El Biky, un nuevo espacio para la clase emergente

La carta del restaurante ofrece un amplio surtido que necesitará de una constante y ágil gestión para mantenerlo, en medio del desabastecimiento de productos que afecta al país. El mayor reto de sus administradores es evitar que El Biky vuelva a caer en el abandono y la mediocridad.
Cocinas de El Biky. (14ymedio)

En franca competencia con las esquinas que forman L y 23 o Galiano y Neptuno, el punto donde se une la calzada de Infanta con San Lázaro, es uno de los espacios emblemáticos de la capital cubana. Miles de personas discurren cada día por el lugar junto al trasiego de ómnibus y almendrones. A partir de este domingo un nuevo local gastronómico ha quedado inaugurado en tan céntrico punto.

En una diagonal con el llamado Parque de los Mártires, el lugar atrae las miradas de los paseantes. Recién pintado, con hermosas lámparas en el portal y climatizado, El Biky abriga una cafetería-restaurante, una panadería-pastelería, un bar y, en los altos, un restaurante gourmet todavía en preparación. Atrás queda el abandono que durante años llevó a esa populosa esquina a parecer un vertedero, aunque no siempre fue así.

En los años cincuenta del siglo pasado se ubicaba allí la exitosa ferretería Vista Alegre, propiedad de Egusquiza y Torre, especializada en locería, baterías de cocina y utensilios de jardinería. Años después de ser nacionalizado, el inmueble se convirtió en una pizzería y en los años noventa fue reabierto como un restaurante vegetariano.

Aquel programa de creación de centros gastronómicos para fomentar el consumo de verduras y vegetales fue impulsado por el propio Fidel Castro. La publicidad que el proyecto recibió en los medios oficiales contrasta con el silencio que rodeó al cierre de cada uno de los locales. El Pekín en la esquina de 23 y 12, El Jardín en la calle Línea y tantos otros se degradaron al incluir carne de pollo en su menú, y luego terminaron clausurados, olvidados hasta por su entusiasta promotor.

El Biky ha hecho resurgir de sus ruinas la vieja instalación. Sus gestores ganaron una licitación por diez años, arrendaron el local y recibieron un crédito bancario de 15 millones de pesos cubanos para la remodelación, una tarea que estuvo a cargo de una brigada de trabajadores por cuenta propia. Desde el inicio de las obras, se especula sobre una posible conexión de los administradores de esta cooperativa con el poder político.

Que un sitio marcado una vez por la impronta de una “iniciativa del comandante” haya sido reconvertido en un experimento raulista de las “formas no estatales de producción y servicio” da mucho que pensar

Al mediodía de este lunes, los empleados cooperativistas se movían por los extensos salones como si tuvieran algo muy urgente que hacer. A diferencia de los sitios estatales, donde predomina la lentitud y en ocasiones el menosprecio al cliente, los camareros del recién inaugurado local mezclan la cortesía y el respeto, junto a un llamativo "sentido de pertenencia".

Muchos de los clientes tienen la impresión de que se trata de un restaurante administrado por el Estado, debido a la cantidad de mesas disponibles y algunos detalles como el logotipo del lugar en la cubertería y la vajilla. Pero la variedad del menú, con una oferta de carnes rojas, pescado, mariscos y recetas de alguna sofisticación, evidencian las trazas de un negocio privado.

En esto se parece a otros paladares de moda en La Habana, como Starbien, Vistamar o El Cocinero, pero en El Biky la inversión parece mucho más importante.

¿Quién estará detrás de todo este andamiaje?, se preguntan desde hace meses los vecinos del barrio y los curiosos que se acercan para sentarse a las mesas. Que un sitio marcado una vez por la impronta de una "iniciativa del comandante" haya sido reconvertido en un experimento raulista de las "formas no estatales de producción y servicio" da mucho que pensar.

Los precios en la carta advierten que el lugar se orienta a la emergente clase media que puede gastarse en un almuerzo para dos lo que un médico gana en un mes. Un centro de filete de res cuesta 15 pesos convertibles (CUC), mientras una pizza de queso asciende a 2,90 y los agregados oscilan entre 0,50 por cebolla, tomate o pimiento y 5,00 si se opta por la langosta. Una cerveza nacional alcanza el precio de 1,75, a medio camino entre los sitios caros y los baratos.

El año próximo abrirá al servicio de la segunda planta, donde un restaurante gourmet tendrá ofertas más especializadas pero sin etiqueta. "No será necesario que nadie alquile corbatas a la entrada", aclara un empleado cuando se le pregunta por el nivel de exclusividad del lugar.

De momento se come bien y a uno lo tratan con amabilidad, lo que se agradece.

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