inflamado que publicó en El Mundo bajo el seudónimo de Grisóstomo.
Y entonces apareció José Íñigo Romero, periodista español recién llegado, acusándolo de plagio en Diario de la Marina. Entra en escena Enrique Corzo, maestro de la ironía, que convierte la acusación en un circo.
El famoso libro sevillano llega tarde desde España. Se revisa con lupa. No coincide en dos detalles clave: los versos no son idénticos y la estructura varía lo justo para que, aunque el sentido común grite “plagio”, la letra estricta –la jurisprudencia del momento– no pueda confirmarlo.
Ante esa grieta técnica, los acusadores retroceden. No porque crean en la inocencia del poeta, sino porque no pueden demostrar lo contrario.
Se organiza un banquete de desagravio. Y mientras todos ríen, comen, discuten y se abrazan, Cuba queda intervenida por la Enmienda Platt.
En aquel torbellino, Corzo –columnista jodedor del Diario de la Marina– afiló su pluma y dictó sentencia estética. Allí mismo escribió una falsa penitencia, Confiteor (“yo confieso”), que remataba así:
“En el asunto de la más fermosa
me ha tocado bailar con la más fea”.
No pidió perdón. Se burló de todos, a la manera de Lope de Vega, cuando hacía de la derrota una floritura:
“Sí, perdí… pero qué bien rimé mi derrota”.
Cuando el choteo ya sonaba en el piano: Saumell y Cervantes
Pero el choteo no nació en aquel sainete parlamentario, viene de mucho más atrás.
A mediados del siglo XIX, antes de que existiera la república, dos músicos -Manuel Saumell e Ignacio Cervantes- ya habían elaborado, desde un piano de salón, el molde estético del que luego bebería toda la burla cubana.
Saumell, con sus contradanzas, y Cervantes, con sus Danzas Cubanas, practicaban un arte finísimo: hacer hablar a la música, satirizar tipos sociales, caricaturizar modas, insinuar chistes a través del ritmo y la melodía. No eran piezas callejeras; eran composiciones respetables, urbanas, “elevadas” pero con la travesura escondida justo debajo del barniz.
Los ojos de Pepa, La celosa, El velorio, La encantadora, El currutaco.
Basta leer los títulos para imaginar la sonrisa del compositor. Y basta escucharlas para reconocer la burla elegante, la ironía fina, el guiño que solo capta quien conoce la idiosincrasia hispana que, en Cuba, tomó su propio sabor criollo.
Incluso las llamadas danzas melopeas, más sentimentales, tienen un trasfondo pícaro. Y en Siempre sí, Cervantes convierte la nota si en la resignada respuesta musical de un novio acorralado por el reproche amoroso.
Ahí nació el choteo musical: en un salón habanero del siglo XIX, con raíz andaluza, gracia gaditana y espíritu profundamente cervantino.
Del salón al Senado: un mismo mecanismo cultural
Por eso el salto entre Saumell, Cervantes y el sainete del soneto no es un salto, es continuidad.
Un mismo gesto cultural, expresado en soportes distintos: lo solemne se desinfla, lo grave se vuelve cuento, lo trágico se procesa con humor y lo político se metaboliza -mientras el hígado aguante- como sainete.
Cervantes hacía lo mismo que Corzo, pero desde un piano.
Y Corzo hacía lo mismo que Saumell, pero desde una columna periodística.
En todos los casos, el humor aparece como defensa: la risa donde solo queda reír para no quebrarse del todo.
De Platt a Canel, pasando por un eterno “período especial”: el humor como último espacio de libertad
Más de un siglo después, el mecanismo sigue intacto.
Hoy Cuba atraviesa una crisis profunda: deterioro económico, migración masiva, apagones interminables, escasez estructural, vigilancia cotidiana y un futuro en pausa. El discurso oficial, extenuado, repite consignas sin convicción. La solemnidad dejó de funcionar.
En Cuba la solemnidad dejó de funcionar
Y, sin embargo, el humor -a veces fino, a veces desterrado al barrio o a las redes- sigue siendo un espacio donde los cubanos respiran.
En los últimos años, monologuistas cubanos han abierto una nueva especialidad de choteo, más actualizada, distribuida por Reels o TikTok, pero con la misma retranca y dominio del doble sentido que ha sostenido a la Isla desde el XIX.
No por superficialidad.
Por necesidad.
El país está lleno de memes que son editoriales, cuentos que son diagnósticos, ironías que equivalen a análisis políticos. Es el mismo mecanismo que operaba en 1903 y, mucho antes, en las contradanzas decimonónicas: la risa como respiradero, la burla como coraza emocional, el sarcasmo como forma de decir lo que no se puede decir en voz baja.
El sarcasmo es una forma de decir lo que no se puede decir en voz baja
El humor es un refugio: un territorio que ninguna ideología ha logrado domesticar del todo.
Epílogo: bailar con la más fea… pero bailando
Después del sainete del soneto, Enrique Corzo dejó una de las líneas más certeras de la literatura política cubana: aquella confesión burlona de que le había tocado “bailar con la más fea”. Pocas frases describen mejor la historia del país.
Cuba ha bailado con muchas “feas”: guerras inútiles, misiones mesiánicas, intervenciones ajenas y lejanas, dictaduras largas y estériles, enemigos fantasmas, miedos inoculados, colapsos económicos, apagones interminables, periodos especiales que no acaban nunca…
Pero Cuba sigue bailando -aunque menos-.
Y mientras baila, se ríe -ya apenas con una sonrisa-.
Y mientras se ríe, se conversa -con los que aún no se han ido-.
No por resistencia épica -que ya no queda-, sino para no quebrarse del todo y no perderse.
El choteo no es un vicio ni un relajo vacío: es la manera en que la Isla ha aprendido a sobrevivir sin perder el alma. La tradición de convertir lo trágico en comedia no desactiva la tragedia, pero la vuelve soportable.
Y en tiempos oscuros, casi negros, eso no es poco.
Agradecimiento:
Este artículo no habría sido posible sin la generosidad intelectual -y la puntería lingüística y musical- de Jorge Mayor Ríos, quien tuvo a bien enviarme los materiales, las referencias y las pistas necesarias para reconstruir el sainete del soneto y para sumergirme en ese mundo de contradanzas, cuplés y travesuras pianísticas donde comenzó a fraguarse el choteo cubano. Su ojo atento y su memoria histórica abrieron puertas que yo solo no habría encontrado. A él, mi gratitud.