Opinión
Trump, el impopular
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San Salvador/Donald Trump es ya uno de los gobernantes menos apreciados de la historia de Estados Unidos, peleando el primer lugar con otros tres mandatarios de controversial memoria: el demócrata Harry Truman y los republicanos Richard Nixon y George W. Bush. Dependiendo de los números en que se fije nuestra atención, así es posible otorgar al actual inquilino de la Casa Blanca su sitio entre los presidentes que mayor desafección ciudadana han provocado.
Si nos concentramos únicamente en las cifras de aprobación, todavía Trump no está en el fondo del ranking: su promedio de 34% en opiniones favorables está por encima del raquítico 22% que Truman obtuvo en febrero de 1952, debido a la Guerra de Corea, o de aquel infame 24% de Nixon en julio y agosto de 1974, en medio del escándalo de Watergate. Incluso Jimmy Carter y los dos Bush llegaron a obtener menor aceptación directa que Trump en algún momento de sus respectivos periodos.
Con los actuales instrumentos demoscópicos, nadie en la historia americana había caído tan bajo
La impopularidad de un político, sin embargo, no se mide solamente por los bajos índices, sino también por las cimas que llega a alcanzar su aceptación. A este respecto, Trump apenas ha conseguido rozar el 50% de la aprobación popular, muy por debajo de los contundentes números que en su día cosecharon líderes como Dwight Eisenhower (79%), Lyndon Johnson (79%), John Kennedy (83%) y el mismísimo Truman, que tenía el 87% de respaldo en los sondeos hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Bush padre alcanzó 89% de crédito en febrero de 1991, al cierre de la Guerra del Golfo, y Bush hijo se agenció 90% del favor ciudadano en septiembre de 2001, tras el derribo de las Torres Gemelas.
En cuanto a los promedios, extraídos de la suma de encuestas, Donald Trump ya se ubicaba en el peor lugar histórico de impopularidad durante su primer mandato (41%), por lo que solo competía contra sí mismo a partir de noviembre de 2024. Hoy, en agosto de 2026, a veinte meses de iniciado su segundo período, dos tercios de la población desaprueban al republicano, otorgándole un saldo negativo de 26 puntos. Con los actuales instrumentos demoscópicos, nadie en la historia americana había caído tan bajo.
¿Sorprendente? No, por supuesto. Trump ha “trabajado” infatigablemente para obtener estos récords de vergüenza. Las advertencias que se hicieron en torno a los perjuicios que causarían sus erróneas decisiones económicas, migratorias y geopolíticas han resultado certeras. Todas. Casi nada le ha funcionado. Con excepción del recorte al gasto ingente que EE UU destinaba a promover agendas identitarias —germen, por cierto, de una manifiesta división social—, las principales medidas impulsadas por la Casa Blanca han agravado los problemas en lugar de resolverlos. Veamos.
La escasa comprensión de la idiosincrasia chiita demuestra que el Estados Unidos de hoy, capitaneado por Trump, es alérgico a la historia
Arguyendo que el “comercio justo” equivale a no tener déficits o superávits comerciales con ningún país, Trump se lanzó a una ofensiva arancelaria que jamás tuvo justificación. Todo gravamen sobre el libre intercambio de bienes es una distorsión, por lo que aplicar estas distorsiones a diestra y siniestra, sin consideraciones técnicas y con el objetivo de forzar supuestos equilibrios comerciales, es absurdo. Pero así procedió. Y de ese tamaño han sido los estragos.
Luego se precipitaron en cascada los efectos inflacionarios de movimientos geoestratégicos mal concebidos, siendo la guerra contra Irán el ejemplo que mejor ilustra esta necedad. Si bien era un claro enemigo a vencer, el régimen de los ayatolás era también el menos susceptible de caer a punta de misiles. La escasa comprensión de la idiosincrasia chiita demuestra que el Estados Unidos de hoy, capitaneado por Trump, es alérgico a la historia.
El bombardeo que decapitó a la jerarquía iraní fue responsable de la hidra de mil cabezas que se levantó justo en el corazón de Oriente Medio, erosionando la imagen de EE UU como potencia militar y estrangulando la circulación de petróleo por el estrecho de Ormuz. Mientras escribo estas líneas, sin embargo, la autocracia de los ayatolás sigue en pie, Israel pelea en tres frentes distintos y el fantasma de Vietnam se proyecta en las paredes de la Casa Blanca. Los efectos económicos del conflicto, para colmo, hace rato alcanzaron al votante estadounidense.
En materia migratoria, Trump ha exhibido la sutileza de un cocodrilo chapoteando en una alberca inflable
Finalmente, en materia migratoria, Trump ha exhibido la sutileza de un cocodrilo chapoteando en una alberca inflable. Desde los estúpidos asesinatos en Minneapolis, en enero de este año, la desconfianza del ciudadano en el Gobierno federal ha elevado la temperatura social a rangos que no se veían desde los años sesenta del siglo pasado. La prepotencia trumpista se ha hecho odiar a conciencia, sin paliativos.
Con semejante acumulación de descontento hacia el oficialismo republicano, el opositor Partido Demócrata debería ganar con suprema facilidad las elecciones de mitad de mandato en noviembre próximo. De hecho, es casi seguro que arrebaten la mayoría de escaños en la Cámara de Representantes, donde apenas necesitan alzarse con la victoria en un puñado de distritos. Mucho más competitiva se muestra la carrera por el Senado, en pos del cual los demócratas están realizando apuestas innecesariamente arriesgadas, que ya comentaremos.
En todo caso, lo que ocurra en los comicios congresionales de este año marcará para siempre a Donald Trump y su legado. Hoy, con meridiana claridad, el impopular es él: son sus decisiones las que están bajo examen. Suya será la culpa.
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