El último timonazo

Nadie ha explicado todavía cómo conciliar la descentralización empresarial con el plan de Desarrollo hasta el 2030, diseñado desde arriba

En el horizonte la termoeléctrica de Cienfuegos. (Gustavo Rumbaut Martinez)
En el horizonte, la termoeléctrica de Cienfuegos. (Gustavo Rumbaut Martinez)

El reciente discurso de Miguel Díaz-Canel en el congreso de los economistas cubanos recuerda aquel viejo chiste de la época de la Perestroika que mostraba a Mijail Gorbachov conduciendo el carro del socialismo soviético. Cada vez que las luces traseras indicaban que doblaría hacia la izquierda terminaba girando a la derecha.

En la terminología política popular se usa el término timonazo para describir ese acto súbito y sorpresivo de cambiar el rumbo. En este caso, el brusco giro de los acontecimientos se centra en la idea de que "hay que saltar a un nuevo momento y saber que ya el plan no llegará desde arriba".

El propio gobernante calificó la medida de "audaz y muy revolucionaria" y añadió que exigía "objetividad, realismo y conciencia".

El propio gobernante calificó la medida de "audaz y muy revolucionaria" y añadió que exigía "objetividad, realismo y conciencia"

Quienes tengan paciencia para estudiar los documentos finales del último congreso del Partido Comunista, en particular la conceptualización del modelo, los lineamientos y el plan de desarrollo hasta el año 2030, encontrarán que la planificación socialista se define en todos ellos como "el componente fundamental del sistema de dirección del desarrollo económico y social" que debe combinar "su carácter centralizado con la descentralización y autonomía requeridas en las instancias intermedias y de base".

Se supone que este trabalenguas será la llave maestra que abra todas las puertas y, como se establece en el versículo con el que Fidel Castro definió el concepto de revolución, de lo que se trata es de tener sentido del momento histórico para cambiar todo lo que debe ser cambiado.

Desde que Raúl Castro ensayó en las empresas dirigidas por militares lo que finalmente se denominó como "el perfeccionamiento del sistema empresarial" se ha intentado extender el experimento al resto de la economía, lo que significa otorgar nuevas facultades a las direcciones de las entidades productivas. Pero había que hacerlo paso a paso, paulatinamente y "definiendo con precisión sus límites con la finalidad de lograr empresas con mayor autonomía".

La idea de que ya el plan no llegará desde arriba puede significar una toma de partido en la más álgida (y enmascarada) discusión interna del sistema socialista: Cómo definir el grado de representatividad del Estado como intermediario entre los trabajadores y la propiedad de los medios de producción. Hace ya medio siglo, una discusión como esa terminó con la entrada en Praga de los tanques del Pacto de Varsovia.

Fue Alejandro Gil, ministro de Economía y Planificación, quien anunció en el Congreso de los economistas la buena nueva de que a partir del año próximo se va "a propiciar con objetividad e intencionalidad, dentro de lo posible, que sean los trabajadores quienes elaboren los planes de sus empresas".

Lo que no ha explicado nadie es cómo una medida de esta naturaleza, que según Díaz-Canel ha sido "reclamada durante años por los trabajadores", puede hacer coincidir sus resultados finales con los ambiciosos pronósticos del Plan de Desarrollo hasta el 2030, diseñados con brutal verticalidad desde lo más alto del Olimpo.

A simple vista, la solución que ahora públicamente se propone es dar a los trabajadores la potestad que nunca han tenido

Tal vez estemos en presencia de una nueva versión de lo que en los años 90 se bautizó como Periodo Especial en tiempos de paz. En aquel entonces se argumentó que las leyes básicas del socialismo serían puestas en pausa y que, por un tiempo, se liberaría parcialmente el mercado para salvar las conquista de la Revolución. Oficialmente no se ha puesto fin a dicha provisionalidad, entre otras cosas porque la Unión Soviética no ha resucitado y porque no se ha querido renunciar a la irrevocabilidad del sistema.

A simple vista, la solución que ahora públicamente se propone es dar a los trabajadores la potestad que nunca han tenido. Paradójicamente "la criminal acción del imperialismo" con el recrudecimiento de las restricciones económicas puede haber influido en estas revolucionarias soluciones que no se aclara si son provisionales o definitivas.

Los más pesimistas pensarán que este timonazo se trata de otro engañoso encendido de falsos indicadores para volver a hacer creer que "ahora sí vamos a construir el socialismo", pero que en realidad solo subyace el propósito de mantenerse en el poder.

La pregunta es si acaso queda espacio para el optimismo.

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